La noche estaba siendo, sorprendentemente, una de las más tranquilas de los últimos meses. Lian estaba desplomado en el sofá, con la caja de fideos chinos entre las manos y el televisor proyectando el caos de Attack on Titan. Solo llevaba unos pantalones cortos negros; se sentía cómodo al saber que sus compañeros estaban fuera, celebrando su San Valentín atrasado o lo que fuera que hiciesen las parejas.
Unos golpes secos en la puerta lo sobresaltaron. "Serán estos idiotas que se han dejado las llaves", pensó, levantándose de un salto. Ni se molestó en ponerse una camiseta; después de todo, vivía allí.
Abrió la puerta de golpe, con la boca llena de fideos.
—¡A ver, Rubén, deja de hacer el gili... —la frase se le quedó atascada en la garganta.
No era Rubén. Era él. Adrián estaba allí, impecable en un polo azul marino que realzaba sus hombros y unos pantalones beige que gritaban elegancia. Lian sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Se dio cuenta de que estaba en calzoncillos y descalzo, mostrando un cuerpo que, aunque en forma, no tenía nada que ver con la sofisticación del hombre que tenía delante. Adrián, por su parte, se quedó paralizado. Su mirada recorrió a Lian de arriba abajo, deteniéndose un segundo más de lo necesario en el pecho descubierto del joven antes de recuperar la compostura.
—Lian —dijo Adrián, con voz algo más baja de lo habitual—. No sabía si vivías aquí exactamente, pero... bueno, encontré la dirección.
—¿La dirección? ¿Cómo...? —Lian se pasó una mano por el pelo, nervioso.
—Vine a pagarte —dijo Adrián, extendiendo un sobre—. Por lo del otro día en el McDonald's. No me sentía bien debiéndote un favor.
—¿Un sobre? ¡Adrián, por favor! Son favores, no transacciones comerciales —Lian se negó, sintiéndose ridículo—. Guárdatelo, de verdad.
Adrián insistió con una determinación que Lian no pudo superar, y tras un tira y afloja, terminó aceptándolo solo para que dejara de insistir. Cuando Adrián hizo amago de irse, el pánico a perderlo de nuevo golpeó a Lian.
—¿Has cenado? —soltó sin pensar.
—No —Adrián suspiró—. Seguramente compraré algo de comida precocinada en el súper de camino.
—Tengo comida china de sobra. Está... bueno, está buena —Lian se sintió como el mayor idiota del mundo. ¿Qué le pasa a este tío? Es un ejecutivo de élite, no va a querer tus fideos baratos.
—Me encantaría —respondió Adrián, sorprendiéndolo.
Al pasar a su lado para entrar, el aire se cargó de ese perfume cálido y amaderado que Lian había soñado noches enteras. Mientras Adrián inspeccionaba el piso —humilde, algo desordenado, pero lleno de vida—, Lian se sentía minúsculo. Se sentaron en el sofá, con los fideos entre medias.
El silencio al principio fue tenso, pero la comida y la atmósfera íntima del salón rompieron el dique. Adrián, quizá porque la arquitectura de su vida se desmoronaba, empezó a hablar. Contó lo de su padre, el chantaje emocional, y cómo su relación con Inés no había sido más que un teatro orquestado por sus familias para fusionar imperios.
Lian escuchaba, con el corazón apretado. Le dolía pensar que alguien tan "perfecto" estuviera tan roto.
—Me siento una mierda —confesó Lian cuando Adrián terminó—. Me quejo de mis cosas, de que mi familia en Badajoz ni me llama en Navidad, y luego escucho lo tuyo y... parece que no tengo derecho a estar triste.
—Tu dolor es real, Lian —dijo Adrián, mirándolo a los ojos con una intensidad desarmante—. No lo compares.
Lian, arrastrado por la honestidad de Adrián, empezó a soltar sus propias espinas. Habló de su soledad en Madrid, de la sensación de ser un extraño en su propia casa y, casi sin querer, mencionó sus relaciones pasadas, incluidas las dos veces que se había enamorado de otros chicos.
Adrián se quedó en silencio, procesando la información. Sus ojos grises, normalmente distantes, se clavaron en los de Lian con una curiosidad genuina. Se sorprendió, y por un momento, no supo qué decir. No era el tipo de conversación que tenía en sus círculos sociales.
—Nunca nadie me había hablado así —susurró Adrián tras un largo rato—. Gracias, Lian.
No hubo besos, ni declaraciones, ni gestos grandilocuentes. Pero, en el silencio de aquel pequeño apartamento, algo fundamental había cambiado. Se habían visto, de verdad, despojados de los uniformes y las etiquetas. Y para ambos, eso era mucho más peligroso que cualquier declaración de amor.