Clase aparte

Capítulo 11

Lian se estaba cepillando los dientes con energía, como si intentara arrancar la rabia de sus encías, cuando la puerta del baño se abrió sin llamar. Rubén apareció en el umbral, apoyado en el marco con una expresión inusualmente seria que no encajaba con su arrogancia habitual.

—Oye... —empezó Rubén, rascándose la nuca, evitando el contacto visual—. Lo de antes. Perdona, tío. Me he pasado.

Lian se enjuagó la boca y se secó la cara, evitando mirarle al espejo.

—No pasa nada. Ya está —respondió, con un tono cortante que no dejaba lugar a réplica.

Rubén pareció dar por zanjado el asunto con esa respuesta. —Solo es que... bueno, me rayo porque te veo siempre solo, encerrado, trabajando... no quiero que te quedes colgado. Solo quería decirte eso.

Dicho esto, dio media vuelta y regresó al salón, donde la televisión volvió a sonar al instante. Lian se encerró en su habitación, apoyando la espalda contra la puerta y soltando un suspiro cargado de desdén. ¿Ahora le importa mi vida? ¿Tan gilipollas se cree como para pensar que con un perdón barato todo se arregla?

Se sentó en el borde de la cama, hirviendo por dentro. “Se preocupa porque no salgo con nadie”, pensaba con amargura. ¿De verdad cree que necesito su aprobación? Prefiero mil veces esta soledad, por dolorosa que sea, a terminar como él, viviendo una vida de conveniencia con una chica como Clara. Se tragó todo ese veneno, como siempre hacía. La procesión iba por dentro, y el silencio era su única armadura frente a la mediocridad que le rodeaba.

Estaba a punto de dejarse caer sobre la almohada cuando el móvil, que descansaba sobre la mesita, vibró con una luz suave en la penumbra de la habitación. Era un mensaje de WhatsApp.

Adrián: "Buenas noches, Lian."

El nombre en la pantalla hizo que toda la tensión del día se evaporara al instante. Lian no se detuvo a pensar en cómo había conseguido el teléfono, si se lo había robado a su padre o si simplemente había desafiado sus normas para enviarle un mensaje; lo único que importaba era que Adrián, en medio de su jaula de oro, había pensado en él antes de dormir.

Con una sonrisa que no pudo evitar, respondió rápidamente: "Buenas noches, Adrián".

Soltó el teléfono y cerró los ojos. La discusión con Rubén, el estrés del trabajo, la irritación por su vida compartida... todo se volvió insignificante. Aquel simple mensaje tenía el poder de silenciar el ruido del resto del mundo. Por primera vez en la noche, el apartamento no se sintió como una cárcel, sino como un lugar donde, al menos, podía refugiarse en el pensamiento de que, en alguna parte de Madrid, alguien tan especial como él también estaba cerrando los ojos pensando en la misma persona.




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