Cláusulas del Odio

Después

Después no fue silencio.

Fue ruido interno.

Nyx Moreau lo descubrió apenas despertó, cuando el recuerdo del beso regresó sin pedir permiso, preciso y nítido, como si hubiera ocurrido segundos antes y no horas. No hubo confusión onírica ni bordes difusos propios del sueño. Recordaba el ascensor detenido, la cercanía impuesta por un espacio que no concedía salidas, la forma urgente en que todo se había precipitado antes de que ninguno de los dos pudiera decidir si estaba listo.

Recordaba haber cedido.

Se incorporó en la cama con un movimiento brusco, como si así pudiera sacudirse la sensación del cuerpo, que tenía esa memoria específica e inconveniente de las cosas que importan más de lo que uno está dispuesto a admitir. El departamento estaba en silencio, ordenado, igual que siempre. Nada indicaba que algo hubiera cambiado.

Y sin embargo, todo lo había hecho.

Nyx pasó una mano por su rostro y cerró los ojos un segundo. El beso no había sido tierno ni romántico. No había habido promesas ni palabras suaves ni ninguno de los elementos que hacen que algo así resulte más sencillo de procesar porque al menos puede ubicarse en una categoría conocida.

Eso, en teoría, debería haberlo hecho más fácil de olvidar.

No lo hacía.

Porque había sido honesto. Sin cálculo, sin estrategia, despejado de todas las capas que ambos usaban habitualmente para todo lo demás.

Y eso era lo más peligroso.

Se levantó y caminó hacia la cocina, preparando café con esos movimientos automáticos que el cuerpo ejecuta solo cuando la mente está demasiado ocupada en otra parte. Intentó pensar en trabajo, en pendientes, en el módulo final del proyecto que todavía necesitaba revisión. Procuró convencerse de que aquello había sido solo una reacción a la tensión acumulada durante semanas de convivencia forzada en un espacio sin las estructuras habituales.

Un error, se dijo.

Uno que no volvería a repetirse.

Lo dijo con la misma firmeza con que se dicen las cosas que uno necesita que sean verdad antes de estar seguro de que lo son.

El teléfono vibró sobre la mesada. Era Livia.

Nyx lo miró durante varios segundos antes de decidir no responder. No porque no quisiera hablar con su hermana sino porque Livia tenía ese instinto incómodo para hacer las preguntas correctas en el momento en que uno menos quiere responderlas, y esta mañana no tenía respuestas que fueran completamente honestas y completamente seguras al mismo tiempo.

Le envió un mensaje breve: Estoy bien. Hablamos esta noche.

Livia respondió con un signo de interrogación que decía más que cualquier palabra.

Nyx dejó el teléfono boca abajo y bebió el café de pie junto a la ventana.

Kael Valerian llevaba despierto desde antes del amanecer.

No había dormido. No porque el recuerdo del beso lo persiguiera con insistencia romántica, que habría sido un tipo de tormento más familiar y por eso más manejable, sino porque su mente no lograba encajarlo en ningún esquema conocido. Había repasado la escena una y otra vez con esa metodología que aplicaba a los problemas complejos, buscando el punto de quiebre donde pudiera decirse: aquí me equivoqué, aquí está la variable que no calculé, y desde ese punto empieza la corrección.

No lo encontraba.

Había sido impulsivo, sí. Inapropiado en el contexto de todo lo que los unía y los separaba al mismo tiempo. Pero no había sido falso. Y eso era lo que no encajaba en ninguna de las categorías que manejaba para clasificar sus propios errores.

Los errores falsos se corrigen. Los errores verdaderos se administran.

Y él todavía no sabía cuál de los dos era este.

Kael se sirvió un vaso de agua y se apoyó contra la encimera de la cocina, mirando el departamento impecable que no reflejaba nada de lo que ocurría adentro. Cada objeto en su lugar. Cada superficie limpia. La misma imagen de siempre, que esa mañana le resultaba casi irónica en su consistencia.

Había roto una regla.

No una contractual, que habría tenido una solución definida. Una propia, de las que no figuran en ningún documento pero que sostienen la estructura de todo lo demás.

Y Kael no sabía cómo proceder cuando las reglas internas fallaban, porque nunca había necesitado saberlo antes.

En la oficina, el día avanzó con una normalidad que era completamente forzada y que probablemente solo engañaba a quienes no tenían razones para mirar con atención.

Nyx llegó temprano, evitó el ascensor privado y tomó el general con esa decisión práctica y simbólica al mismo tiempo de no repetir el escenario ni siquiera en la forma. Cuando llegó a su escritorio, se sumergió en el trabajo con una intensidad que tenía algo de agresiva, del tipo que no busca resultados sino distancia de todo lo que no es la pantalla frente a los ojos.

Correos. Informes. Revisiones técnicas que no necesitaban revisión pero que le daban algo concreto donde poner la atención.

Kael llegó unos minutos después.

Sus miradas se cruzaron a la distancia con esa brevedad de quien ha decidido que el contacto visual prolongado es un riesgo que no puede permitirse esa mañana. No hubo saludo ni gesto que delatara nada a quien no estuviera buscando señales específicas.

Cualquiera que los observara habría visto a dos profesionales concentrados en lo suyo.

Era exactamente lo que Nyx necesitaba que pareciera.

Durante la primera reunión del día, Kael habló más de lo habitual. Marcó lineamientos, distribuyó tareas, tomó decisiones con una precisión casi quirúrgica que Nyx reconoció como su forma de reinstalar el control cuando algo lo había desestabilizado. Ella intervino solo cuando fue necesario, con la misma eficiencia de siempre pero con una contención adicional que costaba más de lo que mostraba.

No buscó su mirada. Tampoco la evitó de forma tan evidente que pudiera notarse.

Ambos estaban jugando al mismo juego: negar sin mentir. Que era, como Nyx sabía bien, la forma más agotadora de cualquier estrategia porque requería una atención constante que no puede sostenerse indefinidamente.




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