Como todo buen caballero, Carson no espera a que nos veamos en el café que acordamos para hacer la tarea.
Insistió en que, como es una cita, él debía pasar por mí a la puerta de mi casa, y justo ahora está saludando en la entrada a mi mamá mientras yo espero bajo el sol a que terminen su plática amable.
Aunque la sonrisa en la cara de Elene es genuina, noto cierta incomodidad en ella que me hace apartar los ojos de inmediato, sólo para regresarlos de nuevo. Esta vez me enfoco en Carson, quien me mira de regreso ya listo para que avancemos hacia su auto.
—¿Entonces te cae bien mi mamá? —Le pregunto mientras caminamos hombro con hombro por la banqueta
—Me cae mejor que tú —me saca la lengua justo antes de abrirme la puerta del copiloto.
—Mi mamá es muy amigable, le daré eso.
Se queda un segundo con el brazo sobre el borde de la puerta, mirándome.
—Y tú eres muy adorable —dice bajito y cierra la puerta de inmediato.
Puedo notar que él solito se dio cringe, pero me saca una vez más la sonrisa boba el que se lo haya aguantado y haya dicho esas palabras conmigo.
Para mí.
Yo aún no conozco a su familia.
Ese pensamiento me acelera la respiración y siento a mis dedos retorcerse en mi regazo. Él también lo nota cuando se sube al carro y aunque sonríe, no dice nada.
Estoy segura que cree que este gesto mío es por otra cosa.
Si fuera momento de conocer a sus papás, supongo que él ya habría dicho algo.
Inhalo todo el aire que puedo y lo suelto lentamente, sintiendo cómo mis dedos se relajan en el proceso.
Llegamos a esa bonita mezcla de tienda de conveniencia con café que tiene una sala con internet.
Aunque es temprano, hay extranjeros merodeando los dos pasillos de repisas y me entra la urgencia por apartar ambos sillones en la sala de trabajo antes de que alguien nos los gane.
No sé qué se supone que debemos hacer, de repente no me siento con demasiadas energías, así que dejo que Carson sea quien guíe la conversación, tanto académica como personal.
Lo cuál no es muy productivo en el lado académico, porque quien sabe más de los dos sobre el tema soy yo.
Y en el lado personal… Bueno, los dos estamos intentando de verdad avanzar con la tarea.
—¿Estás bien?
—Sí —digo con aburrimiento—. Es solo que no me emociona mucho estar aquí.
Carson baja la mirada hacia su propia bebida completamente serio y de repente caigo en la cuenta de lo que acabo de decir.
—Me refiero a la tarea —agrego de inmediato—. De repente ya no me pareció tan divertido tener que pensar y hacer cosas de la escuela fuera del horario.
—Podemos trabajar cada quién en nuestra casa si lo prefieres…
—Sí lo prefiero —cierro la laptop frente a mí—. ¿Te parece bien si pedimos algún postre?
Carson me mira a los ojos de nuevo y me sonríe.
—¿Quieres que le compre postres a la competencia? —Pregunta inclinándose hacia mí.
—Tú fuiste quien me trajo a la competencia —imito sus movimientos.
—Touché.
La plática entre nosotros se siente más ligera que otras veces conforme avanza el día. Sus chistes malos me tienen con la risa suelta, y escucharnos a ambos tan cercanos hace que poco a poco me parezca más difícil apartar mis ojos de su rostro.
He imaginado un millón de veces escenas bobamente románticas con Carson, pero el tenerlo frente a mí ahora, tan cerca y tan palpable… algo cambia en la química de mi cerebro.
De repente él ya no tiene solo ojos oscuros, sino tres manchitas ambar cerca de la pupila izquierda, y una arriba de la pupila derecha. Su cabello ya no es sólo negro, tiene mechones que se ven más claros con la luz natural y entiendo de inmediato que es debido a las horas que entrena bajo el sol. Su labio mantiene tan sólo el recuerdo del corte que obtuvo en la pelea, que se camuflajea con la barba de un día que se empieza a asomar en su barbilla y que baja por su cuello, donde el pulso se acelera notoriamente.
¿Qué tan palpable será esa cicatriz?
Cuando mis ojos regresan a los suyos, sus pupilas están dilatadas y su respiración se ve agitada. Se toma un momento antes de sonreírme.
Al devolverle la sonrisa, su mirada sigue mi gesto por un segundo antes de volver a mis ojos.
Ahora mi respiración es la que se agita.
—Podríamos ir a otro espacio a intentar estudiar —mi voz sale raposa.
Ante mi comentario, Carson sólo asiente con la cabeza antes de pedir la cuenta.
Termino de guardar mis cosas mientras él paga y camina a mi lado, excepto cuando abre la puerta para mí.
Nuestros ojos no dejan de conectar una y otra vez, pero la tensión en nuestro silencio no es la misma de otras ocasiones. Esta palpita. Va creciendo.
Diez centímetros de diferencia en altura entre nosotros no es demasiado, pero es lo suficiente para que yo deba verlo hacia arriba, y el gesto de su rostro cuando me mira hacia abajo simplemente me encandila.
Nos subimos a su auto.
El motor sigue apagado, y siento una tensión en los muslos que me recorre hasta la punta de los pies.
Con cuidado, la mano de Carson rodea con sus dedos a la mía, y los latidos de mi corazón, ya casi controlados, se vuelven a acelerar.
Su cuerpo se gira en mi dirección antes de hablar.
—¿A dónde querías ir?
Mi risa nerviosa consume el poco aire que hay en mis pulmones.
—Ya no lo recuerdo.
Cuando mi mirada se encuentra con la suya, sus pupilas dilatadas no se quedan quietas por mucho tiempo antes de recorrer el resto de mi rostro.
La yema de sus dedos acaricia mi mejilla y continúan hasta llegar a mi cuello, y esto se siente tan bien que mis ojos se cierran.
Por primera vez, ya no tengo qué imaginarme cómo se siente la cicatriz en su labio.
Los días pasan y está vez soy yo quien se separa por completo de Maureen para pasar todos los descansos a solas con Carson.