Maximo
No estoy en mis mejores días, todo lo que he estado atravesando me ha quitado poco a poco la sonrisa o ganas de vivir. He pasado de querer destruirle la vida de manera voluntaria a la mujer que amo, a, afrontar las consecuencias de mis actos injustos cometidos.
Horas de reflexión en solitario y el razonamiento de alguien que poco a poco se fue desgastando, me han hecho comprender que, en efecto, mi madre solo era buena manipulando con palabras y jamás sugirio nada de lo que hize, actúe por cuenta propia.
Y ahora lo estas pagando.
— Date prisa, papi—me apura mi hija inrrumpiendo en mi habitación con paso acelerado.
— Ya voy Me...
Me quedo estupefacto al ver lo bonita que se ve, para mi ella hace poco balbuceaba y gateaba hacia mis brazos y ahora mi pequeña cachorrita ha crecido para mandarme a mi, el tiempo pasa volando que, en, un abrir y cerrar de ojos todo cambia.
— ¿Te gusta, papá?—da una vuelta modelando el vestido—. Mis hermanos dicen que esta bonito.
— El vestido lo es—aclaro—, pero lo que lo hace ver hermoso es quien lo usa.
Merary se lanza a darme un abrazo y decirme lo mucho que me quiere, deseo poder sentirme tranquilo aun sabiendo a quien vamos a ver esta noche. No quiero alejarnos a ambos, espero que, Miko y Mera puedan conectar igual o mas fuerte que lo hizo ella con Mike.
Esa es mi esperanza para acercarme mas a ella, conozco lo riesgoso que puede ser para la salud mental de mis cachorros, pero confio en que no saldran traumados de por vida como yo. Confio en eso por que, hasta estas alturas, Mike no ha presentado problemas...
Al contrario, podria decir que lo veo mas sonriente y optimista que antes, casi que pareciera enamorado o eso es lo que dice Mera—cuyos hermanos la ven como la mas metiche— por como actua y se desenvuelve alegremente.
— Vamonos ya, papi, vamonos—me apresura jalando de mi brazo.
— Guarda la emocion para alla, hija—pido andinamente—, todavia no me he ni terminado de alistar yo.
— Tienes cinco minutos, papá—gruño mi niña.
— ¿Y desde cuando me mandas tu a mi?—señalo con desconcierto en saber cuando se intercambiaron los roles.
— Desde que mostraste signos de incomptenecia, papá—afirma segura de si—. Recuerda que los borrachos y los niños no mienten.
Tenia que ser nuestra sangre.
Regreso mi mirada al espejo que me ofrece una imagen que todavia me cuesta aceptar; tengo treinta y dos años y aunque dicho numero suene redondo, en mi reflejo se encuentran matices que antes no estaban. Paso la mano por la superficie fria del mueble de madera donde suelo dejar papeles y algunos objetos personales.
Me acerco, casi rozando el cristal con la frente, y examino los detalles. Las lineas finas que se insinuan en la comisura de los ojos, las sombras narcadas en mis mejillas, la edad se me adelanta con cada mirada de odia que ella me lanza, debo reunir fuerzas para poder entrar ahi sin arruinarle la noche a mi hija, hasta mi cabello—que antes se rebelaba con fuerza—, ahora lo hace con una docilidad que me resulta denigrante.
Recuerdo mi rostro en los veintes. La energia parecia brotar de cada gesto y mirarme al espejo era un tramite rapido, hoy en cambio, me detengo a analizar lo que el karma me hace.
Me ajusto la corbata con movimientos lentos, el nudo no queda perfecto a la primera y eso me irrita. Tiempo antes de todo lo ocurrido, Miko era quien me lo hacia. Cada mañana, antes de salir al trabajo ella lo hacia sin que yo se lo pidiera, se volvio parte de nuestra rutina y parecido a un ritual para ambos.
Debia poner mucho autocontrol de mi parte para no llegar tarde por tener un pequeño rato de pasion con ella. Ella podia tener una noche pesada y aun asi se veia hermosa.
Por que ELLA ES hermosa.
— ¡Papá!—escucho a mi hija gritar desde las escaleras.
Ya viene mi pequeña tirana.
— Ya voy—anuncio pasando los dedos de nuevo por el cabello.
Quien diria que asistiria a un evento de maquillaje, que, en la vida he utilizado, por capricho de mi unica hija.
Salgo de mi recamara siguiendo las risas de mi hija y los gritos de sus hermanos—en especial de Mikey— que resuenan por cada rincon de esta enorme casa en la cual se podria perder facilmente a alguien.
— Mike esta enamorado, lero, lero—canturrea mi hija que pareciera estar brincando.
— ¡No es cierto!—niega rotundamente el aludido.
— Mikey esta sonrojado—se burla Maxwell sentado en uno de los sillones cerca de una estanteria.
— ¡PAPÁ, DILE ALGO A TUS HIJOS!—me ordena el, cuyo rostro brilla de un rojo tomate y sus cahetes estan inflados.
— Dejen a su hermano, los dos—intervengo con voz firme poniendoles un alto.
— Lloron—le dice su hermano mayor—, papá, tu siempre estas de su lado.
— A los tres los quiero por igual—declaro—. Y no se por que dices eso, Maxi.
— Si yo me hiciera pasar por Mike, ¿lo notarias?—me pregunta con desafio.