Las dos semanas siguientes fueron un ejercicio de tortura psicológica. Lian miraba la puerta automática de la calle Montera cada vez que esta se abría, sintiendo un pinchazo de decepción al ver que solo entraban turistas despistados o grupos de adolescentes gritones. La esperanza, que al principio era una llama viva, se había convertido en una brasa agónica que amenazaba con apagarse.
Hasta que llegó ese martes.
Eran las seis de la tarde cuando lo vio entrar. Pero no era el Adrián seguro de sí mismo que había visto antes; su mandíbula estaba tensa y sus ojos, siempre altivos, denotaban un cansancio profundo, casi agónico. En cuanto Lian lo reconoció, sintió una descarga eléctrica entre sus piernas y un nudo de nervios le apretó la garganta.
Adrián se acercó al mostrador, evitando mirar a los lados.
—Lian —dijo, usando su nombre como si fuera un salvavidas—. Por favor, déjame pasar al baño. Y... necesito quedarme aquí dentro hasta que cerréis. Pago cinco menús completos si hace falta, solo necesito no estar en la calle ni volver a mi casa ahora mismo.
Lian se quedó petrificado. El protocolo era estricto, y si el gerente lo pillaba dejando pasar a alguien sin consumir —y mucho menos permitiéndole quedarse horas—, estaba despedido. Pero al ver la desesperación en aquellos ojos grises, Lian sintió que el sentido común abandonaba su cuerpo.
—Pasa —dijo Lian, ignorando la caja—. No me pagues nada. El local cierra a las 21:30.
—Lo sé —respondió Adrián con una voz ronca que le puso los vellos de punta—. Gracias.
Mientras Adrián subía las escaleras hacia la zona de baños, Lian se quedó mirando su espalda, preguntándose qué demonios estaba haciendo. «Estás loco, Lian. Si se entera el encargado, te vas a la calle». Pero no podía evitarlo; algo en Adrián le resultaba magnético.
Arriba, en la penumbra del baño, Adrián se miraba en el espejo con odio. Acababa de colgarle a su padre tras una bronca telefónica que todavía le hacía temblar las manos.
—"Si no te esfuerzas, te bajo la paga, Adrián. Vístete mejor, busca a alguien con quien lidiar las noches... si sigues así, morirás solo".
Esas palabras le quemaban. Su padre sabía perfectamente que lo había dejado con Inés, la "candidata perfecta", hija del dueño de un imperio alemán. A su padre no le importaba que Adrián hubiera estado hundido emocionalmente; solo le interesaba la fusión empresarial. Quería convertirlo en un títere. Adrián golpeó el dispensador de papel con el puño, conteniendo las ganas de romperlo todo. Solo quería desaparecer, irse a cualquier lugar donde el apellido de su padre no significara nada.
Las horas pasaron. Lian cerró la caja, limpió las mesas y, con el corazón martilleando contra sus costillas, subió a avisarle.
—Adrián —dijo, acercándose al baño—. Son las 21:30. Tenemos que cerrar.
Adrián salió. La luz blanca del local resaltaba su elegancia natural. Era imponente; le sacaba seis centímetros, tenía unos hombros anchos y un mentón que parecía esculpido. Al tenerlo tan cerca, Lian se sintió pequeño, pero no de una forma que le asustara, sino que le fascinaba.
—Gracias —dijo Adrián, mirándolo fijamente—. Por hoy... y por no preguntarme nada.
Empezaron a bajar las escaleras. Lian, distraído por la cercanía de aquel perfume caro y el aura de peligro que lo envolvía, dio un mal paso y tropezó. Antes de que pudiera caer, la mano de Adrián lo agarró con fuerza del brazo, estabilizándolo. El roce de sus dedos contra la piel de Lian fue como un cortocircuito. Se quedaron allí, inmóviles en medio de la escalera, durante unos segundos eternos. Lian podía sentir el calor de Adrián; Adrián podía sentir el ritmo acelerado del pulso de Lian.
Cuando Adrián lo soltó, Lian sintió un vacío repentino. Salieron a la calle. El aire fresco de la noche madrileña golpeó sus rostros. Lian cerró la puerta del McDonald’s y se giró, esperando que el chico desapareciera en la noche. Pero Adrián no se movió. Se quedó allí, observándolo con una intensidad que le volvía loco.
—Me tengo que ir —dijo Adrián, aunque sus pies estaban anclados al suelo.
—Espera —se atrevió a decir Lian, dando un paso hacia él—. No sabía tu nombre... bueno, ahora sí, pero... ¿Adrián?
—Adrián —confirmó él, con una media sonrisa triste pero sincera—. Nos vemos, Lian.
Sin más, Adrián se dio la vuelta y se alejó con paso rápido en dirección contraria. Lian se quedó allí, solo frente al local cerrado, viendo cómo la silueta del chico perfecto se perdía entre el bullicio de Madrid. Sus manos todavía temblaban por el contacto, y una certeza se instaló en su pecho: esto no era el final. Acababa de empezar algo peligroso, algo que, probablemente, iba a destrozarle la vida, pero no le importaba en absoluto.