Cláusulas del Odio

Reglas que nadie piensa respetar

Nyx Moreau leyó el documento completo sin mover un solo músculo del rostro.

No porque no le provocara nada, sino porque había aprendido a no regalar reacciones cuando estaba frente a alguien que las usaba como ventaja. Kael Valerian permanecía de pie frente a la mesa, con los brazos cruzados, observándola como quien espera que un sistema confirme la ejecución de una orden. No había impaciencia en él, solo cálculo. El tipo de espera que no concede margen al error.

Nyx pasó la última página y volvió al inicio, recorriendo de nuevo las cláusulas más delicadas. El contrato era sólido. Blindado. Diseñado para funcionar incluso si ambas partes se odiaban.

Especialmente si se odiaban.

—¿Alguna objeción? —preguntó Kael al cabo de unos minutos.

Nyx levantó la vista despacio, midiendo la distancia entre su calma aparente y la tensión real que se acumulaba bajo la superficie.

—Varias —respondió—. Pero imagino que no le interesa escucharlas.

—Me interesa saber si afectan el cumplimiento del contrato.

—No. Solo afectan mi paciencia.

Kael asintió, como si esa respuesta fuera suficiente, como si la paciencia fuera un recurso prescindible cuando el resultado estaba garantizado.

—Entonces avancemos.

Nyx dejó el documento sobre la mesa con cuidado, alineándolo con el borde como si ese gesto mínimo fuera una forma de recuperar algo que el contrato le había quitado sin pedirle permiso.

—Antes de avanzar, necesito algo claro —dijo—. Este acuerdo no me convierte en su empleada dócil. Trabajo con usted, no para usted.

—Eso ya está especificado —replicó Kael—. Rol independiente. Autonomía técnica. Reporte directo solo para decisiones estratégicas.

—Y sin interferencias personales.

—No tengo interés en su vida personal.

—Perfecto —respondió ella—. Porque yo tampoco tengo interés en la suya.

El silencio que siguió no fue incómodo, pero sí cargado de advertencias no dichas. No era el silencio de quienes no saben qué decir, sino el de quienes entienden demasiado bien lo que el otro intenta marcar.

Kael caminó hasta la pizarra de cristal ubicada al costado de la sala y tomó un marcador.

—Estas son las reglas —anunció—. No sugerencias. Reglas.

Nyx se recostó en la silla, cruzando las piernas con una tranquilidad que no era desinterés sino desafío controlado.

—Adelante. Me encantan las listas.

Kael ignoró el comentario.

—Primera: confidencialidad absoluta. Todo lo relacionado con el proyecto queda dentro de estas paredes.

—Eso es estándar.

—Segunda: respeto jerárquico en entornos corporativos.

Nyx ladeó la cabeza.

—Defina respeto.

—No desacreditar decisiones frente a terceros.

—No lo haga usted conmigo y no tendré que hacerlo yo —respondió sin dudar.

Kael apretó los labios apenas, una reacción mínima pero suficiente para que Nyx la registrara y archivara donde guardaba todo lo que podría necesitar después.

—Tercera —continuó—: convivencia profesional. Habrá reuniones extensas, viajes y trabajo conjunto. Mantendremos una relación estrictamente laboral.

Nyx sonrió apenas, un gesto breve, sin calidez.

—No se preocupe. No tengo problemas para separar las cosas.

—Me alegra escuchar eso.

—No lo decía por usted.

Kael escribió la última regla con un trazo firme en la pizarra, como si el gesto pudiera imponer estabilidad donde la conversación amenazaba con no tenerla.

—Cuarta: ninguna de las partes utilizará el pasado como arma.

Nyx se quedó inmóvil.

No porque no tuviera respuesta, sino porque esa frase había tocado un punto demasiado específico para ser casual. Demasiado preciso para ser una cláusula genérica. Alguien que redacta esa regla sabe exactamente qué pasado está intentando blindar.

—¿Eso incluye el suyo? —preguntó finalmente.

Kael dejó el marcador sobre la repisa.

—Incluye todo lo que no aporta al proyecto.

Nyx sostuvo su mirada unos segundos más, evaluando cuánto de esa respuesta era convicción y cuánto era evasión disfrazada de principio.

—Veremos cuánto dura esa regla.

Kael volvió a su asiento con esa calma deliberada que empezaba a resultarle a Nyx más irritante que cualquier gesto abierto de hostilidad.

—Estas condiciones no son negociables.

—Nada en este acuerdo lo es —respondió ella—. Pero que no sean negociables no significa que sean respetables.

—Significa que deben cumplirse.

—Por ambas partes —aclaró Nyx.

—Por ambas partes —repitió Kael.

Durante unos segundos, ninguno habló. No había acuerdo emocional entre ellos, pero sí un entendimiento incómodo: estaban atrapados en el mismo tablero, y ambos sabían jugar. Demasiado bien como para ignorar que la partida real todavía no había comenzado.

Fue entonces cuando llamaron a la puerta.

Dorian entró con la discreción de siempre, carpeta en mano, y depositó sobre la mesa un sobre adicional con el sello de la junta directiva antes de dirigirse a Kael con una mirada breve que decía más de lo que sus palabras siguientes revelarían.

—Adrien solicita una copia del contrato firmado para los registros de la junta —dijo, con tono neutro—. Antes del cierre del día.

Kael no alteró su expresión.

—Se la envías esta tarde.

Dorian asintió y salió.

Nyx observó el intercambio en silencio. No preguntó. Pero registró la tensión mínima que había cruzado el rostro de Kael al escuchar el nombre de su hermano, esa contracción casi imperceptible que desapareció en menos de un segundo.

Interesante, pensó.

—Empezará mañana —dijo Kael, reencauzando la conversación con su eficiencia habitual—. Tendrá una oficina en el ala este. Acceso completo a los archivos del proyecto desde el primer día.

—¿Y a usted?

—Solo cuando sea necesario.

Nyx se levantó, cerrando la carpeta.

—Entonces intentemos algo, Valerian.

—¿Qué cosa?




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