La luz del amanecer madrileño se filtraba a través de los enormes ventanales de suelo a techo, dibujando líneas doradas sobre la inmensidad de la cama matrimonial. Adrián abrió los ojos y se quedó mirando el techo durante varios minutos. A su lado, la sábana de lino egipcio estaba perfectamente lisa, fría y vacía. De nada servía tener una cama de ese tamaño si el espacio se sentía como un desierto. La última vez que alguien había dormido allí había sido Inés, y el recuerdo solo le traía una sensación de asfixia y desilusión.
Se destapó y se sentó en el borde del colchón, frotándose los ojos. Caminó descalzo sobre el suelo de parqué flotante hasta el baño principal, una estancia de mármol gris que parecía más la suite de un hotel de cinco estrellas que parte de un hogar.
Frente al espejo del lavabo, Adrián se quedó quieto antes de coger el cepillo de dientes. Iba solo en calzoncillos. La luz del baño esculpía los músculos de su torso, el pecho marcado y los hombros anchos que delataban sus horas de gimnasio, una rutina que mantenía casi por obligación social y familiar. Se miró fijamente a los ojos, esos ojos grisáceos que todo el mundo alababa, pero que él sentía apagados.
«¿Quién va a amarme de verdad alguna vez?», se preguntó en silencio mientras el sabor a menta de la pasta de dientes inundaba su boca. «¿Quién coño me va a querer por lo que hay aquí dentro y no por el interés del apellido de mi padre, o por este maldito físico?».
Estaba harto de las miradas de deseo que solo rascaban la superficie, de las citas concertadas por estrategia corporativa y de las sonrisas falsas en los eventos benéficos. Escupió, se enjuagó la boca y se metió en la ducha, dejando que el agua casi hirviendo le enrojeciera la piel, intentando arrancar de su mente la conversación con su padre de hacía unos días.
Al salir, envuelto en una toalla, se dirigió a la cocina de diseño minimalista. Preparó mecánicamente un café espresso en la cafetera italiana de alta gama y cocinó unos huevos revueltos que colocó sobre una tostada de pan de masa madre. Se sentó en la isla de la cocina y dio el primer sorbo a la taza. Dejó escapar una mueca. El grano de café que compraba su madre en la pastelería francesa era de una calidad excepcional, tostado a la perfección, y sin embargo... le sabía insípido. Para ser sincero consigo mismo, prefería el café quemado del McDonald's de Montera. Aunque intentara convencerse de que era una locura culinaria, sabía perfectamente que no era por el grano comercial, sino por las manos que se lo entregaban y por los ojos castaños y descarados que lo habían mirado sin juzgarlo, sin saber quién era su padre.
Dejó la taza a medias, sintiendo una punzada de frustración, y regresó al vestidor de su enorme habitación.
Seleccionó el traje azul marino de tres piezas, confeccionado a medida por un sastre de la calle Serrano. Se puso la camisa blanca de algodón italiano y comenzó a anudarse la corbata de seda frente al espejo de cuerpo entero. El traje le sentaba espectacular, enmarcando su figura musculosa y dándole ese aire de ejecutivo implacable que el imperio Inditex esperaba de él. Pero al ajustarse el nudo a la garganta, sintió que se ponía una soga.
Se miró una última vez antes de coger el maletín. La pregunta volvió a golpear su mente, más nítida y dolorosa que antes: «¿Quién me va a amar de verdad?».
Salió de su piso, cerrando la puerta blindada detrás de él. Atravesó el portal del edificio señorial en pleno centro de Madrid, con las mejores vistas de la capital a sus pies, pero sintiéndose el hombre más aislado del mundo. Sacó el teléfono móvil y pulsó el contacto de marcación rápida.
—Carlos, ya estoy abajo —dijo secamente.
—En dos minutos estoy en la puerta, señor —respondió la voz del chófer privado al otro lado de la línea.
Adrián guardó el teléfono y esperó en la acera, ajustándose los puños de la camisa. El coche oficial de la empresa apareció en la esquina, reluciente y negro, listo para transportarlo a otra jornada de reuniones de expansión de mercado, cifras de ventas y falsedad absoluta. Subió al asiento trasero, se recostó contra el cuero y miró por la ventanilla cómo Madrid despertaba, preguntándose cuánto tiempo más podría aguantar viviendo una vida que no le pertenecía.