La llave giró en la cerradura con un chasquido metálico, el sonido que señalaba el fin de su calvario diario. Lian entró al piso con los hombros cargados, esperando encontrar el desorden habitual de su vida compartida.
La escena en el salón era, como casi siempre, una postal de domesticidad que a él le resultaba ajena. Rubén estaba hundido en el sofá, con su novia, Clara, estirada sobre su regazo mientras él le acariciaba el pelo con una mano, mientras con la otra sostenía un abanico de cartas. Pablo estaba sentado en una silla plegable frente a ellos, concentrado en su apuesta.
En cuanto Lian abrió la puerta, el ambiente se tensó. Los tres giraron la cabeza al unísono, como si hubiera interrumpido una reunión secreta. Un silencio espeso, casi pesado, flotó en el aire, roto solo por el zumbido de la nevera vieja de la cocina.
—Hey, ¿qué tal, cajero? —soltó Pablo, con una media sonrisa socarrona—. ¿Otro día más haciendo hamburguesas?
Lian sintió una punzada en el pecho. Por un segundo, tuvo ganas de soltarlo todo. «No, no ha sido un día más. He visto a un chico que parece sacado de una película, con traje de marca y una mirada que me ha dejado bloqueado. Me ha preguntado mi nombre y ha dicho que es bonito». Pero el impulso murió en su garganta. Miró a Clara, la novia de Rubén, que una vez más ocupaba aquel sofá. Era la vigésima vez que la veía allí en el último mes; ella parecía haber hecho del apartamento su segunda residencia, mientras él, que pagaba el mismo alquiler, se sentía un extraño en su propia casa.
—Sí, otro día más —respondió Lian, forzando una naturalidad que no sentía—. Aburrido, atendiendo a clientes que no saben ni qué pedir y que se creen los dueños del mundo.
No miró a Clara, pero notó su presencia como una náusea constante. Su amigo Rubén estaba claramente absorto en ella, ajeno a todo lo demás. Lian se limitó a levantar una mano en un gesto de despedida y se dirigió directamente al pasillo, buscando el refugio de su pequeña habitación.
Al entrar en el baño, cerró la puerta con pestillo, aislándose del ambiente cargado del salón. Se despojó del uniforme del McDonald’s, el olor a grasa y fritura abandonando su cuerpo al contacto con el aire fresco. Se acercó al espejo, donde el vaho empezaba a empañar el cristal.
Se observó con detenimiento. Las ojeras por la falta de sueño, el pelo alborotado, la piel cansada.
—¿En qué estabas pensando, Lian? —se susurró a sí mismo, con la voz quebrada por un suspiro—. Mírate. Es un ejecutivode Inditex. Vive en el centro, debe tener una vida de revista. Seguramente tiene novia, o novio, o alguien de su nivel que no sea un dependiente de comida rápida. Ni siquiera sabes su nombre... solo que es el tío más guapo que ha pisado este país.
Dejó correr el agua caliente, dejando que el vapor inundara la habitación mientras su mente se negaba a abandonar la imagen de Adrián. El contraste entre la realidad —su piso compartido, sus amigos, su soledad— y la promesa de aquel encuentro era un abismo que le daba vértigo.
Mientras el agua golpeaba su espalda, una pregunta empezó a taladrarle la cabeza: ¿habría sido un encuentro único, o el destino realmente tenía un plan, aunque fuera uno que terminara rompiéndole el corazón? Porque, aunque se dijera a sí mismo que no tendría oportunidad, algo en el fondo de su estómago le decía que esa hamburguesa no iba a ser lo último que compartiría con aquel extraño de traje impecable.
Y, aunque no quería admitirlo, ya estaba contando los minutos para su próximo turno, solo con la esperanza de volver a ver aquellos ojos grises que, por un segundo, lo habían visto a él.