Cláusulas del Odio

Cuando el odio tiembla

La discusión no empezó con gritos. Empezó con una decisión tomada sin avisar.

No hubo advertencias previas, ni señales que anticiparan el choque. Solo ese tipo de cambio silencioso que, para quien sabe leerlo, resulta más evidente que cualquier confrontación directa.

Nyx lo supo apenas vio el cambio reflejado en los informes. No necesitó revisar fechas ni buscar responsables. Reconocía el patrón. Kael había actuado solo, una vez más, y había creído que el resultado justificaría el método.

No esta vez.

—¿Puedes explicarme esto? —preguntó, dejando la carpeta abierta sobre la mesa común.

Kael levantó la vista de su laptop con gesto cansado.

—Es un ajuste necesario.

—No —respondió ella—. Es una intromisión.

Kael se puso de pie lentamente.

—Es una corrección.

—No cuando se hace a espaldas del equipo técnico.

—No tenía tiempo para consultas eternas.

Nyx apoyó ambas manos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante.

—Entonces no digas que trabajamos juntos —dijo—. Di que trabajas encima de los demás.

El aire se tensó.

No fue inmediato, pero se sintió. Como si la habitación hubiera reducido su espacio sin moverse. Como si cada palabra empezara a ocupar más de lo que debería.

Kael dio un paso hacia ella.

—No te equivoques —dijo—. Si no tomaba esa decisión, el proyecto se caía.

—Eso es lo que siempre dices —replicó Nyx—. Que el fin justifica el daño colateral.

Kael apretó la mandíbula.

—No es daño colateral. Es responsabilidad.

—No cuando siempre la cargas sobre los mismos.

Kael la miró con una intensidad que no era nueva, pero sí distinta. Había algo más debajo del enojo, algo que no estaba dispuesto a reconocer.

Algo que no encajaba con su manera de ordenar el mundo.

—Estás personalizando esto —dijo.

—Porque tú lo haces personal cuando te conviene —respondió ella—. Cuando algo no sale como quieres, tomas el control y decides por todos.

Kael dio otro paso. Estaban demasiado cerca. Ninguno retrocedió.

El espacio entre ellos dejó de ser profesional.

Se volvió medible en respiraciones.

—¿Eso es lo que crees de mí? —preguntó.

—Es lo que haces —respondió Nyx, sin bajar la voz—. Y lo sabes.

El silencio se volvió espeso, cargado de una electricidad incómoda. Afuera, el viento golpeó las ventanas de la casa, como si el mundo exterior reaccionara a la tensión contenida adentro. Un sonido constante, irregular, casi insistente.

Kael respiró hondo.

—No te debo explicaciones por cada decisión.

—No —admitió Nyx—. Pero sí me debes respeto.

Kael sostuvo su mirada. Por un instante, pareció decir algo más, algo que se quedó atrapado detrás de los dientes.

Algo que no tenía forma todavía.

—Esto no es personal —dijo finalmente.

Nyx soltó una risa breve, amarga.

—Eso es lo que más me preocupa.

Se dio vuelta para recoger los documentos, pero Kael extendió el brazo y apoyó la mano sobre la carpeta, deteniéndola.

El gesto fue instintivo. Inmediato. Sin cálculo.

Nyx se quedó inmóvil.

No porque no pudiera moverse, sino porque algo en ese contacto —mínimo, funcional— le recorrió el cuerpo con una intensidad que no esperaba. Kael lo notó al instante. Lo sintió en la forma en que ella se tensó, en el cambio casi imperceptible de su respiración.

En el silencio que no eligió.

Retiró la mano… demasiado tarde.

—No me toques —dijo Nyx, con voz firme.

—No fue mi intención —respondió Kael, pero no se apartó del todo.

Sus miradas se cruzaron.

Demasiado cerca. Demasiado conscientes. Demasiado expuestos para lo que ambos estaban dispuestos a admitir.

Nyx dio un paso atrás, rompiendo la proximidad.

—Esto es exactamente lo que pasa cuando no respetas límites —dijo—. Todo se vuelve confuso.

Kael pasó una mano por su cabello, frustrado.

—No estoy confundido.

—Entonces yo sí —replicó ella—. Y no me gusta.

Se produjo un silencio largo, cargado de palabras no dichas. La discusión había cambiado de tono. Ya no era solo profesional. Ya no era solo ideológica.

Era corporal.

Y eso lo volvía peligroso.

Kael la observó con atención nueva, incómoda. Notó la rigidez de sus hombros, la forma en que apretaba los labios como si intentara contener algo más que enojo.

Como si estuviera sosteniendo una línea invisible.

—No deberíamos estar hablando así —dijo.

—No deberíamos estar tan cerca —respondió ella.

Kael dio un paso atrás esta vez, como si necesitara recuperar aire.

Como si recién en ese momento tomara dimensión de la distancia que habían perdido.

—Esto no es buena idea.

—Nada de esto lo es —replicó Nyx—. Desde el momento en que firmé ese contrato.

Kael la miró fijamente.

—No firmaste solo por obligación.

Nyx frunció el ceño.

—¿Qué insinúas?

—Que hay algo aquí que no es solo trabajo —dijo, sin rodeos.

Nyx sintió el golpe de esas palabras como un impacto seco.

No por sorpresa.

Por precisión.

—No —respondió de inmediato—. No empieces con eso.

—¿Por qué no?

—Porque no es real.

—¿Entonces por qué estás tan alterada?

Nyx dio un paso hacia él sin darse cuenta.

—Porque me haces perder el equilibrio —dijo—. Porque cuestionas cosas que yo mantengo firmes para sobrevivir.

Las palabras salieron más crudas de lo que había previsto.

Más honestas.

Kael sostuvo su mirada. La cercanía volvió a instalarse, inevitable.

—No quiero desarmarte —dijo en voz baja.

—Entonces deja de hacerlo.

—No sé cómo.

El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. No había ironía, no había defensa. Solo una honestidad cruda que incomodaba a ambos.

Una verdad sin estrategia.

Nyx tragó saliva.

—Esto no puede pasar —dijo—. No así.

—¿Qué cosa?




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