Nyx Moreau aprendió muy pronto que pedir permiso era una forma elegante de perder tiempo.
La mañana la encontró despierta antes de que sonara el despertador, con esa lucidez incómoda que aparecía cuando el pasado insistía en colarse en el presente. Permaneció unos segundos mirando el techo de su departamento, contando las grietas finas que se abrían como mapas imperfectos. El lugar no era grande ni lujoso, pero era suyo. Los muebles, los objetos y las decisiones dentro de esas paredes habían sido elegidos sin deberle nada a nadie.
Eso importaba.
Se levantó sin prisa, caminó descalza hasta la cocina y encendió la cafetera. El aroma llenó el aire mientras apoyaba las manos sobre la mesada fría. Afuera, la ciudad comenzaba a desperezarse con el mismo ruido de siempre: autos, bocinas, voces lejanas. Un mundo que no se detenía por nadie.
Nyx tampoco.
Se recogió el cabello en un rodete descuidado y se observó en el reflejo del vidrio. Ojos oscuros, atentos, marcados por una vigilia que no tenía que ver con falta de sueño, sino con memoria. No era una mujer frágil, aunque más de una vez habían intentado convencerla de lo contrario. Había aprendido a sostener la mirada, a no bajar la voz, a no disculparse por ocupar espacio.
Eso también había tenido un precio.
El café estaba listo. Lo sirvió en una taza blanca, sin frases motivacionales ni detalles superfluos. Nunca le habían gustado esos mensajes vacíos que prometían fortaleza sin mencionar el desgaste que implicaba construirla.
Mientras bebía el primer sorbo, el recuerdo apareció sin avisar.
Una sala amplia. Demasiado blanca. Excesivamente silenciosa.
Un proyecto que llevaba su nombre en cada página.
Y una frase pronunciada con falsa amabilidad: “No es el momento adecuado.”
Nyx cerró los ojos un segundo.
Había sido el momento perfecto. El proyecto era sólido, innovador, arriesgado en el mejor sentido. Ella lo sabía. También sabía que no fue la calidad lo que lo condenó, sino su negativa a ceder, a suavizar, a acomodarse. No había querido aceptar “sugerencias” que olían a imposición. No había querido sonreír cuando le pidieron paciencia.
La paciencia, había aprendido después, era una palabra que se usaba para domesticar.
Abrió los ojos y dejó la taza en la mesada. Ese episodio no la había destruido, pero había dejado una marca profunda. Durante meses había dudado de sí misma. Durante meses se había preguntado si el problema había sido ella. Hasta que entendió que el sistema no premia a quienes no se inclinan.
Desde entonces, Nyx Moreau no se inclinaba.
Se vistió con cuidado, eligiendo prendas que no gritaban, pero tampoco pedían aprobación. Un pantalón oscuro, una blusa clara, un saco estructurado. No necesitaba parecer intimidante. Bastaba con ser firme.
Antes de salir, tomó su bolso y revisó el celular. Un correo nuevo destacaba entre los demás. Lo había leído la noche anterior, pero aun así, verlo otra vez le provocó una tensión silenciosa en el pecho.
Valerian Group.
El nombre no le decía nada… y al mismo tiempo, algo en él le resultaba incómodamente pesado.
Había aceptado la reunión sin pensarlo demasiado. No era confianza lo que la movía, sino la capacidad de reconocer una oportunidad, incluso cuando venía envuelta en advertencias. Además, negarse habría sido admitir que aún le dolía.
Y Nyx no quería vivir desde el dolor.
Salió del departamento y cerró la puerta con llave. El pasillo olía a limpiador barato y a rutina compartida. Mientras bajaba las escaleras, repasó mentalmente los puntos que quería dejar claros en la reunión. No pensaba venderse ni ceder, y mucho menos sonreír para facilitarle las cosas a nadie.
Si algo había aprendido, era que el respeto no se pedía. Se imponía.
El trayecto hasta el edificio fue breve. Cuando llegó, alzó la vista y lo vio: una estructura imponente, de líneas limpias, vidrios oscuros, seguridad visible. No era un lugar diseñado para la calidez. Era un lugar diseñado para el control.
Nyx sintió una punzada conocida.
Entró sin dudar.
El lobby era amplio, silencioso, casi aséptico. Todo parecía medido, calculado, como si el edificio mismo rechazara el desorden humano. Se presentó en recepción y esperó, observando a su alrededor. Personas que iban y venían con pasos seguros, agendas apretadas, rostros concentrados.
Ese mundo no la intimidaba.
Lo había conocido desde adentro. Sabía cómo funcionaba. Sabía también lo fácil que era quedar atrapada si bajaba la guardia.
—La están esperando —dijo la recepcionista al cabo de unos minutos.
Nyx asintió y siguió al asistente hacia los ascensores. El trayecto transcurrió en silencio. Mientras subían, el espejo le devolvía su imagen fragmentada. Por un instante, recordó a la mujer que había sido antes de aquella caída profesional: segura, transparente, aún capaz de creer que el talento era suficiente.
Esa mujer ya no existía.
Cuando las puertas se abrieron, un pasillo amplio y luminoso se extendió frente a ella. Oficinas vidriadas, pasos firmes, un murmullo bajo que no rompía la armonía. Todo estaba en orden.
Demasiado en orden.
—Adelante —indicó el asistente, señalando una sala de reuniones.
Nyx respiró hondo y entró.
La sala estaba vacía. Una mesa larga ocupaba el centro, rodeada de sillas perfectamente alineadas. Desde el ventanal, la ciudad se veía lejana, pequeña. Nyx dejó su bolso sobre una silla y se sentó, cruzando las piernas con calma.
No le gustaba llegar tarde. Tampoco llegar demasiado temprano. Pero esperar no la incomodaba. Había esperado cosas peores.
Mientras observaba el entorno, una intuición lúcida se abrió paso: aquel lugar estaba hecho para hombres como el que aún no había entrado. Para personas acostumbradas a que el mundo se adaptara a ellos.
Nyx no estaba allí para adaptarse.
La puerta se abrió.
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Editado: 11.02.2026