Damián, a mi lado, parecía estar absorbiendo cada palabra con una seriedad que me desconcertaba. Su perfil era perfecto, sus rasgos cincelados, y la forma en que su corbata se ajustaba a su cuello parecía una declaración de intenciones. Me pregunté qué pensaría él en ese momento, si sentía la misma asfixia que yo, o si para él, todo esto era simplemente otro negocio, otra adquisición en su impecable historial. Me sentía una mercancía, un activo más en el imperio Kessel.
Cuando llegó el momento de los votos, mi garganta se cerró. Damián pronunció los suyos con una voz clara y segura, cada palabra resonando con una convicción que me hizo dudar de mi propia desconfianza. ¿Podría ser que hubiera una pizca de verdad en sus palabras, o era un actor tan consumado que ni yo podía descifrarlo? Su mirada se posó en mí, penetrante, desafiándome a encontrar la mentira en sus ojos.
Mi turno. El corazón me retumbaba en los oídos. Miré a Damián, y en sus ojos vi una expectativa que me empujó a seguir adelante. Con voz apenas audible, repetí las palabras que se me dictaban, sintiendo que cada sílaba era un ladrillo más en el muro que se levantaba a mi alrededor. "Prometo amarte, honrarte y respetarte... en la salud y en la enfermedad... hasta que la muerte nos separe." La frase sonó a hueco, una melodía desafinada en el coro de una mentira. Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla, pero la disimulé rápidamente, culpando a las luces y a la emoción del momento. La verdad era que estaba llorando por la pérdida de mi vida anterior, por la mujer que había sido antes de que el contrato nos uniera.
El intercambio de anillos fue el siguiente paso. El joyero de la familia Kessel, un hombre de edad avanzada con manos temblorosas pero precisas, nos entregó las sortijas. Damián tomó mi mano y deslizó el anillo de platino en mi dedo anular con una suavidad que me sorprendió. Su toque fue inesperadamente delicado, un gesto que contradijo su usual brusquedad. Luego, yo tomé el suyo, y con manos que me temblaban levemente, deslicé la joya en su dedo. Nuestras manos permanecieron unidas por un instante más largo de lo necesario, una pausa que se sintió cargada de una electricidad silenciosa.
Finalmente, llegó el momento que todos esperaban, el clímax de la farsa, el sello público de nuestra unión. El oficiante sonrió, una sonrisa amable y paternal, y pronunció las palabras que sentenciaban mi destino:
—Por el poder que me ha sido conferido, los declaro marido y mujer. Puede besar a la novia.
El mundo pareció detenerse. Los flashes se intensificaron, la multitud contuvo la respiración. Mi corazón dio un salto mortal en mi pecho, y un calor extraño me subió por el cuello. Damián se giró hacia mí, su mirada intensa, un enigma indescifrable. Extendió una mano y la posó suavemente en mi cintura, atrayéndome hacia él. La otra mano se deslizó por mi mejilla, su pulgar acariciando mi piel con una ternura inesperada. Mis ojos se abrieron, sorprendidos por la audacia de su contacto. No esperaba esa delicadeza, esa cercanía.
Su rostro se inclinó lentamente, sus ojos fijos en los míos, como si buscara algo, una respuesta, una señal. Pude ver el color ámbar de sus irises, el rastro de cansancio bajo sus ojos, la ligera tensión en la comisura de sus labios. Estaba a centímetros de mí, su aliento cálido rozando mi piel, y una oleada de confusión me invadió. ¿Era parte del espectáculo, o había algo más en su mirada, un atisbo de un deseo que el contrato no contemplaba?
Cerré los ojos instintivamente justo cuando sus labios se posaron sobre los míos. El contacto fue suave al principio, un roce ligero, casi exploratorio. Pero no se detuvo ahí. Su boca se movió con una delicadeza sorprendente, una caricia lenta y profunda que me tomó completamente desprevenida. No era un beso brusco ni exigente, sino uno que prometía, que interrogaba, que exploraba. Sentí cómo una corriente eléctrica me recorría todo el cuerpo, desde la punta de los dedos hasta la coronilla, un chispazo inesperado que encendió algo en mi interior que creía haber apagado hacía mucho tiempo.
Mis manos, que hasta ese momento habían estado apretando el ramo, se abrieron ligeramente, y una de ellas se encontró con su pecho, sintiendo el ritmo de su corazón bajo la tela de su esmoquin. Un ritmo fuerte, constante, que parecía latir en sincronía con el mío. El beso se profundizó, sus labios explorando los míos con una maestría que me dejó sin aliento. Olía a una mezcla embriagadora de su colonia y un aroma más personal, más íntimo, que se adhería a mi memoria.
El sonido de los flashes seguía siendo un telón de fondo, pero en ese instante, el mundo exterior desapareció. Sólo existíamos él y yo, en el epicentro de un huracán silencioso. Mis pensamientos se nublaron, mi mente se vació de todo, excepto de la sensación de sus labios, la calidez de su aliento, la presión suave de su mano en mi cintura. Era un beso que no estaba en el guion, un beso que se sentía demasiado real para ser sólo una actuación.
Cuando finalmente se separó, lo hizo con una lentitud que me dejó anhelando más, aunque mi mente gritaba "¡Alto!". Abrió los ojos, y en los suyos vi un brillo que no había visto antes, una mezcla de sorpresa, satisfacción y algo parecido a la vulnerabilidad. Mis labios estaban ligeramente hinchados, y un rubor me cubrió el rostro. La multitud estalló en aplausos, un coro de aprobación que nos sacó de nuestro trance.
Damián me dedicó una sonrisa, una sonrisa genuina esta vez, que no llegó a sus ojos, pero que era suficiente para el público. Su mano no abandonó mi cintura, su agarre firme y protector, como si estuviera reclamando su propiedad ante el mundo. Nos giramos hacia los invitados, la imagen de la pareja feliz, radiante y recién casada, perfecta para las cámaras. Pero por dentro, yo era un caos de sensaciones contradictorias. La corriente eléctrica seguía recorriendo mi cuerpo, una chispa que amenazaba con incendiar todo a su paso.
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Editado: 17.09.2026