Cláusula de Sangre y Seda.

Capítulo 02

Cuando Damián entró a la sala de juntas, su sonrisa gélida me confirmó que había venido a comprar mi rendición. Mis entrañas se retorcieron, una extraña mezcla de furia y un escalofrío que recorrió mi espina dorsal, ajeno a mi voluntad. Se movió con la gracia de un depredador, sus pasos silenciosos y seguros sobre la alfombra gruesa, cada movimiento exhalando una confianza inquebrantable. Ignoró a sus abogados, ignoró el café humeante y los documentos apilados. Sus ojos, del color de un océano tormentoso, estaban fijos en mí. Eran los mismos ojos que me habían mirado con una mezcla de burla y desafío en los pasillos de la universidad, los mismos que me habían traicionado hace años.

Se detuvo frente a la silla en la cabecera de la mesa, su mirada escudriñándome de pies a cabeza, una evaluación silenciosa que se sentía como una invasión a mi alma. Pude sentir el rubor subiendo por mi cuello, pero me esforcé por mantener mi expresión impasible, mi barbilla ligeramente levantada. No le daría el placer de verme intimidada. No a él.

—Elena —dijo, su voz profunda y resonante, con un matiz de la autoridad que ostentaba. No había calidez en su tono, solo una formalidad casi insultante, como si yo fuera una cliente más, una transacción. —¿Cómo estás? Es… inesperado verte aquí.

Mentira. Una descarada y vil mentira. Él lo había orquestado todo. Él sabía exactamente por qué estaba allí. Mis puños se apretaron bajo la mesa, mis uñas clavándose en las palmas de mis manos con fuerza.

—Damián —respondí, mi voz sorprendentemente firme, a pesar del temblor interno. —Tan inesperado como siempre. Aunque esperaba una emboscada tuya tarde o temprano.

Su sonrisa se amplió, pero siguió siendo un gesto frío, sin alegría. Se sentó, cruzando las piernas con una elegancia casual, y se recostó en el respaldo de la silla, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Sus abogados, que hasta el momento habían sido los protagonistas de la explicación, ahora se encogieron ligeramente en sus asientos, relegados a la sombra de su jefe.

—Siempre tan perspicaz, Elena. Supongo que eso es lo que te mantiene a flote… por ahora. —Sus palabras eran dardos envenenados, directos a la yugular de mi orgullo.

—No vine aquí para intercambiar pullas de la universidad, Damián —le espeté, mi voz teñida de un control férreo que apenas disimulaba la rabia. —Vance Shipping necesita diez millones de dólares. Sé que ustedes tienen una propuesta. Seamos directos.

Él asintió lentamente, sus ojos nunca abandonando los míos. Parecía saborear mi desesperación, deleitándose en el poder que ejercía sobre mí. —Directos, entonces. El Kessel Financial Group está dispuesto a invertir los diez millones que necesitas. Pero no será una inversión típica, Elena. Será una… alianza.

—¿Qué clase de alianza? —pregunté, mi voz un susurro cargado de aprensión. Mi estómago se revolvió con la anticipación de la trampa.

Damián hizo un gesto a uno de sus abogados, el Sr. Davies, quien inmediatamente deslizó una carpeta de cuero negro por la mesa hacia mí. Era gruesa, demasiado gruesa para una simple inversión. Treinta páginas quizás.

—Un matrimonio —soltó Damián, la palabra resonando en el silencio de la sala como una bomba. —Un matrimonio por contrato, para ser exactos.

Sentí como si el aire me abandonara los pulmones. Mi cerebro se negó a procesar lo que acababa de escuchar. ¿Matrimonio? ¿Con él? La idea era tan absurda, tan grotesca, que casi me reí. Una risa histérica y sin humor.

—¿Estás bromeando? —pregunté, mi voz apenas un hilillo. Mis ojos se abrieron de par en par, fijos en su rostro inmutable. —Esto es… una locura.

—No hay broma en Kessel Financial Group, Elena. Tampoco hay locura. Solo negocios. —Su tono era de una frialdad glacial, sus ojos inexpresivos. —Mi abuelo, el patriarca de nuestro consorcio, ha establecido una cláusula en su testamento. Para heredar el control absoluto, debo presentarme casado con una mujer respetable antes de cumplir los treinta y dos años. Mi cumpleaños es en tres meses.

Tragué saliva, intentando comprender la magnitud de su plan. Aquello no era solo negocios; era una humillación, una forma de atarme a él de la manera más íntima posible.

—¿Y por qué yo? —Mi voz temblaba a pesar de mis esfuerzos. Había miles de mujeres en Nueva York, mujeres de alta sociedad, hermosas, ricas, más adecuadas para un matrimonio de conveniencia que yo, su antigua rival, la mujer que lo despreciaba.

—Eres inteligente, presentable, y lo suficientemente desesperada como para considerar una propuesta… poco convencional —respondió, su mirada recorriéndome de nuevo, una evaluación fría y desapasionada. —Además, tu reputación, a pesar de la situación actual de Vance Shipping, aún es intachable. Eres "respetable", Elena. Y sí, estás acorralada.

Cada palabra era un puñal. Mi sangre hirvió, una indignación furiosa que amenazaba con estallar. Me puse de pie de golpe, la silla raspando ruidosamente contra el suelo, el sonido estallando en el silencio tenso.

—¡Esto es una extorsión! —dije con un tono elevado, mi voz resonando con una mezcla de rabia y desesperación. —¡Estás usando mi desgracia para tus propios fines!

Damián no se inmutó. Su expresión seguía siendo de una calma perturbadora. Me miró, una ceja arqueada con una arrogancia tan familiar que me provocó escalofríos.

—Llámalo como quieras, Elena. Yo lo llamo una solución mutuamente beneficiosa. Tú obtienes tu dinero, Vance Shipping se salva. Yo obtengo el control de mi imperio. Simple.

—¡Es un chantaje! —repetí, mi voz al borde del quiebre. Mis manos se apoyaron en la mesa, mi cuerpo temblaba de ira.

—Y un contrato —replicó, su voz suave, pero con una autoridad inquebrantable. —Siéntate, Elena. No hay necesidad de hacer un drama. O aceptas, o Vance Shipping deja de existir en tres meses. La elección es tuya.

El peso de sus palabras me aplastó. Me senté de nuevo, desplomándome en la silla, mis ojos fijos en la gruesa carpeta frente a mí. Las páginas de mi infierno personal. Diez millones de dólares. La vida de mi padre.




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