Anaís
A la hora de la cena fue cuando, por fin, vimos llegar a papá. Su rostro no reflejaba emoción alguna; estaba inusualmente pálido, como si hubiera envejecido varios años en un solo día.
En cuanto cruzó la puerta, Alessia y yo corrimos hacia él.
—Papá, ¿cómo salió todo? —preguntó Alessia con evidente impaciencia.
No respondió. Ni siquiera nos dedicó una mirada. Pasó de largo con el rostro endurecido y se encerró en su despacho.
Mamá nos observó en silencio durante unos segundos antes de hablar.
—Vayan a sus habitaciones.
Su voz era firme, pero la preocupación en sus ojos la delataba. Sin esperar una respuesta, siguió a papá y desapareció tras la puerta del despacho, dejándonos con un silencio tan pesado que ninguno de las tres se atrevió a romper.
En cuanto mamá cerró la puerta del despacho, Alessia y yo intercambiamos una mirada. Sin decir una sola palabra, caminamos de puntillas por el pasillo hasta quedar al otro lado de la puerta.
Entonces se escuchó un fuerte golpe sobre el escritorio.
—¡Es un poco hombre! ¡Un maldito cobarde! —rugió la voz de papá.
Hubo un silencio tenso.
Después habló de nuevo, pero esta vez en un tono tan bajo que fue imposible distinguir sus palabras. Apenas fueron unas cuantas frases cortas.
Al segundo siguiente escuché el chirrido de una silla al ser empujada, como si alguien hubiera caído pesadamente sobre ella. El jadeo ahogado de mamá atravesó la puerta, seguido de un silencio tan profundo que resultaba insoportable.
Era el tipo de silencio que solo existe cuando alguien acaba de escuchar una verdad imposible de aceptar.
—Quiere arruinarnos... —escuché decir a papá con la voz cargada de rabia.
La respuesta de mamá hizo que la sangre se me helara.
—Quiere que una de nuestras hijas se case con el hijo de los Valente.
Alessia giró lentamente la cabeza hacia mí. Nuestros ojos se encontraron al mismo tiempo, abiertos por la incredulidad. Ninguna de las dos fue capaz de pronunciar una sola palabra.
No podía ser cierto.
No después de décadas de odio entre ambas familias.
No después de toda la sangre derramada.
Sin embargo, el silencio al otro lado de la puerta confirmó lo que más temíamos: aquello no era una amenaza vacía. Era una exigencia.
Amaba dormir, pero aquella noche las sábanas que tanto adoraba se sintieron insoportablemente pesadas. Cerraba los ojos una y otra vez, pero el sueño se negaba a llegar. Solo podía pensar en una cosa: toda la comodidad que había conocido, toda esa vida de lujos y mi título de princesa consentida podían desaparecer de un momento a otro.
Unos golpes suaves sonaron en la puerta.
—Pasa —murmuré.
La puerta se abrió y Alessia entró con el cabello desordenado y unas marcadas ojeras bajo los ojos.
—Anaís... —dijo acercándose a mi cama—. No he pegado el ojo en toda la noche.
Se dejó caer a mi lado con un suspiro.
—No dejo de pensar en lo que escuchamos anoche. Anaís... ¿te imaginas que sea verdad?
Negué lentamente con la cabeza.
—Ale... no lo sé. Todo esto es demasiado confuso. Ayer nuestra vida era perfecta y, de repente, todo parece un desastre. Papá preferiría ver a la familia en la quiebra antes que entregarnos en el altar con un Valente.
La expresión de Alessia se ensombreció.
Ella tampoco quería perder su título de princesa.
Así era como nos conocían. Las princesas Morello. Mimadas, consentidas y tratadas como la realeza allí donde fuéramos. Nuestra palabra bastaba para abrir puertas, conseguir favores e incluso abandonar algunos lugares sin pagar un solo centavo, porque tener a una Morello entre los clientes convertía cualquier sitio en un lugar exclusivo.
Habíamos crecido creyendo que el mundo estaba a nuestros pies.
Pero ahora ese mundo empezaba a resquebrajarse... y Alessia lo sabía tanto como yo.
—Si ese fuera el caso... —dijo Alessia con una sonrisa triste—, como soy la mayor, me tocará a mí.
Suspiré antes de rodearla con los brazos.
Siempre imaginé que algún día se casaría y se iría de casa. Era parte de la vida. Pero nunca pensé que pudiera hacerlo para unirse a un hombre de la familia rival.
No quería que sufriera.
Alessia siempre había sido la más consentida. Durante años fue hija única y disfrutó toda la atención de papá antes de que las demás llegáramos. Aun ahora, siendo tres hermanas, seguía ocupando un lugar especial en su corazón. Papá jamás lo admitiría en voz alta, pero todos sabíamos que tenía una debilidad por ella.
Pensar que precisamente ella pudiera convertirse en la pieza de un acuerdo entre los Morello y los Valente me revolvía el estómago.
No era el futuro que ninguno de nosotros había imaginado para ella.
—Señoritas, disculpen que las interrumpa, pero su padre pidió verlas en el comedor —anunció la mucama.
Alessia y yo intercambiamos una mirada antes de asentir. Me puse una bata de seda y bajamos juntas.
En casa no existía un código de vestimenta cuando no había invitados. Siempre nos avisaban con anticipación si alguien importante vendría, pero aquella mañana solo era un desayuno familiar.
—Buenos días —saludamos Alessia y yo al unísono.
Me acerqué primero a Valeria y besé su cabeza.
Era la menor de las tres. Aunque estaba atravesando la edad más rebelde de la adolescencia, seguía siendo una chica educada… solo que con un carácter imposible de dominar.
—Buenos días, hermanas —respondió con una sonrisa.
Tomamos asiento.
Una empleada dejó un té frente a Valeria, un jugo de manzana para mí y un café para Alessia.
El silencio era incómodo.
Papá fue el primero en romperlo.
—Sé que Anaís y Alessia escucharon la conversación de anoche… y supongo que entienden la gravedad de la situación.
Bajó la mirada unos segundos antes de continuar.
—Quizá comprendan por qué he tomado esta decisión y…
Editado: 22.07.2026