Cláusulas del Odio

Nyx elige no huir

Nyx Moreau siempre había sabido irse.

No como un impulso adolescente ni como un gesto dramático, sino como una decisión precisa. Cuando algo dejaba de ser habitable, cuando el costo superaba el sentido, ella recogía lo necesario y se marchaba. Sin portazos. Sin promesas falsas. Sin quedarse a explicar lo que ya no quería justificar.

Huir, para Nyx, nunca había sido cobardía.

Había sido supervivencia.

Por eso, cuando dejó el edificio por última vez con una caja pequeña bajo el brazo, nadie habría dicho que esa vez era diferente. Su postura era firme. Su expresión, serena. No miró atrás. No buscó despedidas innecesarias. Nadie la detuvo. Nadie lo intentó.

Pero por dentro, algo se estaba quedando.

No era Kael.
No era el proyecto.
Era la herida.

Esa que había intentado cerrar demasiado rápido otras veces. Esa que había aprendido a tapar con movimiento constante, con cambios, con nuevos escenarios donde nadie conociera su historia completa. Esa que siempre viajaba con ella, aunque cambiara de ciudad o de idioma.

Nyx llegó a su departamento y dejó la caja sobre la mesa. No la abrió. No tenía apuro. El espacio estaba en silencio, iluminado por la luz suave de la tarde. Cerró la puerta con cuidado, como si no quisiera hacer ruido ni siquiera para sí misma.

Se sentó en el sofá y apoyó los pies en el suelo, sintiendo el peso de su cuerpo como si necesitara recordarse que estaba ahí. Respiró hondo. El silencio no era incómodo, pero tampoco era amable. Era honesto.

Había recibido dos ofertas más esa semana.

Una en otra ciudad.
Otra en otro país.

Ambas limpias. Ambas prometedoras. Ambas con algo en común: la posibilidad de empezar de cero sin mirar atrás, sin dar explicaciones, sin volver a tocar lo que dolía.

La Nyx de antes ya habría aceptado.

La Nyx de antes ya estaría buscando departamentos nuevos, investigando barrios, diseñando rutinas alternativas para no pensar demasiado.

La Nyx de ahora… dudaba.

No por miedo al cambio, sino por cansancio de repetir el mismo patrón: irse antes de mirar de frente lo que dolía. Huir antes de preguntarse qué quedaba cuando no escapaba.

Cerró los ojos y dejó que el recuerdo volviera, sin resistirse.

La primera caída.

El proyecto cancelado sin aviso previo.

Las miradas que evitaron las suyas en los pasillos.

El silencio posterior, más cruel que cualquier explicación.

Y luego Kael.

El hombre que representaba todo lo que había aprendido a odiar… y que, aun así, había logrado atravesar sus defensas. No por promesas ni gestos grandilocuentes, sino por algo más peligroso: reconocimiento. La había visto trabajar. La había escuchado. La había tomado en serio.

Eso era lo que dolía de verdad.

No la traición en sí.

Sino haber sido vista… y luego descartada.

Nyx apoyó una mano sobre el pecho. La respiración se le volvió más lenta, más consciente. No quería huir de esa sensación. Por primera vez, no quería anestesiarla con movimiento.

—Si corro otra vez —murmuró—, me corro de mí.

La frase se quedó flotando en la habitación. No sonó heroica. Sonó cansada. Y sincera.

Nyx se levantó y caminó hasta la ventana. Abajo, la ciudad seguía viva, indiferente. Personas que llegaban, que se iban, que no sabían nada de su historia. Esa anonimidad siempre había sido su refugio.

Hoy no lo era.
Hoy se sentía vacía.

Y no en el sentido devastador, sino en uno inquietante: como un espacio que pedía ser habitado, no abandonado. Como una habitación recién despejada que todavía no sabía qué iba a contener.

Nyx tomó el teléfono y abrió el correo con las ofertas. Las leyó una vez más, despacio. Subrayó mentalmente las ventajas. Los comienzos posibles. Las salidas limpias.

Luego cerró la aplicación sin responder.

No era un rechazo.
Era una pausa.
Al día siguiente, hizo algo que llevaba años evitando.

Pidió una reunión.

No con Kael.
No con la junta.

Con una terapeuta que le habían recomendado tiempo atrás y a la que nunca había llamado porque “no era el momento”.

Ahora lo era.

Se sentó frente a una mujer de voz tranquila y mirada atenta, en un consultorio sin pretensiones. No habló de inmediato. Le costó encontrar por dónde empezar cuando no había una crisis externa que la obligara.

—Siempre que algo se rompe —dijo finalmente—, me voy.

La mujer asintió, sin interrumpir, dejándole espacio.

—Y esta vez no quiero hacerlo —continuó Nyx—. Pero no sé quedarme sin sentir que pierdo.

El silencio fue contenido, respetuoso. No había urgencia por llenar los espacios.

—¿Qué crees que perderías si te quedaras? —preguntó la terapeuta.

Nyx tardó en responder. Miró sus manos. Las apretó y soltó.

—La imagen de mí que me salvó —dijo al fin—. La que no se detiene. La que no se quiebra. La que siempre sigue adelante.

—¿Y qué ganas al sostener esa imagen? —preguntó la mujer.

Nyx tragó saliva.

—No sentirme vulnerable.

La palabra cayó con peso.

Vulnerable.

Eso era lo que había evitado toda su vida. No el amor. No el conflicto. La vulnerabilidad de necesitar algo que no podía controlar. De quedarse cuando no había garantías.

Nyx salió de la sesión con una sensación extraña: no alivio, sino honestidad. Como si hubiera movido una pieza interna que llevaba demasiado tiempo fija.

Esa tarde, caminó sin rumbo por la ciudad. No buscaba distraerse. Buscaba sentir el cuerpo en movimiento sin que fuera una huida.

Se sentó en un banco del parque y observó a una niña intentar andar en bicicleta sin ruedas de apoyo. Cayó dos veces. Se levantó dos veces. Volvió a intentarlo con una terquedad admirable. El padre la miraba sin intervenir.

Nyx sonrió apenas.

No había drama.
No había épica.
Solo insistencia.

Y eso también era valentía.
Durante días, Nyx se permitió algo nuevo: quedarse quieta.




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