Cuando la puerta del apartamento se cerró tras Adrián, el silencio que quedó en el salón no se sintió vacío, sino lleno de una electricidad nueva. Lian no pudo evitar esbozar una sonrisa boba mientras recogía los restos de la cena. Sus manos aún temblaban ligeramente, pero no era por nerviosismo, era por una euforia que no recordaba haber sentido nunca.
Corrió a su habitación, como si temiera que el recuerdo de la velada se evaporara si no se refugiaba pronto en su santuario. Se dejó caer sobre la cama, sacó su móvil y, con los pulgares sudorosos, abrió el chat de WhatsApp. Había guardado su contacto simplemente como "Adrián ✨".
Miró la pantalla durante unos minutos, debatiéndose entre el decoro y el impulso. ¿Y si piensa que soy un desesperado? ¿Y si esto lo asusta después de lo que hemos compartido? Al diablo, pensó. Sus dedos se movieron rápidos: “Buenas noches, Adrián 💋”.
Envió el mensaje y bloqueó el móvil, dejándolo sobre la mesita de noche. El corazón le latía a mil por hora. Si lo dejaba en visto, al menos tendría el consuelo de haberlo intentado; si le contestaba, probablemente no dormiría de la emoción.
Se acurrucó bajo la manta, intentando recrear en su cabeza la forma en que Adrián lo había mirado cuando le contó lo de sus anteriores relaciones. Por primera vez, se sentía visto, validado, y no como un simple cajero de comida rápida. Estaba a punto de dejarse llevar por el sueño cuando un ruido seco lo devolvió a la realidad.
La puerta de entrada volvió a abrirse, esta vez con un golpe descuidado. La voz de Rubén, cargada de una euforia etílica y risas, resonó por todo el pasillo, seguida por las carcajadas agudas de Clara.
—¡Joder, qué noche, cari! —se escuchó decir a Rubén mientras tropezaban con algún mueble del salón.
Lian se tensó bajo el edredón. No, por favor, no hoy. Intentó taparse la cabeza con el cojín, tratando de bloquear el sonido de las risas y los golpes contra la pared del pasillo. Pero el destino, o la falta de consideración de sus compañeros, tenía otros planes. Escuchó cómo entraban en la habitación contigua a la suya y, en cuestión de segundos, los ruidos comenzaron a filtrarse a través de la fina pared de pladur.
Eran sonidos inconfundibles, rítmicos y cargados de una intimidad que a Lian le resultaba insultante en ese momento. Se apretó el cojín contra las orejas, sintiendo una mezcla de vergüenza ajena y una rabia profunda.
—¡Es que no tienen ni un poco de respeto! —masculló para sí mismo, apretando los dientes.
Mañana tenía turno a las ocho. Mañana tendría que enfrentarse a la realidad, a los clientes maleducados y a la mirada de sus compañeros, mientras ellos, que parecían vivir en una eterna fiesta de vacaciones, no tenían ni el más mínimo atisbo de consideración por quienes trabajaban para pagar el alquiler.
Lian miró el móvil, esperando desesperadamente una vibración que lo salvara de aquel ambiente asfixiante, pero la pantalla permanecía oscura. El contraste entre la conexión profunda que sentía haber tejido con Adrián hacía apenas una hora y la superficialidad ruidosa que lo rodeaba en su propia casa era un abismo que le hacía sentir más solo que nunca. Se dio la vuelta, cerró los ojos con fuerza y, por primera vez en mucho tiempo, rezó para que el sueño llegara rápido y lo sacara de aquel piso que, por una noche, se sentía más que nunca como una cárcel.