Cláusula de Sangre y Seda.

Capítulo 07

En el instante en que sus labios sellaron el voto nupcial, sentí una corriente eléctrica que el contrato jamás contempló. Aquella chispa, inesperada y poderosa, había roto una barrera invisible entre nosotros, abriendo una puerta a una complejidad de emociones que no sabía cómo manejar. Era como si un rayo hubiera caído en medio de un páramo desolado, encendiendo una llama donde solo había habido hielo. El mundo exterior, con sus flashes y aplausos, había desaparecido por un instante, dejando solo la cruda e innegable realidad de ese beso. Un beso que no era parte de la actuación, que no estaba en el guion, y que ahora resonaba en cada fibra de mi ser, desordenando los cimientos de mi resistencia.

La limusina se deslizaba por las calles nocturnas de la ciudad, un capullo de cuero y cristal que nos aislaba del bullicio exterior. El silencio entre Damián y yo era denso, casi tangible, pesado con el peso de lo que acababa de suceder. Mis mejillas aún ardían, y mis labios conservaban un ligero hormigueo, un eco fantasmal de su contacto. Me aferraba al ramo de orquídeas blancas, que ahora parecían marchitas y frágiles en mis manos, un reflejo de mi propio estado. La tela del vestido, tan pesada y opulenta hace unas horas, ahora se sentía como una carga, un sudario que me asfixiaba.

Miré por la ventana, observando cómo las luces de la ciudad se difuminaban en un caleidoscopio de colores. La emoción del día, la tensión acumulada, la farsa de la felicidad, todo se había combinado en un cóctel de agotamiento que me dejaba al borde del colapso. Mi mente, que generalmente era un torbellino de estrategias y análisis, estaba en blanco, incapaz de procesar el torbellino de sensaciones que me invadían.

Damián, sentado a mi lado, parecía haber recuperado su habitual semblante de fría indiferencia. Su perfil era inmaculado, cincelado bajo la luz tenue que se filtraba en el coche. Sus manos, que hacía apenas unos minutos habían acariciado mi rostro con una sorprendente ternura, ahora descansaban sobre sus muslos, perfectamente quietas, los nudillos blancos delatando una tensión apenas perceptible. Era como si, con cada kilómetro que nos alejaba de la recepción, él estuviera construyendo de nuevo los muros que el beso había derribado. Intentaba descifrar su expresión, buscar una pista, un indicio de lo que realmente pensaba o sentía, pero su rostro era una máscara impenetrable. ¿Había sido el beso una estrategia más, un movimiento calculado para silenciar las habladurías y sellar la farsa con una autenticidad creíble? ¿O había habido algo, un mínimo atisbo de algo real, entre esa explosión de piel y aliento? La incertidumbre era una tortura lenta y silenciosa.

Me atreví a hablar, mi voz ronca, apenas un susurro. —Ha sido... agotador.

Damián giró la cabeza lentamente, sus ojos ámbar encontrándose con los míos en la penumbra. No había calidez en su mirada, solo una calculada frialdad que me devolvió a la dura realidad de nuestro acuerdo. —Es lo que se espera de una boda de esta magnitud. Mantuviste bien el tipo.

Sus palabras eran un golpe helado, un recordatorio brutal de que todo había sido una actuación. El cumplido, si es que podía llamarse así, se sentía hueco, desprovisto de cualquier emoción genuina. Mi corazón se encogió, una punzada de dolor que se mezcló con la rabia. ¿Cómo había podido ser tan ingenua como para pensar, incluso por un instante, que el beso había significado algo más para él? Mi estúpida fantasía se desmoronaba, dejando a su paso el amargo sabor de la desilusión.

—Gracias —respondí, mi voz ahora más firme, un esfuerzo por proyectar la misma indiferencia que él. Apreté los labios, forzando una sonrisa que sabía que no llegaba a mis ojos. —¿Y tú? Parecías bastante cómodo en el papel.

Un músculo se contrajo en su mandíbula. Por un microsegundo, creí ver una sombra cruzar sus ojos, un atisbo de algo que no pude identificar, antes de que su rostro se volviera a congelar. —Es mi negocio, Elena. Mantener la fachada es parte de ello. Siempre lo ha sido.

Sus palabras confirmaron mis peores temores. Todo había sido un juego para él, una transacción más en su imperio. La electricidad que había sentido, el estremecimiento que me había recorrido, todo había sido una ilusión creada por mi propia vulnerabilidad. Sentí una ola de vergüenza invadirme. Había bajado la guardia, había permitido que una chispa de deseo se encendiera en el lugar equivocado, con la persona equivocada. Prometí, en ese instante, que no volvería a ocurrir. Que mi corazón sería un fortín inexpugnable.

El resto del viaje transcurrió en absoluto silencio, roto solo por el suave zumbido del motor de la limusina. Cada minuto que pasaba, la tensión se hacía más insoportable. Era como si estuviéramos en una cuerda floja, cada uno intentando mantener el equilibrio sin caer al abismo de lo que había quedado sin decir.

Finalmente, el coche se detuvo frente a un imponente rascacielos de cristal y acero que se alzaba majestuoso en el corazón de la ciudad. Era el edificio Kessel, un monumento a la riqueza y al poder. El penthouse de Damián, sabía, ocupaba los dos últimos pisos. La arquitectura era audaz, moderna, con líneas limpias y ángulos agudos que reflejaban la implacable ambición de su dueño.

Un valet uniformado abrió mi puerta con una reverencia, y al bajar, el aire fresco de la noche me golpeó, trayendo consigo el aroma a asfalto y la promesa de una nueva vida que se sentía tan ajena. Los pocos paparazzis rezagados dispararon sus últimas fotos, pero su intensidad era insignificante comparada con la histeria de horas antes. Damián se bajó del coche, su mano rozando brevemente mi espalda mientras me guiaba hacia la entrada, un gesto público que no se correspondía con la distancia glacial que sentía entre nosotros.

El vestíbulo del edificio era una oda al minimalismo lujoso: mármol pulido, acero brillante y una iluminación indirecta que creaba una atmósfera serena pero imponente. Un portero con un traje impecable nos saludó con una sonrisa discreta, ya acostumbrado a la presencia de Damián. Nos dirigimos a un ascensor privado, una cabina revestida de madera de ébano y espejos ahumados, que se abrió silenciosamente al detectar nuestra proximidad.




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