Kael Valerian no creía en el azar.
Creía en las decisiones tomadas a tiempo, en los márgenes bien calculados y en los silencios estratégicos. Creía en la lógica como otros creen en Dios: no por consuelo, sino porque jamás traicionaba a quien aprendía a leerla.
El edificio de Valerian Group despertaba antes que la ciudad. A las seis y media de la mañana, las luces del piso treinta ya estaban encendidas, aunque el sol apenas insinuara su presencia entre los rascacielos. Kael estaba allí desde hacía veinte minutos, de pie frente al ventanal, con una taza de café intacta en la mano.
No lo había probado.
Observaba el movimiento abajo, los autos detenidos en los semáforos, la coreografía precisa del caos urbano. Todo seguía un patrón, incluso lo que parecía desorden. Siempre había un hilo invisible que sostenía las cosas. El truco consistía en aprender a verlo… y en saber cuándo tirar de él.
—El informe está listo —anunció su asistente desde la puerta.
Kael no se giró.
—Déjalo sobre el escritorio.
La voz del hombre era firme, neutra. No alzaba el tono, no necesitaba hacerlo. En Valerian Group nadie dudaba de quién estaba al mando. No por gritar órdenes, sino por el peso que cada movimiento suyo transmitía y que resultaba difícil de discutir.
Cuando finalmente se dio la vuelta, el reflejo del vidrio devolvió una imagen tan pulida como su entorno. Traje oscuro, perfectamente entallado. Camisa blanca sin una arruga. Cabello negro peinado hacia atrás con una precisión casi quirúrgica. Todo en Kael parecía diseñado para no fallar.
Incluso su rostro.
No era el tipo de belleza amable que invitaba a la cercanía. Era una belleza tensa, afilada, de líneas duras. Pómulos marcados, mandíbula firme, una mirada gris que rara vez se permitía mostrar algo más que control. Quienes trabajaban con él aprendían rápido que intentar leerlo era una pérdida de tiempo.
Kael Valerian no se dejaba descifrar.
Se sentó detrás del escritorio, abrió el informe y comenzó a leer con velocidad mecánica. Su mente funcionaba como una máquina entrenada para detectar errores, inconsistencias, oportunidades. No se detenía en detalles irrelevantes, no se distraía. Cada dato tenía un peso específico, cada cifra una consecuencia.
Ese era su mundo.
Un mundo en el que todo debía tener sentido. En ese espacio, las emociones no eran más que interferencias. Allí, los vínculos, si existían, debían estar claramente delimitados por reglas.
A las siete en punto, la primera reunión comenzó.
Ejecutivos, abogados, asesores financieros. Hombres y mujeres de traje impecable, sentados alrededor de la mesa ovalada. Nadie hablaba fuera de turno. Nadie improvisaba. Kael había construido ese ambiente con la misma dedicación con la que otros construían familias.
—El margen de riesgo es aceptable —dijo uno de los directores—. Si avanzamos ahora, cerramos antes de fin de trimestre.
Kael levantó la mirada apenas un segundo.
—Aceptable no es suficiente —respondió—. Quiero margen de control.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue respetuoso.
—Ajusten la cláusula sexta. Y revisen el impacto legal en escenarios extremos. No quiero sorpresas.
—Claro.
Kael asintió y volvió al informe. La reunión continuó, pero él ya había tomado la decisión. Lo demás era trámite.
Siempre lo era.
A media mañana, su agenda marcaba una pausa de diez minutos. Kael no la utilizó para descansar. Caminó hasta el gimnasio privado del edificio y se cambió con la misma eficiencia con la que firmaba contratos. Entrenó sin música, sin distracciones. Cada movimiento era preciso, cada repetición medida.
El control también se ejercía sobre el cuerpo.
Mientras levantaba peso, su mente repasó asuntos pendientes. Un acuerdo en suspenso. Un proyecto que debía cerrarse. Un nombre que apareció en un informe reciente y que, sin razón aparente, había generado una incomodidad difícil de ignorar.
Lo descartó de inmediato.
Kael no se permitía distracciones emocionales. Había aprendido demasiado pronto que confiar en ellas era peligroso.
Recordó, sin quererlo, una noche de años atrás. Una discusión breve. Una decisión tomada bajo presión. Un papel firmado sin mirar el rostro de quien estaba del otro lado.
Apretó la mandíbula.
El pasado era un territorio inútil. No se volvía sobre lo que ya estaba hecho. El arrepentimiento no corregía errores; solo debilitaba.
Terminó el entrenamiento, se duchó y volvió a su despacho. El día avanzó con la exactitud de un reloj suizo. Llamadas, reuniones, correos. Todo bajo control.
Y, sin embargo, había algo.
Una sensación mínima, casi imperceptible. Como una grieta microscópica en una estructura perfecta. Kael no sabía nombrarla, pero estaba ahí. No tenía forma ni causa evidente; no era cansancio ni estrés. Era… ausencia.
Lo notó al mediodía, cuando rechazó una invitación a almorzar. Lo notó al final de la tarde, cuando su asistente le recordó que no tenía compromisos personales en la agenda. Lo notó al llegar a su departamento, silencioso, impecable, tan ordenado como su oficina.
El lugar no tenía fotos. Ni recuerdos visibles. Ningún objeto que hablara de otra persona. Era un espacio funcional, elegante y frío.
Kael dejó las llaves sobre la mesa y se quitó el saco.
Durante años, eso le había parecido una ventaja.
No había a quién explicar ausencias ni a quién pedir permiso. Tampoco existía alguien que pudiera reclamarle algo que no estaba dispuesto a dar.
Y aun así…
Se sirvió un vaso de whisky y caminó hasta el ventanal del living. La ciudad brillaba abajo, viva, desordenada, llena de historias que no controlaba. Por un segundo, se preguntó cómo sería pertenecer a algo que no pudiera manejarse con contratos.
La idea le resultó incómoda.
Bebió un sorbo y dejó el vaso a un lado.
Kael Valerian no necesitaba vínculos reales. El afecto le resultaba innecesario. No necesitaba a nadie.
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Editado: 11.02.2026