El turno había sido una tortura mental, pero al salir a la calle, el aire fresco de la tarde apenas tuvo tiempo de aliviar a Lian. Su móvil vibró en el bolsillo y, al ver el nombre en la pantalla, el mundo se detuvo.
Adrián: "¿Dónde estás? Estoy a dos minutos, paso a recogerte."
Lian sintió un vuelco en el corazón. Sus dedos volaron sobre el teclado: "Estoy saliendo, de camino a casa. Si quieres, recógeme en la esquina de la calle Montera". La respuesta fue un inmediato "Allí estaré".
Lian empezó a caminar a paso ligero, con los nervios a flor de piel. De repente, una punzada de inseguridad lo golpeó: el uniforme, el olor impregnado a grasa de hamburguesa y fritura, su rostro marcado por la fatiga y las ojeras de una noche de poco sueño. ¿En qué estaba pensando? Parezco un indigente a su lado.
Pero antes de que pudiera pensar en esconderse, un deportivo negro, un BMW que brillaba bajo el sol de Madrid como una joya de metal, se detuvo suavemente frente a él. La ventanilla bajó y ahí estaba Adrián, luciendo impecable incluso tras una jornada de trabajo, con la mirada fija en el tráfico.
Lian subió al asiento del copiloto, sintiéndose una intrusión en aquel espacio de cuero fino. El coche olía a una mezcla sofisticada de cuero nuevo y un aroma cítrico y elegante que desprendía Adrián. En comparación, Lian se sintió como una mancha.
—Hola —dijo Adrián, sin mirarlo, aunque sus labios se curvaron en una sonrisa breve y genuina.
El silencio se estiró durante varios minutos, pesado pero no incómodo. Lian observaba las manos de Adrián sobre el volante, los dedos largos y fuertes, y volvió a preguntarse por la corbata que llevaba.
—¿Por qué me querías recoger? —se atrevió a preguntar Lian finalmente, rompiendo el hielo.
—Te debo una disculpa por lo del teléfono y un café —dijo Adrián, girando el volante con elegancia—. Además, conozco un sitio donde hacen los mejores churros de Madrid.
—¿Un sitio famoso? —Lian bajó la vista hacia su uniforme—. Adrián, voy vestido de hamburguesero. No puedo entrar así.
Adrián soltó una carcajada suave, un sonido que a Lian le pareció música. —¿Y qué importa? Mírame a mí, voy con traje y corbata para comer churros. La gente que se preocupe por eso no merece mi tiempo, y espero que tampoco el tuyo.
Cuando llegaron, el contraste era cómico: el chico del McDonald’s desaliñado junto al ejecutivo de Inditex perfecto. Se sentaron en una mesa pequeña y, tras pedir, la conversación fluyó de forma natural. Hablaron de banalidades, de lo cansado que es el servicio al cliente y de la presión de los despachos, una dinámica que a Lian le resultaba extrañamente placentera.
Pero entonces, Adrián dejó la taza, se puso serio y lo miró fijamente. —Lian, tengo que pedirte un favor. Un favor importante.
Lian se tensó, sintiendo que sus esperanzas se hacían añicos. ¿Quiere dinero? ¿Se ha dado cuenta de que soy un muerto de hambre y me va a pedir algo raro? —Dime.
—Verás... quería saber si existe la posibilidad de reservar todo el McDonald’s este viernes por la noche.
Lian se quedó bloqueado, un trozo de churro atascado en su garganta. Tosió un par de veces, rojo de vergüenza y sorpresa. —¿Reservar... el local entero? Adrián, eso es una locura, es mucha logística y el gerente es un tipo complicado. Si te parece mucha faena o no quieres, olvídalo, no pasa nada —se apresuró a decir Adrián, bajando la mirada.
—No, no es eso —Lian se obligó a recuperar el aliento—. Es solo que me has dejado de piedra. ¿Para qué quieres un McDonald’s entero para ti solo?
Adrián sonrió, esta vez con una ternura que Lian nunca le había visto. —Es por Olivia. Su cumpleaños es este sábado, pero es una niña pequeña y, conociendo cómo es mi padre, si lo celebramos en casa o en un sitio de lujo, será una fiesta aburrida de negocios. Ella solo quiere una fiesta normal, con sus compañeros del colegio, con hamburguesas y libertad. Quería que fuera un lugar donde ella pudiera ser una niña, simplemente eso.
Lian sintió que su corazón se derretía por completo. Ese chico, que tenía el mundo a sus pies, solo quería regalarle a su hermana un instante de felicidad pura y sin pretensiones. —Vale —dijo Lian, ganándose una mirada de alivio absoluto por parte de Adrián—. Lo haré. Hablaré con el gerente mañana mismo.
Adrián suspiró, visiblemente relajado, y por un segundo, su mano rozó la de Lian sobre la mesa. Fue un toque rápido, pero dejó una marca eléctrica que le duraría toda la tarde. El viernes no era solo una reserva; era el inicio de algo mucho más grande, aunque ninguno de los dos se atreviera a ponerle nombre todavía.