Cláusulas del Odio

Después

Después no fue silencio.

Fue ruido interno.

Nyx Moreau lo descubrió apenas despertó, cuando el recuerdo del beso regresó sin pedir permiso, preciso y nítido, como si hubiera ocurrido segundos antes. No hubo confusión onírica ni bordes difusos. Recordaba el ascensor detenido, la cercanía impuesta, la forma urgente en que todo se había precipitado.

Recordaba haber cedido.

Se incorporó en la cama con un movimiento brusco, como si así pudiera sacudirse la sensación del cuerpo. El departamento estaba en silencio, ordenado, igual que siempre. Nada indicaba que algo hubiera cambiado.

Y, sin embargo, todo lo había hecho.

Nyx pasó una mano por su rostro y cerró los ojos un segundo. El beso no había sido tierno ni romántico. No había habido promesas ni palabras suaves. Eso, en teoría, debería haberlo hecho más fácil de olvidar.

No lo hacía.

Porque había sido honesto.
Y eso era lo más peligroso.

Se levantó y caminó hacia la cocina, preparándose café con movimientos automáticos. Intentó pensar en trabajo, pendientes, y tareas urgentes. Procuró convencerse de que aquello había sido solo una reacción a la tensión acumulada.

Un error, se dijo.

Uno que no volvería a repetirse.

Kael Valerian llevaba despierto desde antes del amanecer.

No había dormido. No porque el recuerdo del beso lo persiguiera con insistencia romántica, sino porque su mente no lograba encajarlo en ningún esquema conocido. Había repasado la escena una y otra vez, buscando un punto de quiebre donde pudiera decirse: aquí me equivoqué.

No lo encontraba.

Había sido impulsivo, sí;
inapropiado, también.

Pero no había sido falso.

Eso lo inquietaba más que cualquier error táctico.

Kael se sirvió un vaso de agua y se apoyó contra la encimera de la cocina. El departamento estaba impecable, como siempre. Cada objeto en su lugar, y toda superficie limpia. Nada reflejaba el desorden interno.

Había roto una regla.

No una contractual.
Una propia.
.
Y Kael no sabía cómo proceder cuando las reglas internas fallaban.

En la oficina, el día avanzó con una normalidad forzada.

Nyx llegó temprano, evitó el ascensor privado y tomó el general. No quería repetir el escenario, ni siquiera de forma simbólica. Cuando llegó a su escritorio, se sumergió en el trabajo con una intensidad casi agresiva.

Correos.
Informes.
Revisiones técnicas.

Todo lo que pudiera mantenerla ocupada.

Kael llegó unos minutos después. Cruzaron miradas a la distancia. No hubo saludo ni gesto alguno que delatara lo ocurrido. Cualquiera que los observara habría visto a dos profesionales concentrados en lo suyo.

Eso era lo que Nyx necesitaba.

Durante la primera reunión del día, Kael habló más de lo habitual. Marcó lineamientos, repartió tareas, tomó decisiones con una precisión casi quirúrgica. Nyx intervino solo cuando fue necesario. No buscó su mirada. Tampoco la evitó de forma evidente.

Ambos estaban jugando al mismo juego: negar sin mentir.

Pero la negación tiene un costo.

Nyx lo sintió cuando Kael corrigió una de sus propuestas con un tono más frío de lo necesario. No fue una humillación abierta, pero sí un gesto de distancia. Como si intentara reinstalar una jerarquía que había quedado comprometida.

Nyx apretó los labios, incómoda.

Así que esta es su forma de manejarlo, pensó.

Se limitó a asentir y continuar.

A media mañana, Kael pidió hablar con ella.

Nyx sintió una tensión inmediata en el pecho, pero no lo dejó ver. Entró a su despacho con la expresión controlada.

—¿Qué necesitas? —preguntó.

Kael cerró la puerta.

—Establecer algo —respondió.

Nyx cruzó los brazos.

—Adelante.

Kael respiró hondo.

—Lo de ayer no debe repetirse.

Nyx asintió de inmediato.

—De acuerdo.

La coincidencia la sorprendió a ambos.

—No fue… —empezó Kael, y se detuvo—. No fue profesional.

—No —coincidió Nyx—. Y no debería volver a pasar.

Kael la observó con atención.

—¿Estamos claros?

—Sí —respondió ella—. Clarísimos.

El silencio que siguió fue incómodo.

—Bien —dijo Kael finalmente—. Entonces seguimos como antes.

Nyx sostuvo su mirada.

—No existe “como antes”.

Kael frunció apenas el ceño.

—Existe si lo decidimos.

—No funciona así —replicó Nyx—. Algo se rompió.

Kael apretó la mandíbula.

—Algo se corrigió —corrigió él—. Lo que pasó fue una reacción. No define nada.

Nyx negó con la cabeza.

—Eso es negación.

Kael dio un paso atrás, molesto.

—Eso es control.

Nyx sostuvo su mirada unos segundos más.

—No me mires como si yo fuera el problema —dijo—. No lo soy.

—No dije eso.

—Pero lo estás actuando.

Kael exhaló despacio.

—Necesito que esto no interfiera con el proyecto.

—A mí también me importa —respondió ella—. Por eso estoy aquí.

El silencio volvió a instalarse. Ambos sabían que ese acuerdo verbal era frágil, casi ilusorio. Las reglas estaban enunciadas, pero ya no tenían el mismo peso.

—¿Algo más? —preguntó Nyx.

Kael dudó un segundo.

—No.

Nyx salió del despacho sin mirar atrás.

El resto del día transcurrió con una tensión subterránea constante.

Nyx notaba cómo Kael evitaba cualquier gesto que pudiera interpretarse como cercanía. No se inclinaba sobre su escritorio. Ni bajaba la voz al hablarle. Mantenía una distancia impecable, casi excesiva.

Aquello debería haberla tranquilizado.

No lo hacía.

Porque la distancia no borraba lo ocurrido. Solo lo hacía más presente.

Kael, por su parte, se sentía atrapado en una contradicción incómoda. Había decidido negar el impacto del beso, pero su cuerpo reaccionaba distinto cada vez que Nyx entraba en una sala. Al hablar ella, o cuando alguien más le prestaba atención.




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