Clase aparte

Capítulo 8

La mañana en el piso era un campo de batalla de olores y ruidos. Lian estaba sentado frente a su tostada de pan con aguacate y sus huevos revueltos, intentando disfrutar de su café antes de enfrentarse al turno de mañana. A su lado, el caos: Pablo devoraba un bol de cereales que crujían con estrépito, mientras que Rubén, con el pelo revuelto y una actitud de suficiencia insoportable, intentaba rescatar cuatro galletas que se deshacían en un tazón de leche.

El ambiente se tensó cuando Pablo, con la boca medio llena, soltó una carcajada.

—¿Y bien, Rubén? ¿Qué tal la cena de anoche? Se os vio... animados —dijo, lanzando una mirada cómplice hacia la habitación de la pareja.

Rubén soltó una risita burlona y señaló con el dedo hacia el cuarto de Lian, haciendo un gesto grosero y sugerente que dejaba claro que no le importaba en absoluto quién pudiera haber escuchado. Lian sintió cómo la bilis le subía por la garganta.

—¿Es que no sabes hacer otra cosa que estar en la cama molestando a los demás? —saltó Lian, con la voz temblando de rabia—. Algunos tenemos que trabajar, Rubén. No todos vivimos del aire.

Rubén dejó la cuchara en el plato con un golpe seco. Su tono cambió al instante, volviéndose agresivo y defensivo.

—¿Pero qué te pasa, Lian? ¿Te molesta que tengamos una vida? Si tienes envidia, búscate a alguien, que falta te hace para que dejes de ser tan amargado.

Lian apretó los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Si se quedaba un segundo más, no podría evitar levantarse y estamparle la cara contra la mesa. Sin decir una palabra más, se puso en pie, cogió su mochila y salió del piso dando un portazo que resonó en todo el edificio.

El día en el McDonald’s comenzó con esa misma amargura. El sol le molestaba, el ruido del local le taladraba la cabeza y cada cliente le parecía un enemigo. Hasta que, pasadas las once, la puerta se abrió y la temperatura de la sala pareció cambiar.

Era él. Adrián caminaba con una elegancia que desentonaba con el suelo pegajoso del restaurante. Vestía un traje negro carbón impecable, con la corbata anudada con una precisión matemática. Lian no pudo evitar pensar en cómo se sentiría desatar ese nudo con sus propias manos, aunque inmediatamente apartó el pensamiento, tachándolo de estupidez absoluta.

Sus nervios volvieron a activarse como una descarga eléctrica.

—Un café con leche —pidió Adrián, con voz firme pero una mirada que buscaba la de Lian.

Lian, intentando ocultar su agitación, preparó la bebida. Con un pulso algo tembloroso, usó la espuma para dibujar una carita feliz. Le salió un poco deforme, con un ojo más grande que el otro, pero al verla, los labios de Adrián se curvaron en una sonrisa genuina.

El joven ejecutivo dejó un billete de cincuenta euros sobre el mostrador, de nuevo una propina desorbitada que a Lian le irritaba por lo que implicaba: ese desequilibrio de poder entre un chico con un salario mínimo y un heredero de Inditex. Pero al ir a recoger el billete, sus dedos rozaron algo más. Había un post-it amarillo pegado.

Lian leyó las palabras a toda prisa: “Lo siento por no responderte anoche. Mi padre me confisca el teléfono y no me deja tenerlo en la habitación; dice que me distrae”.

Lian se quedó petrificado, con el papel en la mano. La furia lo recorrió de arriba abajo. ¿Qué clase de padre le hacía eso a su hijo de 24 años? ¿Cómo podía ser alguien tan miserable como para aislar a su propio hijo por una supuesta "productividad"? Sentía un deseo irrefrenable de presentarse ante ese tal vicepresidente y decirle cuatro cosas, aunque ni siquiera lo conociera. Le dolía el alma pensar que Adrián, a su edad, seguía siendo un prisionero en su propia mansión, vigilado y controlado como un niño pequeño.

Lian se quedó mirando el punto donde Adrián había estado de pie, sintiendo una mezcla de lástima y una protectora rabia. El resto de su turno fue una neblina. Atendió a cientos de personas, pero no vio a ninguna. Su mente estaba atrapada en la imagen de Adrián, encerrado en esa inmensa habitación, sin teléfono, sin libertad, sin nadie que le diera las buenas noches de verdad. Aquel día, el McDonald’s de Montera ya no era un trabajo; era una trinchera, y Lian estaba empezando a creer que, si no tenía cuidado, se iba a lanzar a la batalla sin importarle las consecuencias.




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