Citas con el Azar

Epílogo

El tiempo tiene una manera curiosa de acomodarse alrededor de las cosas importantes.

No las borra ni las suaviza del todo. Solo las integra, las convierte en parte del paisaje cotidiano, en ese fondo familiar que uno deja de notar precisamente porque ya forma parte de uno mismo. Y entonces, de vez en cuando, algo pequeño lo trae de vuelta con una claridad sorprendente: el olor del café recién colado, una canción que suena en un bar, la luz de un martes cualquiera entrando por una ventana.

Cleo lo experimentaba con frecuencia.

A veces iba caminando por la calle, con los auriculares puestos y el bolso ladeado como siempre, y pasaba frente a la estación de metro donde todo había comenzado. No se detenía. No hacía ningún gesto dramático ni se quedaba mirando las escaleras mecánicas como quien visita un monumento histórico. Solo sonreía, apenas, con esa sonrisa pequeña que no va dirigida a nadie en particular y que por eso mismo dice más que cualquier otra.

Porque recordaba. El golpe, los papeles volando, el tampón descarriado, la chocolatina derretida. La mirada de un desconocido que no era antipático ni encantador sino las dos cosas al mismo tiempo, y esa confusión que le había parecido tan injusta en su momento.

Qué poco sabía entonces.

Meses después del puente, de la declaración sin micrófonos y sin público, la vida había encontrado su propio ritmo. No un ritmo perfecto, porque la perfección seguía sin ser el idioma de ninguno de los dos, sino uno que les pertenecía: irregular, a veces sincopado, con pausas en los lugares equivocados y aceleraciones inesperadas, pero completamente suyo.

Íker seguía llegando puntual a todo. Cleo seguía llegando con la exactitud caótica de quien confía demasiado en el universo y en los semáforos en verde. Él ordenaba la nevera por categorías con una constancia que rozaba lo litúrgico. Ella la llenaba por impulso, mezclando frutas con notas adhesivas y, en una ocasión memorable, con un destornillador que no supo explicar cómo había llegado hasta el cajón de las verduras.

—No pregunto —había dicho Íker, cerrando la nevera con calma.

—Sabio —había respondido ella.

Pequeñas negociaciones. Pequeñas concesiones. El idioma silencioso de dos personas que han decidido compartir el espacio sin pretender que el otro cambie de forma.

Rocco, por su parte, había aceptado la situación con la resignación majestuosa de quien no tuvo voto en el asunto pero ha decidido sacarle partido. Dormía en el lado de Íker cuando Íker no estaba, y en el lado de Cleo cuando Cleo no estaba, con la rotación metódica de un ser que ha optimizado su comodidad sin necesidad de planos ni de reuniones previas.

—Creo que Rocco te quiere más a ti —le dijo Cleo una noche, observando cómo el gato se instalaba sobre las piernas de Íker con expresión de propietario.

—O simplemente reconoce el orden —respondió él, sin apartar los ojos del libro.

—Eso es lo mismo —dijo ella.

La placa seguía en el vestíbulo del edificio.

Nadie la había quitado. Nadie había intentado siquiera. Se había convertido en parte del lugar con esa naturalidad silenciosa que tienen las cosas que pertenecen a donde están. Los nuevos empleados preguntaban, Luna explicaba con dramatismo creciente según el día, y la historia adquiría con cada versión nuevos detalles que nadie recordaba haber vivido pero que todos aceptaban como ciertos.

En la versión de Teo, él había orquestado el encuentro desde el principio con una precisión milimétrica digna de un estratega militar. En la de Luna, ella había sabido desde el primer día en el metro que aquello terminaría así y había actuado en consecuencia. En la versión de Cleo, dos personas torpes habían chocado en las escaleras y el resto había sido puro caos con pretensiones románticas.

En la de Íker, que raramente la contaba y cuando lo hacía usaba pocas palabras, había sido sencillo: se había cruzado con alguien que le desordenó los planos. Y había decidido no corregirlo.

Proyecto Cleo-Íker. En curso permanente. Supervisado por el caos y alimentado por el café.

Cleo pasaba frente a la placa cada mañana. A veces la tocaba con la punta del dedo, un gesto mínimo que nadie habría notado y que ella misma habría negado con descaro si alguien se lo señalara. Pero lo hacía. Como quien confirma que algo sigue ahí, que no fue un sueño ni una de esas historias que uno construye en retrospectiva para que su vida tenga más sentido del que tuvo en su momento.

Esto había tenido sentido mientras ocurría. Incluso en los momentos en que no lo parecía.

Una tarde de otoño, Cleo estaba sola en la sala de maquetas cuando encontró algo que no recordaba haber visto antes. Era una pequeña figura de cerámica, colocada sobre la repisa junto a los modelos de proyectos terminados. Un gato con sombrero y poncho.

El gato de cerámica del mercado del pueblo. El símbolo cultural con poncho que Íker había comprado con total seriedad mientras ella se reía.

Lo tomó entre las manos y lo miró un momento. Luego miró alrededor, buscando a Íker, pero no estaba. Solo había dejado la figura ahí, sin nota, sin explicación, con esa manera suya de decir las cosas importantes sin decirlas.

Cleo lo colocó de vuelta en la repisa, esta vez en el centro, en el lugar más visible.

Cuando Íker entró media hora después y lo vio, no dijo nada. Solo asintió levemente, como si algo hubiera quedado confirmado.

Ese era su idioma. Lo habían construido sin darse cuenta, palabra por palabra, gesto por gesto, a lo largo de meses de choques y silencios y conversaciones a medianoche y cafés compartidos y interrupciones cómicas en los peores momentos posibles. Era un idioma que no tenía diccionario ni gramática formal, pero que los dos hablaban con una fluidez que seguía sorprendiéndoles.

Luna se casó ese invierno. Una boda pequeña, sin flamencos en las camisas ni guitarras improvisadas, aunque Teo intentó ambas cosas y fue vetado con firmeza.




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