El neón del McDonald’s de Gran Vía zumbaba con una intensidad que, a las ocho de la mañana, resultaba casi insultante. Lian se ajustó la gorra, intentando disimular el cansancio de una noche de excesos con Rubén y Pablo. A sus 24 años, la vida en Madrid era un caos de alquileres compartidos y turnos de mañana, pero al menos aquí, entre hamburguesas y café barato, se sentía libre. Lejos de Badajoz, lejos de esa familia que ni siquiera se acordaba de su cumpleaños. La puerta automática se abrió con un estruendo y entró un torbellino. No era un cliente normal. Era un hombre alto, vestido con un traje que probablemente costaba más que todo el sueldo mensual de Lian, que arrastraba de la mano a una niña pequeña con el uniforme impecable de un colegio privado.El hombre, de facciones afiladas y una mirada que destilaba estrés, se plantó frente a Lian. Lian, acostumbrado a lidiar con turistas perdidos y gente borde, esbozó su sonrisa más profesional pero pícara.—Perdona —dijo, cortante pero con una urgencia que lo suavizaba—. Mi hermana se está haciendo pis, ¿dónde están los baños? Necesito la clave. Adrián apretó la mandíbula, mirando el reloj de su muñeca. Era un modelo suizo que Lian reconoció solo porque le gustaban los artículos de lujo en redes sociales.—Buenos días para ti también. Mira, la política de la empresa es clara: clave solo para clientes. Tendrás que pedir algo.Adrián apretó la mandíbula, mirando el reloj de su muñeca. Era un modelo suizo que Lian reconoció solo porque le gustaban los artículos de lujo en redes sociales.—Dame un café solo. Rápido. Por favor. Lian tecleó a la velocidad de la luz, sintiendo un extraño vuelco en el estómago. Mientras la máquina soltaba el chorro de café, levantó la vista. Adrián estaba inclinado, intentando calmar a la niña, y el contraste entre su frialdad hacia el mundo y la delicadeza con la que trataba a su hermana hizo que a Lian se le cortara la respiración. Era, sin exagerar, el hombre más guapo que había pisado aquel local en años.—Aquí tienes —dijo Lian, extendiéndole el vaso. Su mano rozó la de Adrián por un segundo. El contacto fue eléctrico, pero Adrián lo retiró como si se hubiera quemado. -La clave- insistio él. Lian se la dio, y los vio salir disparados hacia el fondo. Se quedó allí, apoyado en la caja, sintiendose cómo el corazón le latía con una fuefza inusual . "Idiota" pensó para sí mismo. “Ese tipo vive en otro planeta. Ni siquiera te ha mirado a los ojos”.Diez minutos después, el dúo regresó. Adrián caminaba con paso firme, tirando de la niña hacia la salida. Antes de cruzar el umbral, se detuvo frente a la caja. Sacó un billete de cincuenta euros de una cartera de piel y lo dejó caer sobre el mostrador, junto a los céntimos de cambio que Lian ni siquiera había tenido tiempo de recoger.
—Quédate el cambio. Gracias —dijo Adrián, sin detenerse.
Lian miró el mostrador. Eran 25 euros de propina. Se quedó petrificado, con el billete en la mano, viendo cómo el traje gris se perdía entre el tráfico de Madrid.
Pasaron tres semanas. Lian intentaba convencerse de que aquel encuentro había sido una anomalía. Se centraba en sus turnos, en las partidas de FIFA con Pablo y Rubén y en sus ligues de Tinder que, invariablemente, terminaban siendo decepcionantes.
Pero el destino en Madrid tiene un sentido del humor retorcido.
Era jueves por la tarde cuando el McDonald’s se llenó de ejecutivos de las oficinas cercanas. Lian estaba a punto de terminar su turno cuando un grupo de tres hombres entró charlando sobre expansiones de mercado y estrategias de marca.
Lian reconoció la voz antes que el rostro. Levantó la vista y ahí estaba Adrián, esta vez sin la niña, pero con un semblante mucho más sombrío. Estaba rodeado de otros hombres vestidos igual que él.
—...si mi padre se entera de que la sucursal de Francia se ha retrasado, me corta el cuello —decía uno de los compañeros.
Adrián no respondió, simplemente se acercó a la caja. Cuando sus ojos se encontraron con los de Lian, el ruido del local pareció silenciarse. Adrián se quedó helado. La máscara de indiferencia que llevaba puesta pareció resquebrajarse.
—Tú —susurró Adrián.
Lian, recuperando su descaro habitual, le sonrió, esa sonrisa que siempre lograba que la gente bajara la guardia.
—Hola, guapo. ¿Otro café para ir al baño o esta vez te vas a quedar a cenar?
Los compañeros de Adrián se rieron, pero el joven ejecutivo no soltó ni una carcajada. Se quedó mirando a Lian con una mezcla de pánico y fascinación, como si estuviera viendo a un fantasma.
—Un Big Mac —dijo Adrián, su voz temblando ligeramente—. Y... ¿cómo te llamas?
—Lian —respondió él, marcando su nombre en la pantalla—. Y tú, supongo, eres el que va siempre con prisas.
Adrián lo miró fijamente.
—Lian —repitió Adrián, como si estuviera probando el nombre—. Es un nombre bonito.
El ambiente se tensó. El mundo de Lian —simple, a veces difícil, pero real— estaba a punto de colisionar frontalmente con el mundo de Adrián, blindado por el dinero y las expectativas familiares. Ninguno de los dos sabía que esa hamburguesa no sería la última, y que, en ese McDonald’s, sus vidas empezarían a cambiar para siempre.