Las tormentas de otoño en el sur de California rara vez avisan. Se forman sobre el Pacíf i co como un frente de presión baja y embisten la costa con una furia repentina que desborda las alcantarillas, paraliza el tráf i co y deja a oscuras a distritos enteros en cuestión de minutos.
A las ocho de la noche, los cristales del piso superior de CalMetro retumbaban por la fuerza del viento. Rayos intermitentes iluminaban la silueta del horizonte de Los Ángeles, convirtiendo el cielo en un lienzo de luz violeta y sombrías nubes bajas.
En la planta de urgencias, el ruido de la tormenta se mezclaba con el bullicio habitual. La red eléctrica del condado ya registraba fl uctuaciones. Las luces del techo del pasillo central parpadearon dos veces antes de estabilizarse con un zumbido seco.
—Odio las tormentas —comentó Ethan Carter, apoyado contra la barra de la central de enfermería mientras jugaba con el lapicero táctil de su iPad—. El transformador de la red pública siempre falla en la zona oeste. Si esto empeora, los generadores secundarios tendrán que asumir todo el edif i cio.
—Los generadores del bloque B tienen mantenimiento pendiente desde marzo —dijo Daniel Foster sin levantar la vista de su pantalla portátil, donde analizaba los registros cinéticos de los ventiladores mecánicos del hospital—. Si el sistema conmuta a energía de emergencia sin balanceo de carga, hay un noventa y cuatro por ciento de probabilidad de que los quirófanos sufran un microcorte de tres a cinco segundos.
—Eres sumamente reconfortante, Foster —ironizó Ethan—. La próxima vez que tenga miedo, te pediré un cálculo de probabilidades para calmarme.
Antes de que Daniel pudiera responder, la pantalla del monitor central de urgencias parpadeó violentamente. Un chasquido atronador retumbó en las entrañas del edif i cio, seguido de una vibración pesada que hizo oscilar las lámparas del techo.
Luego, la penumbra absoluta cayó sobre el hospital.
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En ese preciso segundo, el ascensor de servicio número tres bajaba del quinto al segundo piso.
El crujido metálico del freno de emergencia resonó con un alarido seco en el pozo del elevador. La cabina dio un sacudón violento que lanzó a Grace Mitchell contra la pared de acero inoxidable y a Noah Parker contra el borde de la camilla móvil que transportaban.
El aire en el cubículo cerrado pareció densif i carse de inmediato. T oda la iluminación desapareció, dejando solo la luz tenue de un pequeño indicador LED verde de la bomba de infusión del paciente.
—¿Estás bien, Grace? —la voz de Noah atravesó la oscuridad, fi rme y cercana.
—Sí... solo un golpe en el hombro —respondió Grace, recuperando el equilibrio y buscando a tientas en el bolsillo de su fi lipina hasta encender la pequeña linterna de diagnóstico de su estetoscopio.
El haz de luz blanca iluminó el espacio reducido de dos metros por dos. En la camilla, el Sr. Gutiérrez, un hombre de sesenta y cuatro años que trasladaban desde la UCI hacia el quirófano por una aneurisma femoral en riesgo de ruptura, empezó a hiperventilar, agitando las manos con pánico.
—¡Me ahogo! ¡¿Qué pasa?! ¡Nos vamos a caer! —exclamó el hombre, con el monitor respiratorio emitiendo una alarma de tono grave.
—Tranquilo, Sr. Gutiérrez. Los frenos magnéticos están activados. No nos vamos a caer —dijo Noah, colocándose inmediatamente al lado de la cabecera y tomando la mano del paciente con fi rmeza—. Estoy con usted. Soy el doctor Parker. Mire mi luz, respire despacio.
Grace se acercó al panel de control e intentó presionar el botón de interfonía de emergencia. No había tono. El sistema de energía auxiliar de la cabina no estaba respondiendo.
—El panel principal se desconectó —dijo Grace, evaluando el pulso del paciente—. Su saturación de oxígeno está cayendo a 82%. La bomba de infusión de sedantes se apagó cuando se cortó la luz.
—T enemos que ventilarlo manualmente —dijo Noah, alcanzando la bolsa de reanimación con mascarilla (Ambu) colgada en el lateral de la camilla—. Grace, mantén la vía aérea recta. Yo daré las insuf l aciones.
Grace se colocó detrás de la cabeza del paciente. Sus manos se encontraron con las de Noah en la penumbra al ajustar la posición de la cabeza. La piel de Noah estaba tibia; la de ella, fría por la adrenalina. Por un instante, la cercanía física en aquel espacio claustrofóbico fue sofocante.
—A la de tres —dijo Grace, fi jando los ojos en el rostro de Noah iluminado lateralmente por la pequeña luz de su linterna.
—Uno, dos... tres —insufló Noah, ajustando el ritmo con la calma de un metrónomo.
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En el Quirófano Dos, la luz roja de emergencia de las paredes se encendió tres segundos después del apagón, bañando la sala con un resplandor fantasmal.
Ethan Carter estaba a mitad de una ligadura de la arteria radial en un paciente joven que había sufrido un corte profundo con cristal. La lámpara cialítica principal estaba apagada; solo una pequeña luz halógena de respaldo proyectaba un haz estrecho sobre el campo quirúrgico.
De pronto, un chorro de sangre roja brillante brotó del campo quirúrgico, salpicando el frente de la bata de Ethan.
—¡Maldición! ¡Se soltó el clamper! —gritó Ethan, retrocediendo un paso impulsivamente. Sus manos enguantadas empezaron a temblar—. ¡No veo nada! ¡Tráiganme más luz! ¡No veo el vaso!
—¡Carter, mantén la presión! —gritó la Dra. Dakota Peyton desde el otro lado de la mesa, intentando ajustar el aspirador manual—. ¡Si no presionas la arteria, el paciente se desangra en cuarenta segundos!
Ethan extendió la mano, pero la falta de visibilidad y el pánico del momento lo paralizaron. Las arterias y los nervios del antebrazo parecían una masa confusa bajo la penumbra roja.
—A la izquierda de la pinza de Halstead, tres milímetros en profundidad —una voz tranquila y fría sonó a su lado.
Daniel Foster se posicionó junto a Ethan. Llevaba dos linternas frontales que había conseguido en el carro de paro de enfermería y le colocó una en la cabeza a Ethan antes de encender la suya. Un haz de luz clara y blanca iluminó el área exacta del sangrado.