Cláusulas del Odio

No mires así.

Nyx Moreau estaba acostumbrada a las miradas.

Las había aprendido a reconocer desde joven: las que evaluaban, las que subestimaban, las que creían tener derecho. Las que se deslizaban con condescendencia o con deseo mal disimulado. Había construido una armadura precisa para todas ellas.

La de Kael Valerian no encajaba en ninguna categoría conocida.

No era descarada.
No era complaciente.
No era posesiva.

Era… insistente.

Lo notó en la tercera reunión del día, cuando él levantó la vista del informe y la sostuvo apenas un segundo más de lo necesario. No fue evidente para los demás. Nadie carraspeó, nadie se incomodó. Pero Nyx lo sintió como una presión mínima en el pecho, como si el aire hubiera cambiado de densidad.

Frunció el ceño y continuó hablando.

—Si avanzamos con esta proyección sin considerar la variable externa, el impacto será mayor en el segundo trimestre —explicó, señalando la pantalla—. No es inmediato, pero es inevitable.

Kael no apartó la mirada de ella de inmediato. Luego lo hizo, con un gesto controlado.

—Anótelo —dijo al equipo—. Evaluaremos el ajuste.

Nyx asintió y se sentó, consciente de algo que no quería admitir: había esperado que él reaccionara distinto. No sabía por qué. No sabía para qué.

Al final de la reunión, Kael pidió que se quedara.

—El resto puede retirarse —indicó.

La sala quedó en silencio.

Nyx se levantó despacio, cerró su carpeta y lo miró con cautela.

—¿Algún problema con el planteo? —preguntó.

—No —respondió él—. Con la forma.

Nyx cruzó los brazos.

—Fui clara.

—Fue incisiva.

—Es lo mismo.

Kael se acercó a la mesa.

—No en este contexto.

Nyx dio un paso hacia adelante sin pensarlo. Quedaron frente a frente, separados por una distancia que no era necesaria. Ninguno retrocedió.

—Si le molesta que haga mi trabajo, dígalo —dijo ella—. No pierda tiempo en rodeos.

Kael sostuvo su mirada. Sus ojos grises parecían más oscuros de cerca.

—No me molesta que haga su trabajo —dijo—. Me molesta que lo haga como si estuviera desafiándome.

Nyx soltó una risa breve, sin humor.

—No todo gira alrededor de usted, Valerian.

—Aquí sí.

El silencio se tensó.

Nyx notó el detalle absurdo de la situación: el sonido bajo del aire acondicionado, la luz blanca sobre la mesa, la cercanía inesperada. Pudo haber dado un paso atrás. No lo hizo.

—No me mire así —dijo de pronto.

Kael parpadeó apenas.

—¿Así cómo?

—Como si estuviera calculando algo que no piensa decir.

Kael no respondió de inmediato. Bajó la mirada un segundo, luego volvió a alzarla.

—No me diga cómo mirar.

—Entonces no espere que no lo note.

El intercambio se volvió peligroso. No por lo que decían, sino por lo que quedaba suspendido entre ellos. Kael dio un paso atrás finalmente, rompiendo la proximidad.

—Puede retirarse —dijo con voz controlada.

Nyx no se movió de inmediato. Luego giró y salió de la sala, con el pulso acelerado y una certeza incómoda formándose en su interior.

Aquello no había sido una discusión profesional.

El primer incidente ocurrió esa misma tarde.

Nyx trabajaba en su oficina, concentrada en un archivo complejo, cuando la pantalla parpadeó y se apagó. Maldijo en voz baja y revisó los cables. Nada. Se levantó y salió al pasillo.

—¿Problemas técnicos? —preguntó una voz detrás de ella.

Kael.

—El servidor cayó —respondió—. Justo ahora.

—Venga —dijo él—. Use mi oficina.

Nyx dudó.

—No hace falta.

—No es una invitación social —replicó—. Es una solución.

A regañadientes, lo siguió.

La oficina de Kael era amplia, sobria, perfectamente ordenada. Demasiado. Nyx se sentó frente a su escritorio y conectó su dispositivo. Kael permaneció de pie, observándola trabajar en silencio.

No la interrumpió.
No se sentó.
No se fue.

Nyx sintió su presencia como una presión constante en la espalda. Se movió en la silla, incómoda.

—¿Necesita algo? —preguntó sin mirarlo.

—No.

—Entonces…

—Estoy observando.

Nyx alzó la vista.

—Eso me incomoda.

Kael inclinó la cabeza.

—¿Por qué?

—Porque no soy un informe.

—Lo sé.

—Entonces no me analice como si lo fuera.

Kael dio un paso más cerca, apoyando una mano sobre el respaldo de la silla. Nyx se tensó sin querer. El gesto fue automático, corporal.

Kael lo notó.

—Relájese —dijo—. No voy a tocarla.

Nyx lo miró de golpe.

—No asuma que eso es lo que me preocupa.

—Entonces, ¿qué?

Nyx abrió la boca para responder… y se detuvo.

No tenía una respuesta clara. Y eso la irritó.

—Terminé —dijo finalmente, cerrando el archivo—. Gracias por el espacio.

Se levantó demasiado rápido. El movimiento abrupto hizo que chocara con él. Fue leve. Apenas un roce. Pero suficiente.

Nyx sintió el calor de su cuerpo, la firmeza de su pecho, el perfume discreto. Kael apoyó una mano en su brazo para estabilizarla. El contacto fue inmediato, eléctrico.

Ambos se quedaron inmóviles.

Nyx levantó la mirada. Kael la sostenía con firmeza, pero no con fuerza. Sus dedos estaban tibios. Demasiado presentes.

El tiempo pareció estirarse.

Por un segundo, Nyx olvidó dónde estaba. Olvidó el contrato, las reglas, la guerra fría. Solo fue consciente de la cercanía, del latido acelerado en su pecho, de la forma en que la mirada de Kael había cambiado.

No era control.
Era algo más peligroso.

Nyx se apartó de golpe.

—No vuelva a tocarme —dijo, con voz firme.

Kael retiró la mano de inmediato.

—Fue un accidente.

—No lo repita.

—No planeaba hacerlo.

Se miraron unos segundos más. El aire parecía cargado de algo que ninguno quería nombrar.

—Esto no puede volver a ocurrir —añadió Nyx.

—No ocurrió nada —respondió Kael.




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