Cláusulas del Odio

Nyx Moreau no pide permiso.

Nyx Moreau aprendió muy pronto que pedir permiso era una forma elegante de perder tiempo.

La mañana la encontró despierta antes de que sonara el despertador, con esa lucidez incómoda que aparecía cuando el pasado insistía en colarse en el presente. Permaneció unos segundos mirando el techo de su departamento, contando las grietas finas que se abrían como mapas imperfectos sobre el yeso. El lugar no era grande ni lujoso, pero era suyo. Cada mueble, cada objeto, todas las decisiones dentro de esas paredes habían sido tomadas sin deberle nada a nadie.

Eso importaba más de lo que cualquiera podría entender desde afuera.

Se levantó sin prisa, caminó descalza hasta la cocina y encendió la cafetera. El aroma llenó el aire mientras apoyaba las manos sobre la mesada fría. Afuera, la ciudad comenzaba a desperezarse con el mismo ruido de siempre: autos, bocinas, voces lejanas que no se dirigían a nadie en particular. Un mundo que no se detenía por nadie.

Nyx tampoco.

Se recogió el cabello en un rodete descuidado y se observó en el reflejo del vidrio de la ventana. Ojos oscuros, atentos, marcados por una vigilia que no tenía que ver con falta de sueño sino con memoria. No era una mujer frágil, aunque más de una vez habían intentado convencerla de lo contrario. Había aprendido a sostener la mirada, a no bajar la voz, a negarse a disculparse por ocupar espacio.

Eso también había tenido un precio.

El café estaba listo. Lo sirvió en una taza blanca, sin frases motivacionales ni adornos. Nunca le habían gustado esos mensajes vacíos que prometían fortaleza sin mencionar el desgaste que implicaba construirla de verdad, día tras día, sin que nadie lo viera.

El teléfono vibró sobre la mesada.

Era Livia.

Nyx lo miró un segundo antes de responder. Su hermana menor tenía un instinto casi molesto para llamar exactamente cuando algo estaba por suceder, como si el universo le avisara con antelación y ella lo usara sin filtros.

—Todavía no has salido —dijo Livia, sin saludar.

—Buenos días para ti también.

—¿Vas a ir?

Nyx dio un sorbo al café antes de responder.

—Ya lo decidí.

—Eso no es lo que te pregunté.

Hubo una pausa breve. Al otro lado de la línea, Nyx imaginó a su hermana con esa expresión que mezclaba preocupación genuina con terquedad periodística, el tipo de mirada que usaba cuando olía una historia que no cerraba bien.

—Livia —dijo con calma—, no es una batalla. Es una reunión.

—Con Valerian Group —replicó ella—. Que casualmente es la empresa que…

—Lo sé.

—Nyx.

—Lo sé —repitió, esta vez con más firmeza—. Y precisamente por eso voy. No para cerrar heridas. Para ver qué quieren.

Silencio al otro lado. Luego un suspiro que decía todo lo que Livia había decidido no pronunciar en voz alta, al menos por ahora.

—Llámame cuando salgas de allí.

—Si recuerdo.

—Llámame —insistió—. O te llamo yo cada diez minutos hasta que lo hagas.

Nyx colgó con algo parecido a una sonrisa. Livia era la única persona que podía irritarla y reconfortarla en la misma frase, un talento que había perfeccionado desde la infancia y que no mostraba señales de abandonar.

Mientras se vestía, el recuerdo apareció sin avisar.

Una sala amplia. Demasiado blanca. Demasiado silenciosa. Un proyecto que llevaba su nombre en cada página, construido durante meses con una precisión que rayaba en lo obsesivo. Propuestas, proyecciones, argumentos respaldados por datos que no admitían refutación fácil.

Y una frase pronunciada con falsa amabilidad desde el otro lado de la mesa: No es el momento adecuado.

Nyx cerró los ojos un segundo.

Había sido el momento perfecto. El proyecto era sólido, innovador, arriesgado en el mejor sentido de la palabra. Ella lo sabía. Los números lo sabían. Incluso quienes votaron en contra lo sabían, aunque nunca lo admitirían. No fue la calidad lo que lo condenó. Fue su negativa a ceder, a suavizar los bordes, a acomodarse a una visión que no era la suya pero que alguien con más poder había decidido imponer sin discusión.

No había querido aceptar sugerencias que olían a imposición.

No había querido sonreír cuando le pidieron paciencia.

La paciencia, había aprendido después, era una palabra que ciertas personas usaban para domesticar a quienes no encajaban cómodamente en sus estructuras.

Abrió los ojos y terminó de vestirse. Eligió con cuidado: pantalón oscuro de corte recto, blusa clara, un saco estructurado de líneas limpias. No necesitaba parecer intimidante. Bastaba con ser firme. La diferencia entre ambas cosas era sutil pero crucial, y Nyx la conocía bien.

Antes de salir, tomó el bolso y revisó los mensajes pendientes. Uno era de Matteo.

¿Segura de esto? Llámame antes si necesitas.

Matteo Rivas llevaba años siendo el tipo de amigo que no preguntaba cómo estabas sino qué necesitabas, una distinción que Nyx valoraba más de lo que solía expresar. Analista financiero, calculador por oficio y leal por convicción, había sido quien la ayudó a reconstruir su carrera después de la caída. No con consejos vacíos ni con optimismo forzado, sino con datos concretos, contactos reales y la disposición de quedarse cuando otros habían decidido mirar hacia otro lado.

También era quien más desconfiaba de Valerian Group.

Siempre sospechó que hubo alguien detrás, pensó Nyx mientras guardaba el teléfono. Matteo no lo decía con frecuencia, pero ella conocía sus silencios lo suficiente como para saber cuándo una sospecha se había vuelto certeza sin pruebas. Aún.

Le respondió con tres palabras: Estoy bien. Gracias.

Salió del departamento y cerró la puerta con llave. El pasillo olía a limpiador barato y a rutina compartida, esa mezcla anónima de vidas paralelas que nunca se tocan del todo. Mientras bajaba las escaleras, repasó mentalmente los puntos que quería dejar claros en esa reunión. No iba a venderse, no cedería en nada que no estuviera dispuesta a ceder, y desde luego no pensaba sonreír para facilitarle las cosas a nadie.




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