Cláusulas del Odio

La grieta

La discusión empezó por algo menor.

Eso fue lo que más la descolocó a Nyx Moreau: no hubo una gran revelación ni una traición evidente, solo una diferencia técnica, una decisión aparentemente trivial dentro de un proyecto que ambos conocían demasiado bien. Pero había días —y personas— que convertían lo mínimo en detonante.

—Ese ajuste no estaba contemplado —dijo Nyx, señalando la pantalla con el dedo—. Cambia el enfoque completo del módulo final.

Kael Valerian permanecía de pie, apoyado contra la encimera del living, con una taza de café en la mano. No parecía alterado. Nunca lo parecía.

—Es un ajuste preventivo —respondió—. Evita riesgos innecesarios.

—Evita riesgos que usted no quiere asumir —corrigió ella—. No es lo mismo.

Kael dio un sorbo al café antes de responder.

—No voy a comprometer la estabilidad del proyecto por una hipótesis.

Nyx cerró la laptop con más fuerza de la necesaria.

—No es una hipótesis. Es una posibilidad real. Y negarla no la elimina.

—No todo se resuelve tensando la cuerda —replicó Kael—. A veces hay que saber cuándo ceder.

Nyx alzó la cabeza con lentitud.

—Curioso que lo diga alguien que no cede nunca.

El silencio cayó de golpe, pesado. Kael dejó la taza sobre la mesa con un movimiento controlado.

—Cedo cuando es lógico —dijo—. No cuando alguien necesita demostrar algo.

Nyx sintió el golpe antes de entenderlo.

—¿Eso cree? —preguntó—. ¿Que necesito demostrar algo?

—Creo que reacciona desde un lugar que no es solo profesional.

Nyx se puso de pie.

—No intente analizarme.

—Entonces no me obligue a hacerlo.

Se quedaron frente a frente, con la tensión acumulada de días encerrados en el mismo espacio, de miradas evitadas, de silencios demasiado largos. Afuera, el cielo seguía gris, como si el clima acompañara el ánimo contenido de ambos.

—Usted no sabe nada de mí —dijo Nyx, con voz firme—. Y no tiene derecho a insinuar nada.

Kael sostuvo su mirada, serio.

—Sé que no confía en el sistema.

—Porque el sistema me falló.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.

Nyx se quedó inmóvil, consciente de lo que había dejado escapar. No era una confesión completa, pero era más de lo que pretendía decir.

Kael frunció apenas el ceño.

—Eso explica muchas cosas.

—No explica nada —replicó ella, recuperando el control—. Y no voy a convertir esto en una sesión terapéutica.

—No es lo que busco.

—Entonces no cruce límites.

Kael dio un paso hacia ella, deteniéndose a una distancia prudente. No había amenaza en su postura, pero sí una intensidad contenida.

—No puede trabajar aquí como si cada decisión fuera un ataque personal.

Nyx soltó una risa breve, amarga.

—Y usted no puede dirigir como si las personas fueran piezas intercambiables.

El aire se tensó.

—Ese discurso es injusto —dijo Kael—. No sabe cuántas decisiones difíciles he tenido que tomar.

—Lo sé perfectamente —respondió ella—. Siempre hay una excusa elegante para justificar el daño.

Kael apretó la mandíbula.

—No todas las decisiones dejan a todos satisfechos.

—Pero algunas dejan a alguien roto —dijo Nyx en voz baja.

El silencio que siguió fue distinto a los anteriores. Más frágil. Más peligroso.

Kael la observó con atención, como si intentara ver más allá de la coraza que ella había levantado con tanto cuidado.

—¿Eso le pasó? —preguntó, sin dureza.

Nyx bajó la mirada un segundo.

—No estamos hablando de mí.

—Usted lo trajo a la mesa.

—Y usted no tiene derecho a servirse de eso.

Kael dio un paso atrás, como si hubiera tocado algo que no debía.

—No era mi intención.

—Las intenciones no reparan nada —replicó ella—. Solo las consecuencias.

Nyx volvió a sentarse, respirando hondo, intentando recuperar la calma. Sentía el pecho apretado, una sensación que conocía demasiado bien y que odiaba admitir. Aquella discusión había removido algo que llevaba tiempo enterrado.

Kael se pasó una mano por la nuca, incómodo.

—No quería llevar esto a ese punto.

—Pero lo hizo.

—Porque usted también empuja.

Nyx levantó la vista.

—Empujo porque si no lo hago, me quedo atrás.

Kael sostuvo su mirada.

—Aquí no necesita hacerlo sola.

Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de una ambigüedad peligrosa. Nyx negó con la cabeza.

—No diga cosas que no puede sostener.

—No digo nada a la ligera.

—Eso es justamente lo que me preocupa.

Nyx se levantó y caminó hacia la ventana, dándoles la espalda. Afuera, la lluvia había cesado, pero el cielo seguía cubierto. Apoyó la frente contra el vidrio frío.

—¿Sabe cuál es el problema de las grietas? —dijo de pronto—. Que una vez que aparecen, nunca vuelven a cerrarse del todo.

Kael se acercó, deteniéndose a su lado sin tocarla.

—A veces permiten que entre aire.

Nyx giró el rostro hacia él.

—Y a veces hacen que todo se derrumbe.

Kael no respondió. La miró con una intensidad que no había mostrado antes. No era control.

No era cálculo. Era atención real.

—No voy a usar lo que dijo en su contra —aseguró—. Si eso es lo que teme.

Nyx sostuvo su mirada unos segundos más.

—No temo eso.

—Entonces, ¿qué?

Nyx apartó la vista.

—Temo confiar en alguien que cree que siempre tiene razón.

Kael inspiró despacio.

—No siempre la tengo.

—Pero actúa como si la tuviera.

—Porque dudar públicamente cuesta caro —respondió—. Y no todos pueden permitírselo.

Nyx lo miró de nuevo, sorprendida por la honestidad parcial. No era una confesión completa, pero tampoco era una máscara.

—Ahí está su grieta —dijo en voz baja.

Kael no negó.

—Todos tenemos una.

Se quedaron en silencio, uno al lado del otro, separados por centímetros y por años de decisiones que los habían llevado a ser quienes eran. Ninguno dio el paso final hacia el otro.




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