El silencio en la sala no era vacío.
Era denso.
Nyx percibió con claridad que aquel hombre no estaba acostumbrado a esperar respuestas emocionales. Kael Valerian hablaba como quien da instrucciones a un sistema que debe obedecer sin preguntas. Cada palabra tenía el peso de una decisión ya tomada, aunque él fingiera apertura.
—Valerian Group está atravesando una etapa de reestructuración estratégica —dijo, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. Necesitamos profesionales externos con criterio propio, no subordinados.
Nyx arqueó apenas una ceja.
—Curioso —respondió—. Porque todo en este lugar grita exactamente lo contrario.
Kael la miró con atención por primera vez. No fue una mirada de deseo ni de interés social. Fue una evaluación directa, fría, casi clínica.
—¿Eso es un juicio o una observación? —preguntó.
—Ambas cosas —replicó ella—. No suelo separar una de la otra.
Un silencio breve se instaló entre ellos. Kael no sonrió. Tampoco frunció el ceño. Se limitó a asentir, como si la respuesta confirmara algo que ya sospechaba.
—Leí su historial —continuó—. Su trabajo es sólido. Preciso. Aunque… problemático.
Nyx se recostó en la silla, cruzando los brazos con calma calculada.
—¿Problemático?
—Tiene antecedentes de conflictos con superiores.
—Tengo antecedentes de decir que no —corrigió—. Si eso es un problema, conviene aclararlo ahora.
Kael sostuvo su mirada sin parpadear.
—Aquí no se trabaja desde el ego.
Nyx dejó escapar una risa breve, seca.
—No. Aquí se trabaja desde el control —dijo—. Y no es lo mismo.
El aire pareció tensarse. Kael cerró la carpeta que tenía frente a él con un movimiento lento, deliberado.
—No estoy interesado en debates filosóficos, señorita Moreau.
—Nyx —corrigió ella—. Si vamos a hablar de condiciones, prefiero que use mi nombre.
Kael inclinó apenas la cabeza.
—Nyx —repitió—. Lo que necesito saber es si está dispuesta a trabajar bajo parámetros claros.
—Depende de los parámetros.
—Resultados. Confidencialidad. Disciplina.
—Y obediencia —añadió ella.
—No use palabras que no dije.
—No necesito que las diga. Las conozco.
Por un instante, Kael apretó la mandíbula. Fue un gesto mínimo, casi imperceptible, pero Nyx lo vio. Aquello le confirmó algo importante: no estaba equivocada. Ese hombre no toleraba bien que lo cuestionaran.
—Si acepta este acuerdo —prosiguió él—, tendrá acceso a recursos que difícilmente encontraría en otro lugar.
—¿Eso es una promesa o una advertencia?
—Es una realidad.
Nyx inclinó la cabeza, observándolo con detenimiento. Había conocido hombres como él: brillantes, eficientes, convencidos de que el mundo funcionaba mejor si se plegaba a su lógica. Hombres que confundían liderazgo con dominio.
—Déjeme ser clara —dijo ella—. No estoy aquí para salvar su empresa ni para convertirme en una pieza más de su estructura. Si trabajo con usted, será porque el proyecto lo merece. No porque usted lo ordene.
Kael se reclinó en la silla.
—No suele hablar así en entrevistas.
—No suelo aceptar entrevistas donde me tratan como una variable a controlar.
El silencio volvió a caer. Afuera, la ciudad seguía su ritmo indiferente. Dentro de esa sala, algo empezaba a definirse con nitidez.
—¿Por qué aceptó venir? —preguntó Kael de pronto.
Nyx no respondió de inmediato. Su mente ya ordenaba qué parte de la verdad dejar salir sin dejarla expuesta.
—Porque no huyo —contestó finalmente—. Y porque me interesa saber por qué una empresa como la suya necesita a alguien como yo.
Kael sostuvo su mirada unos segundos más.
—Porque usted no se adapta —dijo—. Y a veces, eso es útil.
Nyx esbozó una sonrisa mínima, sin humor.
—No me contrate creyendo que puede domesticarme.
—No domestico a nadie.
—Claro que sí —replicó—. Solo lo llama “gestión”.
Por primera vez desde que había entrado, Kael se levantó de la silla. Caminó hasta el ventanal y miró la ciudad, dándoles la espalda a propósito. Nyx no se movió. No iba a seguirlo con la mirada como si necesitara su aprobación.
—Usted viene con prejuicios —dijo él.
—Usted viene con poder —respondió ella—. Es peor.
Kael se giró lentamente.
—¿Le incomoda?
—Me alerta.
Durante unos segundos, ninguno habló. El enfrentamiento no era explícito, pero estaba ahí, vibrando bajo la superficie. Dos voluntades chocando sin tocarse.
—El proyecto que le propongo no es menor —continuó Kael—. Implica decisiones difíciles. No todos están dispuestos a asumirlas.
Nyx pensó en aquella sala blanca. En el “no es el momento adecuado”. En la forma en que su trabajo había sido descartado con una sonrisa educada.
—Las decisiones difíciles no me asustan —dijo—. Lo que no tolero es la falta de responsabilidad detrás de ellas.
Kael entrecerró los ojos.
—¿Está insinuando algo?
—Estoy diciendo que no trabajo para hombres que firman y luego se esconden detrás de cláusulas.
El nombre del capítulo parecía materializarse en el aire.
Kael dio un paso hacia la mesa.
—Cuide sus palabras.
Nyx se puso de pie también, sin alzar la voz, sin retroceder.
—Cuide las suyas —replicó—. Porque si cree que puede hablarme desde arriba, está perdiendo el tiempo.
Estaban a menos de un metro de distancia. Nyx percibió su altura, su presencia firme, el perfume sutil. Kael notó la tensión en los hombros de ella, la forma en que sostenía la mirada sin titubear. No había miedo allí. Había desafío.
—No necesitamos llevar esto a un terreno personal —dijo él, con tono controlado.
—Usted ya lo hizo —respondió ella—. Desde el momento en que decidió evaluar mi carácter en lugar de mi trabajo.
Kael respiró hondo.
—No me interesa su carácter.
—Entonces no lo juzgue.
El silencio volvió a instalarse. Esta vez, cargado de algo distinto. No era solo confrontación. Era fricción. Una incomodidad difícil de ignorar.
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Editado: 11.02.2026