Cláusulas del Odio

Celos sin nombre.

Kael Valerian no estaba acostumbrado a notar a quién miraban los demás.

En su mundo, la atención era un recurso que se administraba con estrategia, no una variable emocional. Sabía cuándo alguien buscaba aprobación, cuándo buscaba poder y cuándo buscaba ventaja. Todo tenía una lectura clara, previsible.

Hasta que Nyx Moreau se convirtió en parte del escenario.

Lo notó una mañana cualquiera, durante una reunión con el equipo ampliado del proyecto. Nada extraordinario: una mesa larga, pantallas encendidas, gráficos proyectados. Kael hablaba, marcando lineamientos, cuando una risa breve interrumpió la monotonía.

No fue exagerada.
No fue coqueta.

Fue espontánea.

Nyx había hecho un comentario técnico con ironía inteligente, y dos de los analistas —uno de ellos recién incorporado— respondieron con atención inmediata. Uno incluso se inclinó hacia adelante, interesado, como si el resto del mundo hubiera dejado de importar.

Kael se quedó en silencio a mitad de una frase.

Nadie lo notó.
Pero él sí.

Algo se tensó dentro de su pecho, una contracción mínima que no supo identificar de inmediato. Continuó hablando, pero su voz salió más seca de lo habitual.

—Sigamos —dijo—. No estamos aquí para socializar.

Nyx alzó la vista hacia él, sorprendida. No dijo nada, pero su expresión se cerró apenas.

La reunión avanzó, aunque el clima había cambiado. Kael comenzó a intervenir más de lo necesario, corrigiendo detalles que antes habría dejado pasar. Interrumpió a uno de los analistas cuando hizo una observación dirigida directamente a Nyx.

—Eso ya fue considerado —dijo Kael—. No desviemos el foco.

El analista asintió, incómodo.

Nyx cruzó las piernas despacio, observándolo con atención nueva.

Cuando la reunión terminó, Kael se levantó de inmediato.

—Nyx —dijo—. Un momento.

Ella lo siguió hasta un costado de la sala.

—¿Algún problema? —preguntó, neutra.

—Mantenga las intervenciones dentro del marco profesional —respondió él—. No necesitamos distracciones.

Nyx frunció el ceño.

—¿Desde cuándo una intervención clara es una distracción?

—Desde que desvía la atención del objetivo.

—¿O desde que atrae demasiada atención? —preguntó, sin suavizar el tono.

Kael la miró fijo.

—No confunda las cosas.

—Eso intento —respondió ella—. Pero usted acaba de hacerlo difícil.

Kael dio un paso atrás.

—No fue una crítica personal.

—Claro que lo fue —replicó Nyx—. Solo que no sabe por qué la hizo.

El silencio se volvió incómodo.

—Volvamos al trabajo —dijo Kael finalmente.

Nyx lo observó unos segundos más antes de asentir.

—Como quiera.

Pero no se fue con la misma indiferencia con la que había entrado.

Nyx notó el patrón ese mismo día.

No era evidente. No era exagerado. Pero estaba ahí.

Kael se mostraba más rígido cuando alguien se acercaba demasiado a ella. Más cortante cuando otro validaba sus ideas antes que él. Más presente. Más controlador.

Y lo más desconcertante: no había razón profesional para ello.

Durante el almuerzo, uno de los consultores externos se sentó frente a Nyx y le preguntó por su enfoque metodológico. La conversación fue fluida, estimulante. Nyx disfrutó el intercambio. Hacía tiempo que no hablaba con alguien que no la midiera como amenaza o problema.

Kael observó desde el otro extremo de la mesa.

No se unió a la conversación.

No la interrumpió.

Pero cuando el consultor se levantó, Kael tomó su lugar sin pedir permiso.

—Necesito revisar contigo el informe de la mañana —dijo.

Nyx lo miró, incrédula.

—Podía haber esperado.

—No —respondió él—. Es prioritario.

Nyx se levantó despacio, consciente de las miradas alrededor.

—Claro —dijo—. Prioritario.

Caminaron en silencio hasta la sala contigua. Apenas cerraron la puerta, Nyx se giró hacia él.

—¿Qué fue eso?

—Trabajo —respondió Kael.

—Eso no fue trabajo.

—No exagere.

Nyx soltó una risa breve.

—¿Está molesto porque alguien más me habló?

Kael apretó la mandíbula.

—No me interesa su vida social.

—Entonces no actúe como si lo hiciera.

El silencio se estiró entre ellos.

—No se equivoque, Nyx —dijo Kael—. No tolero distracciones dentro del equipo.

—No tolera no ser el centro —replicó ella—. Es distinto.

Kael dio un paso hacia ella, deteniéndose a una distancia incómoda.

—No proyecte.

Nyx sostuvo su mirada.

—No necesito hacerlo. Se nota.

Kael respiró hondo.

—Está cruzando un límite.

—No —respondió ella—. Lo está señalando usted.

Nyx abrió la puerta y salió antes de que él pudiera responder.

El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo. De confusión.

¿Por qué le molestaba eso?
¿Por qué le importaba?

Kael pasó el resto del día con una irritación que no lograba disipar.

Nada estaba mal.
El proyecto avanzaba.
Los números cerraban.

Y, sin embargo, había una incomodidad persistente, como una sombra que se movía fuera de su campo visual.

Se sorprendió observando a Nyx más de lo necesario. No su trabajo, sino sus gestos. La forma en que escuchaba. La naturalidad con la que otros se sentían atraídos a su presencia.

No era coquetería.
Era algo peor.

Era respeto.

Eso lo irritó.

Durante una revisión técnica, uno de los ingenieros se refirió a una propuesta como “lo que sugirió Nyx”. Kael corrigió de inmediato.

—Es una línea que el equipo evaluó —dijo—. No personalicemos decisiones colectivas.

Nyx levantó la vista lentamente.

—Fue mi propuesta —dijo—. Y fue aprobada.

Kael sostuvo su mirada.

—No es relevante quién la planteó.

—Claro que lo es —replicó ella—. Invisibilizar aportes también es una forma de control.

El ambiente se tensó.




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