El contacto entre los guantes de encaje blanco de Victoria y la piel firme de Elisa se rompió con la misma sequedad con la que había comenzado. Elisa soltó la mano de la recién casada con un desdén calculado, dejando que el eco del silencio volviera a tragarse la nave central de la catedral. No hubo despedidas cordiales, ni falsas sonrisas de cortesía; solo el reconocimiento mutuo de dos fuerzas colisionando en un mismo tablero.
Con el pequeño Luis Kenner bien sujeto contra su pecho, Elisa giró ligeramente el cuerpo, pero antes de dar el primer paso hacia las grandes puertas de roble, detuvo su andar. Sus ojos dorados se clavaron directamente en los de Liam, atravesando la distancia con la precisión de un disparo a quemarropa. Su voz, baja pero dotada de una autoridad absoluta que hizo eco en las altas bóvedas, quebró la tensión acumulada:
—No te hagas ilusiones, Liam —advirtió Elisa, con una calma helada que dejó sin aliento a Victoria a su lado—. Esto no ha terminado aquí. Disfruta de tu noche de bodas y juega a las casitas con la heredera de los Vance bajo la luz del día. Pero que te quede muy claro: en un par de días, cuando empaque lo necesario, me mudaré al lugar donde vivas. Ya te encontré, y no pienso volver a perderte la pista.
Liam sintió que un músculo se le tensaba en la mandíbula. Quiso hablar, pero las palabras se le quedaron atrapadas en la garganta ante el peso de lo que venía a continuación.
—Y hay algo más —continuó Elisa, ajustando al niño contra su hombro mientras el pequeño lanzaba una mirada fugaz y penetrante a su padre—. No vine solo a reclamar presencia. En un par de días, cuando nos instalemos bajo tu mismo techo, vas a poner tu firma en el documento oficial. Necesito que reconozcas legalmente a nuestro hijo con su nombre completo: Luis Kenner Campbell Amsterdam. El verdadero nombre que debió llevar desde el mismo instante en que nació, el que le pertenece por sangre y por historia, y el que tú mismo vas a avalar ante los registros de este inframundo.
Sin esperar respuesta, sin permitir que Victoria abriera la boca para lanzar otro grito de furia contenida, Elisa dio media vuelta. Sus tacones resonaron con un golpeteo firme y altivo sobre el mármol antiguo, alejándose por el pasillo central de la catedral con la elegancia implacable de quien ya ha dictado su sentencia.
Las grandes puertas de roble se abrieron ante su paso y volvieron a cerrarse con un estruendo sordo, dejando a Liam y a Victoria solos en el altar. El asesino y la reina de la alta sociedad quedaron atrapados en el centro de un imperio que acababa de nacer, sabiendo que la verdadera guerra apenas comenzaba a tocar a su puerta.
El pesado eco de los pasos de Elisa se desvaneció al otro lado de las puertas de roble, y el silencio absoluto volvió a caer sobre la catedral. Pero duró apenas un segundo.
La máscara de fría elegancia y cálculo que Victoria había mantenido con tanta fuerza frente a su rival se hizo añicos de golpe. El aire atrapado en su pecho salió en un grito ahogado y desgarrador de rabia impotente. Con un movimiento violento, arrojó los restos marchitos de su ramo de flores contra el suelo de mármol, donde los pétalos blancos se esparcieron como una mancha patética.
Giró sobre sus tacones de aguja, con los ojos inyectados en lágrimas de furia pura, y se abalanzó sobre Liam, agarrándolo de las solapas del traje con una fuerza desesperada. Sus nudillos temblaban y su respiración era un fuego abrasador.
—¡¿Cómo te atreves, Liam?! —estalló Victoria, con la voz quebrada por el llanto retenido y el veneno de la traición—. ¡¿Cómo puedes permitir que esa maldita se plante aquí a dictar órdenes en nuestra propia boda?!
Las lágrimas, que había estado conteniendo bajo la mirada de la alta sociedad y el desprecio de Elisa, finalmente rompieron el dique. Se apretó contra el pecho de Liam, no por amor en ese instante, sino por la angustia asfixiante de saberse burlada en el día que debía coronarla.
—Hace apenas dos noches... —sollozó Victoria, con la voz ahogada contra la tela de su esposo, mientras el dolor de su entrega la consumía por dentro—. Hace dos malditas noches, en la oscuridad de mi suite, te entregué mi virginidad. Te di mi cuerpo, te abrí mi alma y te entregué mi corazón entero antes de esta boda, creyendo que éramos tú y yo contra el mundo, creyendo que yo era la única mujer en tu vida.
Alzó el rostro hacia él, con el maquillaje corrido y la mirada desquiciada por el orgullo herido, apretando los dientes con furia ciega.
—Y ahora me dices que esa mujer y su bastardo van a mudarse bajo nuestro techo... ¿Qué soy yo para ti, Liam? ¿Un simple trofeo de papel para adornar tus rascacielos mientras mantienes a tu verdadera familia en las sombras? ¡Te entregué todo, y me estás destruyendo en nuestro propio altar!
El grito de Victoria se apagó en un sollozo ahogado contra la tela de su costoso traje de novio. Sus manos seguían aferradas a las solapas de Liam con una fuerza desesperada, buscando en los ojos del hombre al que le había entregado todo —su cuerpo, su inocencia y su corazón apenas dos noches atrás— una respuesta que sanara la fractura de su orgullo y de su alma.
Liam sintió el peso de sus propias palabras y la carga invisible de la doble vida que ahora estaba obligado a sostener. A diferencia de las máquinas de matar moldeadas en la Mansión, el dolor de Victoria era real, crudo y ensordecedor.
Con una lentitud calculada, levantó las manos y sujetó con firmeza los temblorosos antebrazos de su esposa. Sus dedos se clavaron suavemente en la tela de encaje, obligándola a mirarlo de frente, obligándola a sostener el peso de su mirada oscura y severa.
—Mírame, Victoria —le exigió Liam, con voz baja, ronca, pero dotada de una convicción absoluta que cortó el aire de la catedral.
Ella parpadeó, con los ojos anegados en lágrimas de rabia y desolación, intentando apartar la vista. Pero Liam no se lo permitió.