Cláusula de Sangre y Seda.

Capítulo 05

Sus dedos rozaron mi muñeca demasiado tiempo, haciéndome dudar de si aquello era parte de la actuación o una provocación deliberada. El contacto, fugaz y eléctrico, había ocurrido en la puerta del coche que nos esperaba después de la sesión de los anillos. Mi piel, de repente, parecía demasiado sensible, registrando cada mínima variación de temperatura en el aire, cada roce de la seda de mi blusa. Damián había retirado la mano con la misma rapidez con la que la había posado, pero la sensación permaneció, un eco vibrante que se negaba a disiparse. Me subí al coche con la mandíbula tensa, mirando por la ventana cómo el lujo de la boutique se desdibujaba en la distancia, llevándose consigo la última pizca de mi libertad. El mundo exterior me pareció una jaula de cristal.

Los días siguientes se deslizaron en una vorágine de preparativos que se sentían ajenos. Cada cita era un recordatorio de que mi vida ya no me pertenecía. Pruebas de vestuario interminables en los ateliers más exclusivos de la ciudad, donde diseñadores de renombre me medían y remendaban con la precisión de cirujanos, transformando mi cuerpo en la silueta perfecta para la "esposa" de Damián Kessel. Degustaciones de menús exquisitos que no me apetecían, conversaciones con floristas sobre arreglos que no me importaban, y reuniones con coordinadores de eventos que hablaban de logística y listas de invitados como si estuvieran diseñando la estrategia de una guerra. Y en cada ocasión, Damián, impasible y eficiente, supervisaba cada detalle con una frialdad que me congelaba hasta los huesos, pero que a veces, sólo a veces, parecía quebrarse por un microsegundo, revelando una tensión subyacente que él se esforzaba por ocultar.

La noche antes de la boda, no pude dormir. Las sábanas de seda de mi cama me parecían un sudario. El anillo de platino en mi dedo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de noche, un centinela silencioso de mi futuro pactado. Me levanté y caminé descalza hasta la ventana, contemplando la ciudad que dormía bajo un manto de luces. Era una ciudad que conocía, que amaba, pero que ahora se sentía extraña, ajena a la tormenta que se gestaba en mi interior. ¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo había permitido que mi vida se convirtiera en una obra de teatro donde yo era la protagonista de un papel que aborrecía? Sentía una punzada de amargura, una mezcla de rabia y desesperanza que se adhería a mi piel como una segunda capa.

El día de la boda amaneció con un cielo impoluto, de un azul tan intenso que parecía burlarse de la oscuridad de mi ánimo. Desde primera hora de la mañana, mi penthouse se convirtió en un hervidero de actividad. Peluqueros, maquilladores, asistentes, estilistas... invadieron mi espacio personal, transformándolo en un backstage de alta costura. Las voces se mezclaban en un murmullo constante, las risas forzadas de los asistentes, el zumbido de los secadores, el tintineo de las joyas que se preparaban para ser exhibidas. Yo, sentada frente al espejo, observaba mi reflejo con una distancia casi clínica. Mis ojos, generalmente llenos de fuego y determinación, ahora parecían apagados, velados por una capa de resignación. La mujer que me devolvía la mirada era una extraña, una marioneta a punto de salir a escena.

—Casi está, señorita Vance —dijo mi maquilladora, con una voz suave que intentaba ser tranquilizadora. —Está usted deslumbrante.

Deslumbrante. La palabra me sonó hueca. Sentía que cada capa de maquillaje y cada horquilla en mi cabello me alejaban más de mí misma, convirtiéndome en un lienzo para las expectativas de los demás. Me preguntaba si Damián sentiría algo similar, o si su frialdad era tan inherente que ni siquiera un evento de esta magnitud lograba perturbarla. La duda me carcomía. ¿Sería posible que debajo de esa coraza de indiferencia, hubiera algo, un atisbo de humanidad, de vulnerabilidad? La idea me parecía ridícula y, a la vez, extrañamente atractiva.

El vestido de novia era una obra de arte. Seda cruda, encaje francés delicadamente bordado con diminutas perlas que atrapaban la luz, una cola majestuosa que parecía flotar detrás de mí. Cuando me lo puse, sentí el peso de la tela, la opulencia que gritaba “fortuna” y “poder”. Era un vestido que no buscaba la ternura, sino la autoridad. Me miré en el espejo de cuerpo entero. La imagen que se proyectaba era imponente, una reina de hielo, perfecta para el papel que debía interpretar. El anillo de platino en mi dedo anular destellaba con una intensidad casi dolorosa, el único toque de "personalidad" que se me permitía llevar, y aun así, era un símbolo prestado, un lazo forzado.

—Elena, ya es hora —la voz de mi asistente personal, Clara, me sacó de mi ensimismamiento. Su rostro, generalmente sereno, mostraba una mezcla de emoción y ansiedad.

Asentí, y un nudo se formó en mi garganta. Había llegado el momento.

Al salir del penthouse, la calle estaba invadida por una marea de paparazzis y cámaras de televisión. Los flashes estallaron, cegándome por un instante, y el murmullo de la multitud se elevó a un clamor. Me protegieron con un paraguas oscuro mientras me guiaban hacia el coche. Era una limusina negra, pulcra y brillante, que me esperaba como una bestia silenciosa. Me sentí como una prisionera en mi propia boda, escoltada por guardias invisibles. La ironía era palpable.

El trayecto fue corto, pero se sintió eterno. Mi corazón latía desbocado, no por emoción, sino por la adrenalina pura del pánico. Intentaba controlar mi respiración, mis manos apretaban el ramo de orquídeas blancas con una fuerza que amenazaba con aplastarlas. Miraba por la ventana, viendo los rostros curiosos y expectantes de la gente, los objetivos de las cámaras que me apuntaban como si fuera un trofeo. Sentí náuseas.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.