Cláusulas del Odio

PRÓLOGO — La cláusula invisible

El papel aún estaba tibio cuando la tinta terminó de secarse.

Una firma bastó para sellarlo todo: un proyecto, una carrera, una voz que dejó de ser escuchada. Nadie alzó la voz esa noche. Nadie cuestionó la decisión. En las salas donde se decide el destino de otros, el silencio suele confundirse con consenso.

Afuera llovía.

Nyx no supo en qué momento exacto entendió que algo se había roto para siempre. Tal vez fue al leer una frase que no parecía peligrosa —una cláusula menor, casi invisible— o tal vez al sentir que su nombre había dejado de importar. No hubo gritos ni escándalo. Solo esa certeza amarga: alguien había decidido por ella.

Muy lejos de allí, Kael firmó sin mirar atrás.

No dudaba, sino que había aprendido que dudar también tiene consecuencias. En su mundo, perder el control era un lujo que no podía permitirse. Apretó la pluma con fuerza, ignorando esa incomodidad extraña que no supo nombrar, y cerró el expediente como se cierran las heridas mal curadas: rápido, antes de que sangren demasiado.

Ninguno de los dos imaginó entonces que aquel documento no era un final.

Era un inicio.

Porque algunas decisiones no se quedan en el pasado.

Solo esperan el momento exacto para cobrarse su precio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.