La llave giró en la cerradura y Lian entró al piso con la esperanza de encontrar un silencio sepulcral, pero la realidad fue muy distinta. El ambiente estaba cargado, una continuación directa de la tensión irrespirable de esa misma mañana.
Rubén estaba tirado en el sofá, con el mando de la televisión en la mano, como si hubiera estado esperando el sonido de la puerta para lanzar su ataque. Pablo, por su parte, estaba en la cocina abierta, troceando verduras con una parsimonia que a Lian le resultó irritante; no dijo nada, pero sus ojos saltaban de Rubén a Lian, claramente esperando el siguiente movimiento.
—Vaya, mira quién vuelve al nido —soltó Rubén, sin ni siquiera girarse a mirarle—. ¿Qué pasa, Lian? ¿Tanto trabajar te tiene la cara así de amargada o es que hoy tampoco te han dejado jugar en la liga de los mayores?
Lian cerró la puerta con cuidado, sintiendo cómo la mandíbula se le tensaba. No entres al trapo, Lian. No te merece la pena.
—Déjalo, Rubén —respondió Lian, intentando caminar hacia su habitación sin establecer contacto visual.
—No, no lo dejo —insistió Rubén, levantándose del sofá con una sonrisa cínica—. Me he quedado con las ganas de seguir la charla de esta mañana. ¿Dónde te has metido? ¿Has estado por fin en una cama que no sea la tuya, o te has quedado babeando en la barra del trabajo viendo a gente que sí tiene vida?
Lian se detuvo en seco. La imagen de Adrián, su deportivo, y la calidez del momento en la churrería le golpeó la mente. Le hervía la sangre al pensar que, si les contaba la verdad, si les decía quién era Adrián, sus amigos lo mirarían como si fuera un bicho raro, un trepador o, peor aún, un blanco fácil para sus burlas. No iba a dejar que mancillaran lo que sentía con sus juicios superficiales.
La rabia le ganó a la cautela. Se giró hacia Rubén, manteniendo la mirada firme.
—Sí —soltó Lian con una frialdad que sorprendió incluso a Pablo, que dejó el cuchillo sobre la tabla—. He estado fuera. Y no solo en una cama, sino pasándomelo mejor de lo que tú podrías imaginar en toda tu vida.
El salón quedó en un silencio absoluto. Rubén se quedó a medio camino de su siguiente burla, con los ojos entreabiertos, procesando la inesperada respuesta. Pablo, desde la cocina, dejó de moverse por completo, observando la escena con una ceja alzada, intrigado por el cambio de actitud de su amigo.
—¿Ah, sí? —balbuceó Rubén, intentando recuperar su postura chulesca—. Pues no se te nota nada, sigues oliendo a hamburguesa y a frustración.
—Opina lo que quieras —dijo Lian, dando un paso hacia él, sintiéndose, por primera vez, dueño de su propio espacio—. Pero ten claro que no todo el mundo se conforma con lo que tienes tú. Algunos tenemos mundo propio, aunque te cueste creerlo.
Sin esperar una respuesta, Lian se dio la vuelta y se encerró en su habitación, cerrando la puerta con el pestillo. Se dejó caer contra la madera, con el corazón martilleando contra sus costillas. Acababa de mentir, o quizá de decir una verdad a medias, pero ya no había vuelta atrás. Estaba solo en su habitación, lejos de las miradas de juicio de Rubén y Pablo, pero con una sonrisa amarga en los labios. Había defendido su secreto, aunque al hacerlo, acababa de levantar un muro mucho más alto entre él y sus compañeros de piso.
Se tumbó en la cama, mirando el techo, preguntándose cuánto tiempo más podría mantener esa doble vida antes de que todo estallara.