Cláusulas del Odio

El contrato.

Nyx Moreau no volvió a mirar atrás cuando salió del edificio.

Cruzó el lobby con el mismo paso firme con el que había entrado, pero por dentro algo seguía vibrando. No era duda. Era una incomodidad terca, como una astilla que se clava justo donde una cree estar curtida. Kael Valerian no había sido amable ni encantador. No había intentado seducirla con promesas. Y, sin embargo, el encuentro la había dejado con la sensación de haber entrado en una partida cuyas reglas aún no conocía del todo.

Eso era lo peligroso.

Subió al auto y apoyó la frente contra el volante durante unos segundos. Respiró hondo. No iba a permitir que una reunión alterara su centro. Había sobrevivido a cosas peores que un CEO con complejo de control.

Encendió el motor.

No sabía que, en ese mismo momento, Kael Valerian seguía de pie en la sala de reuniones, observando la puerta cerrada como si esperara que se abriera sola.

No lo hizo.

Kael caminó lentamente hasta su escritorio y tomó la carpeta que había dejado de lado. Dentro estaba el informe completo, no el resumido. El que pocos conocían. El que había pedido personalmente semanas atrás, cuando un nombre apareció en un cruce de datos que no debería haberle importado… pero lo hizo.

Nyx Moreau.

No por quién era ahora, sino por quién había sido antes.

Se sentó, abrió el documento y volvió a leer los antecedentes. El proyecto cancelado. La cláusula activada. El comité que había avalado la decisión. Su firma.

Kael cerró los ojos un segundo.

No se había escondido. No había actuado por capricho. Había tomado la decisión correcta según los parámetros de ese momento. El riesgo legal era alto. La presión externa, real. Había que elegir entre una idea prometedora y la estabilidad del grupo.

Y eligió.

Siempre elegía.

—Tristan —dijo por el intercomunicador—. Ven a mi despacho.

Su socio apareció minutos después. Tristan Hale era uno de los pocos hombres que no le temía a Kael. Tal vez porque lo conocía desde antes de que Valerian Group fuera un imperio. Tal vez porque entendía que el control de Kael no nacía de la arrogancia, sino del miedo a perder.

—¿La conociste? —preguntó Tristan sin rodeos.

—Sí.

—¿Y?

Kael cerró la carpeta con cuidado.

—Es exactamente como decían.

—Inflexible.

—Y brillante.

Tristan se apoyó en el respaldo de una silla.

—Entonces es perfecta para el proyecto.

—También es peligrosa.

Tristan sonrió apenas.

—Lo peligroso suele ser necesario.

Kael no respondió de inmediato. Caminó hasta el ventanal, como había hecho tantas veces ese día. Abajo, la ciudad seguía en movimiento. Arriba, las decisiones seguían cayendo sobre personas que no siempre las veían venir.

—El contrato está listo —dijo finalmente—. Activa la cláusula de colaboración obligatoria.

Tristan alzó las cejas.

—¿Estás seguro?

—No hay otra forma.

—Eso la va a enfurecer.

—Ya lo está.

—No contigo —aclaró—. Con el sistema. Tú solo eres la cara visible.

Kael apretó la mandíbula.
—Entonces aprenderá que no todo enfrentamiento se gana huyendo.

Nyx llegó a su departamento al anochecer.

Dejó el bolso sobre la mesa y se quitó los zapatos sin encender las luces. El silencio del lugar la recibió como siempre: sin preguntas, sin exigencias. Se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sofá, repasando mentalmente la reunión.

No le había gustado Kael Valerian.
No le había gustado su forma de hablar.
No le había gustado la sensación de estar siendo medida, contenida, encasillada.

Y, sin embargo, no podía negar que había algo más allí. Algo que iba más allá de una simple entrevista fallida.

El celular vibró sobre la mesa.

Un correo.

Valerian Group.

Nyx frunció el ceño y lo abrió.

Leyó una vez.
Luego otra.

El mensaje era breve. Correcto en apariencia. Definitivo en intención.

De acuerdo con lo conversado y conforme a los términos legales vigentes, se le notifica que su participación en el proyecto V-17 queda formalmente activada bajo el marco del convenio de colaboración interinstitucional firmado en 2021.”

Nyx sintió que el estómago se le cerraba.

2021.

Ese año no necesitaba aclaraciones.

Siguió leyendo, con el pulso firme a fuerza de voluntad.

“Dicho convenio establece la obligación de ambas partes de cumplir con los términos de cooperación profesional en casos de activación estratégica. El incumplimiento implicará sanciones económicas y legales.”

Apoyó el celular lentamente.

No.
No podía ser.

Buscó el archivo en su computadora, los documentos que había jurado no volver a abrir. El convenio estaba allí. Lo había firmado en un momento de desesperación, cuando su carrera pendía de un hilo. Un acuerdo marco, presentado como una formalidad. Una cláusula que nunca pensó que se activaría.

La cláusula invisible.

Nyx se llevó una mano a la boca, no por sorpresa, sino por rabia. Rabia contra ella misma. Contra el sistema. Contra ese hombre que, sin saberlo —o sabiéndolo demasiado bien— acababa de cerrarle la última puerta de escape.

El celular vibró de nuevo.

Esta vez, un mensaje directo.

Kael Valerian:
Mañana a las nueve. Sala ejecutiva. Traiga el contrato firmado.

Nyx apretó el teléfono con fuerza.

—Bastardo —murmuró.

No porque la hubiera engañado.
Sino porque había jugado limpio… dentro de reglas que ella odiaba.

A la mañana siguiente, Nyx entró a Valerian Group con el mentón en alto.

No iba a suplicar ni a discutir lo inevitable. Si ese acuerdo la ataba a ese lugar, trabajaría bajo sus propias reglas. La docilidad y la comodidad eran concesiones que no pensaba ofrecer.

Kael la esperaba en la sala ejecutiva.

Esta vez no hubo cortesía inicial.




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