Clase aparte

Capítulo 5

El 14 de febrero siempre le había parecido a Lian una estrategia de marketing diseñada para humillar a los que, como él, no tenían a nadie con quien compartir ni un simple café. Ver las calles repletas de parejas intercambiando gestos cursis le provocaba un sarpullido. ¿Cuándo fue la última vez que alguien lo miró como si fuera su mundo entero? Nunca. Ni en sus veinte relaciones anteriores, ni con sus ex novios, ni con nadie.

—¡Venga, Lian, deja de poner cara de amargado! —exclamó Rubén, arrastrándolo por la acera de la Gran Vía—. Hoy es un día especial. Clara se merece algo increíble.

Lian rodó los ojos, intentando que su mal humor no arruinara la salida. Pablo, que caminaba a su lado, intentaba mantenerse neutral. A diferencia de Clara, Paula, la novia de Pablo, era una chica encantadora que respetaba su espacio y no se pasaba el día ocupando el sofá del piso, por lo que con ella sí se llevaba bien.

Tras comprar un ramo de rosas espectacular para Clara —que a Lian le pareció un derroche innecesario— y otro más modesto pero bonito para Paula, el grupo se dirigió a Le Moulin à Chocolat. Era una pastelería francesa famosa en todo Madrid por sus dulces artesanales. Al entrar, el local estaba a reventar; el olor a mantequilla y cacao era embriagador. Detrás del mostrador, una mujer de unos cuarenta años, elegantísima, con el cabello rubio perfectamente recogido y unos ojos que mezclaban el azul y el gris, atendía a una fila interminable de clientes con una sonrisa fría pero profesional.

Mientras Rubén y Pablo se perdían mirando el escaparate de bombones, Lian se quedó un poco atrás. El local era acogedor, decorado con un gusto exquisito que gritaba "dinero". Su mirada vagó por la tienda hasta que se posó en una pequeña mesa en una esquina. Allí, una niña pequeña, rubia y con el uniforme impecable de un colegio privado, estaba concentrada en un cuaderno.

Lian sintió un escalofrío. El uniforme... esas trenzas... Se quedó helado. La niña se levantó de un salto y corrió hacia el mostrador, tirando suavemente del delantal de la mujer.

—Mamá, ¿me está quedando bien el dibujo? —preguntó con una vocecita ilusionada.

La mujer, sin dejar de empaquetar una caja de macarons, apenas le dedicó una mirada rápida.

—Olivia, cariño, no puedo atenderte ahora. Estoy muy ocupada. Vuelve a la mesa.

La pequeña se desinfló al instante. Sus hombros cayeron y regresó a su rincón, cabizbaja, volviendo a encerrarse en sus trazos. Lian sintió una punzada de rabia en el estómago. La pieza del puzzle encajó con una claridad dolorosa: la madre de Adrián era la dueña de aquel lugar, y la niña era la misma hermana que había visto en el McDonald’s.

—¡Tierra llamando a Lian! —Pablo le dio un codazo en las costillas—. Te has quedado empanado, colega. ¿Te ha poseído el espíritu de San Valentín o qué? Ya hemos pedido, mira, aquí tienes las bolsas.

Lian parpadeó, volviendo a la realidad con dificultad. Rubén y Pablo ya tenían sus cajas de dulces en la mano. Lian miró una última vez hacia la esquina. Olivia seguía allí, sola en su pequeño mundo de lápices de colores.

—Vamos —dijo Lian con voz tensa, dándose la vuelta para salir.

El resto de la tarde fue un borrón. Terminaron comiendo en un Taco Bell cerca de Sol, rodeados de gente gritando y música de reggaeton a todo volumen. Mientras Rubén no dejaba de hablar sobre cómo pensaba decorar el salón para Clara y Pablo compartía sus planes con Paula, Lian solo asentía mecánicamente.

Tenía la imagen de Olivia en la cabeza, desatendida por una madre que parecía demasiado ocupada manteniendo una fachada perfecta. Ahora entendía un poco mejor por qué Adrián actuaba como actuaba, por qué parecía tan solo en medio de su opulencia. No era solo la presión de su padre; era un vacío familiar que empezaba en casa y se extendía hasta donde alcanzara la vista.

Sin querer, Lian se encontró pensando en que, si alguna vez tuviera la oportunidad de estar con alguien como Adrián, se aseguraría de que nunca se sintiera tan ignorado como aquella niña en su propia pastelería. Pero era una fantasía absurda, y más en un día como aquel, donde los enamorados celebraban promesas que él, probablemente, nunca llegaría a conocer.




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