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Miko

¿Que tanto cuesta tener algo de decencia? Vino por nuestro hijo pero no fue ni capaz de verme a la cara, a estás alturas sospecho que ya sabe la verdad.

Que nunca le menti.

Las palabras de mi abuela se asoman por mis recuerdos, aquellas que me dijo antes de morir y que fueron uno de los pilares para mantenerme en pie y seguir:

Tu lo elegiste incluso cuando dudabas de el. Y el te solto por dudar de ti. No sabe lo que perdio pero tú sí sabes lo que vales.

Al inicio me dolían, no se puede dejar de amar de la noche a la mañana, más si es alguien que te mostró lo que no hubieras podido por tu cuenta.

Pero ahora las entiendo mejor, no debo ser como el, yo si debo tener decencia y dignidad, conocer el valor que tengo y lo que represento en la vida de otros y en la mía propia.

La posibilidad de reconstruir una relación, de llenar los vacíos del pasado con nuevas memorias me llena de alegría desbordante.

Tengo algo de miedo a no estar a la altura, a que mi hijo pueda rechazarme después del reencuentro, a que el vínculo no sea como lo imagine.

No te pienses así, ni tú ni ellos tiene culpa de tener a alguien así en sus vidas, tu y ellos necesitan sanar juntos.

Al ver cuánto ha crecido mi hijo, lo suficiente como para tomar una decisión tan valiente por sí mismo como lo es venir a buscarme, me deja en claro que no todo está perdido.

Cada palabra que él dice es como una hebra que podría tejer un puente entre nosotros…o romperlo. Escucho con atención, midiendo mis respuestas, temiendo decir demasiado o muy poco y que el no se sienta cómodo.

Con el corazón en la garganta, aunque sonrío, por dentro late una ansiedad silenciosa que es tortuosa.

¿Me está perdonando? ¿Me está probando? ¿Puedo abrazarlo o debo esperar?

Siento la nostalgia contenida en cada gesto que hace, me recuerda al niño que fue, pero no quiero invadir con recuerdos que quizás él no quiera revivir o no pueda.

¿Cómo trato de no ser invasiva?

— Gracias por...haberme elegido.—Digo cerrando la puerta tras nosotros.

— De nada, supongo.—Responde algo aturdido con lágrimas en los ojos.

No sé que le dijo a su padre, ni que le dijo este a el, pero se lo que sea debió dolerle a ambos para que Máximo lo dejara quedarse así sin más.

Ahora los papeles se han invertido.

¿Está bien ser egoísta por una vez y mantener a mi hijo conmigo? Si, yo lo merezco, ya no estoy para llorar por hombres inservibles ni por palabras vacías. Soy una madre, una que a pesar de estar rota y herida, debe luchar contra el pasado por su familia.

Soy una madre que ha despertado, que ha visto el daño y ha decidido que ya no será víctima, pero tampoco permitirá que su rabia se derrame sobre lo que más ama.

No me veo a mí misma como una víctima ni como una mártir, deje de serlo desde el momento que ví la mentira en mi vida.

Me veo como una arquitecta de mi propio destino.

Una que hará lo que este en sus manos por su familia, aún eso involucre abrir heridas del pasado.

— Mamá, ¿podrías hacerme un favor?—Pregunta lejado.

Asiento con la cabeza.

— ¿Podría quedarme contigo hasta mañana?—se le ilumina los ojos al hablar.

Los latidos de mi corazón retumba en mis oidos, siento como la ternura y el deber responden en mi lugar.

Estoy a punto de decir que si cuando recuerdo algo, Máximo es quien tiene la custodia total de ellos, si Mike se queda más tiempo conmigo de lo debido sin autorización de su padre, yo podría meterme en problemas.

Una denuncia es lo que menos necesito en los tribunales.

— ¿Se lo preguntaste a el?—Manfiesto desconcertada.

El ya se fue, no veo su auto estacionado frente a mi casa y se fue sin su hijo, ¿el debio haberle dicho algo, no? Si, creo que lo hizo.

— Si, se lo pedí, no te preocupes por eso, mamá.—Me sonríe con desgana.

No necesito preguntarle ni pedirle abrazarlo, solo lo hago por qué es algo que ambos necesitamos, Mike no se aparta de mi. Me aprieta más que yo a el y esconde el rostro entre mi cuello.

— Gracias.—Murmura algo afónico.

Ambos escuchamos pasos provinentes de las escaleras de madera que rechinan. Alzo la mirada y un par de ojos azules se nos quedan viendo sin entender. Jenna se queda en los escalones apoyada del barandal haciendo un a o con la boca.

— Haber haber, ¿si eres hijo de mi tía?—Le pregunta a Mike sin poder creerlo.

El se da la vuelta, se encoge de hombros y después de respirar aún con voz entrecortada responde:

— Si, ella es mi mamá.—Afirma.

La satisfacción de oir esas palabras, y la fuerza que me dan me hace gimotear un poco, después de tantos pensamientos negativos oir eso es un consuelo enorme para mí corazón.

El me pregunta con la mirada para despejarse de dudas.




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