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Miko

Lo hicimos, en tan solo un par de días—y tiempo cabal— he podido mover engranajes para que este reloj funcione como debería. El salón es bellísimo, las flores colgadas en los pilares se esparcen por todo el techo.

El aroma transmite dulcura y serenidad para los que viene a darse un escapon de tanto lío en papeles.

Las luces de hada escondidas entre las cortinas blancas parecen sacadas de un fuerte de los sueños—como los hacen los niños que temen a la oscuridad—, los finos cristales que cuelgan del techo generan un efecto de lágrimas alrededor del candelabro.

Parece un salón transformado en un universo paralelo: las telas que cuelgan del techo recuerdan a olas suaves que se congelaron en el aire, como si el mar hubiera decidido instalarse bajo dicho candelabro.

Las luces púrpura y rosa bañan todo con un aire de discoteca elegante, pero con la solemnidad de una boda.

Los arreglos florales alineados en el pasillo—que conseguí gracias a una vieja conocida—, se sienten como guardianes coloridos, casi como si fueran espectadores expectantes en un desfile.

La recepción en cambio, es más íntima: un pasillo que parece un túnel de luces, como esos que uno atraviesa en ferias o carnavales, pero elevado a un nivel de sofisticación.

Las columnas envueltas en telas y luces recuerdan a bastones de caramelo luminosos, y el techo con capas de tela da la sensación de caminar bajo un cielo improvisado, hecho de fiesta y fantasía.

En conjunto, una se siente como entrar a un palacio de cuento, y la otra como atravesar un portal mágico que prepara el ánimo para lo que viene después.

La magia del liderazgo.

— Esto es delirante—musita Denia con la boca abierta de la impresión que se ha llevado—, ¿de verdad lo hicimos en tres días? —pregunta incrédula.

— Con trabajo en equipo y un plan se hizo—le contesto admirando todo desde la escalera donde estoy apoyada en el barandal.

—Eres una caja de sorpresas, Miko—me dice entre risas nerviosas—, cuando creo haber visto todo lo que eras capaz me das una impresión mejorada y decidida a hacerlo mejor, te admiro tanto por eso.

Ella admira está versión que no vuelve a caer por otros, si hubiese conocido a la anterior; cambiaría de parecer en un tris.

¿Otra vez odiandome, conciencia?

No te odio, solo estoy aquí para recordarte, que, solo has madurado, por qué lo que fuiste lo sigues siendo, solo has aprendido a llevarlo contigo y usarlo a tu favor.

Estoy loca.

— ¿Me escuchaste?—Denia cuestiona.

— ¿Eeh?—es lo único que logro pronunciar.

— Tenemos que recoger tu vestido en la boutique—recuerda agitandome por los hombros—, ¡estoy segura que te verás de infarto!

¡Maldita sea! ¡Me olvidé de eso!

— ¿A qué hora es?— resuello paniqueada por el sentimiento de que me olvidó de algo.

— Hoy a las tres—me confirma mi asistente quien también parece darse cuenta de lo que olvidamos.

— ¡Tengo que ir por mis sobrinos!—paso una mano por mi frente de manera dramática por qué con tanto quehacer en la cabeza había olvidado que tenía que ir por ellos a la guardería.

Le dije a Mai: contratemos una niñera que este disponible los fines de semana cuando las dos estemos trabajando, pero me salió con que no habia que confiarle el hogar a desconocidos por qué no sabíamos que pasaría o que les haría a los niños.

Nuestra casa tiene camaras de seguridad por cada rincón, está en una zona vigilada 24/7 y cuenta con una comisaría y servicios de salud cercanos; a mi hermana le gusta complicarse la vida tanto como a mi.

Tengo que pasar por mis sobrinos, ir por mi ropa y la de ellos. Estando en casa debo arreglarme el cabello y retirarme el maquillaje, así llegó temprano al evento para poder saludar a cada invitado.

Termino algo y empiezo con otro proyecto.

Así es como hago mi ganancia.

— ¡¿No puedes ir más lento, caracol?!—bramo apretando el volante entre mis manos que sudan.

Yo y mi memoria de virus.

Si algo saldrá mal, saldrá mal, pero no puede tan temprano con un tráfico a unas horas del evento más importante en la historia de mi marca. Para terminarla de fregar, pongo los pies en el asfalto del estacionamiento y ¡Pum! Mi rostro besa el suelo.

Tacón partido.

— ¡¿Por qué me odias, universo?!—alego señalando hacia arriba con ganas de llorar de lo vergonzoso e importuno que es que esto me pase ahorita.

Antes muerta que sencilla.

Mujer preparada vale por dos, pero este no es mi auto y mi kit esencial en caso de una emergencia de moda así está alli, así que toca improvisar.

— Perdóname mí amor—le digo con pesar a mi otro tacón bueno antes de tronarlo contra la grada para emparejarlo.

Así se resuelve.

Empujó hacia dentro la puerta de guardería; me enderezó y hago mi caminata habitual sintiéndome unos seis centímetros más baja de lo común, mientras lo indispensable para otros es la cafeína, delineador o sudaderas, lo indispensable para mí son mis tacones.




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