¿cómo olvidar lo que el corazón tanto amó?

Capítulo 13

El camino de vuelta se me hizo más corto de lo normal o era yo que iba medio en automático. El café todavía me calentaba el cuerpo pero la cabeza seguía en otra cosa, saltando entre lo que había hablado con Fede y esa escena rara antes de salir. No era algo concreto sino una sensación que no terminaba de acomodarse.

Doblé por la misma calle de siempre, metiendo las manos en los bolsillos. Una cosa marrón me sacó de mí concentración.

Un bulto chiquito pegado contra la pared, apenas moviéndose. Al principio pensé que era una bolsa o algo tirado, pero cuando me acerqué levantó la cabeza.

Pequeño, sucio, con el pelo medio apelmazado y los ojos demasiado grandes para la cabeza. Me miró fijo sin moverse, como si estuviera evaluando si yo era un problema o una solución.

-¿Y vos? -murmuré agachándome.

Estiré la mano despacio. El gatito dudó un segundo, pero no se apartó. Cuando lo toqué estaba tibio. Era muy flaco , le sentía los huesos.

-Uh…

Miré alrededor, como si en algún lado fuera a aparecer alguien diciendo que era suyo.

-No me mirés así -le dije casi en automático.

El gato parpadeó lento.

Suspiré.

-Bueno, está bien.

Lo levanté con cuidado. Pesaba menos de lo que esperaba. Se acomodó contra mi pecho sin resistirse, como si ya hubiera tomado una decisión.

-Listo, ya está. Me metiste en un problema-murmuré-.

Seguí caminando, ahora más despacio sosteniéndolo con una mano mientras con la otra abría la puerta del edificio. Subí las escaleras con cuidado, pensando vagamente en cómo iba a reaccionar Liana.

Abrí la puerta del departamento.

-¿Liana?

Silencio.

Cerré detrás mío y dejé las llaves sobre la mesa. El lugar estaba más ordenado de lo normal, o capaz solo se sentía más vacío. Avancé un poco, todavía con el gato en brazos.

-¿Hola?

-Acá -respondió la voz de Liana desde la cocina.

Me asomé. Estaba apoyada contra la mesada, mirando el celular. Levantó la vista , primero me miró a mí y después bajó la mirada.

-¿Qué es eso?

-Un problema -respondí.

El gatito se movió apenas, como si entendiera que hablábamos de él.

Liana frunció el ceño, pero no con enojo. Más bien con sorpresa.

-¿De dónde salió?

-De la calle. Estaba solo.

Hubo un segundo de silencio mientras lo observaba mejor.

-Alan.

-Ya sé. Ya sé.

Ella suspiró dejando el celular a un lado.

-Cecilia se fue -dijo de pronto.

-¿Ah sí?

-Sí. A la casa de una amiga. Va a pasar el día allá.

Asentí despacio. No pregunté más.

Liana volvió a mirar al gato.

-Está sucio.

-Sí.

-Y flaco.

-También.

Se acercó un poco más, inclinándose para verlo de cerca. El gatito la miró y parpadeó lento como había hecho conmigo.

-Es lindo -admitió.

Sonreí apenas.

-Lo sabía.

-No te hagás ideas.

Se quedó un segundo más en silencio, evaluando la situación.

-No nos lo podemos quedar así porque sí.

-No dije que sí.

-Pero lo estás sosteniendo como si ya fuera nuestro.

-Porque si lo suelto se va a meter abajo de algún mueble y no lo sacamos más.

Liana dejó escapar una risa corta casi sin querer.

-Tenés un punto.

El ambiente se aflojó un poco.

-Primero hay que limpiarlo. Y ver si está bien.

-Sí.

-Y después vemos.

-Después vemos -repetí.

El gatito se acomodó mejor contra mi pecho, como si la decisión ya estuviera tomada aunque ninguno de los dos lo dijera en voz alta.

-Che -agregó Liana, volviendo a apoyarse contra la mesada-. Recordá que este viernes tus papás planearon una cena.

-¿Era este viernes?

-Sí, el viernes 29 de may , no el otro.

Asentí.

-Hace mucho no los veo.

Hubo una pausa corta.

-Va a estar Cecilia también. Tu mamá la invitó

La miré un segundo más de lo necesario.

-¿Por qué?

Liana no sostuvo la mirada demasiado tiempo.

-Tu mamá me confesó que le gustaría que ella salieron con Leónidas.

-Jodeme.

Miré al gatito, que ahora parecía completamente ajeno a todo, tranquilo, como si ya hubiera encontrado un lugar.

-Bueno -dije al final-. Primero sobrevivamos a esto.

-¿Al gato o a tu hermano enamorado?

La miré.

-A todo.

Liana sonrió apenas.

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El agua caía tibia dentro de la pileta mientras Liana sostenía al gato con una mezcla de firmeza y cuidado, como si todavía no terminara de decidir si le gustaba o no la situación. El gatito protestó apenas al principio, un maullido corto, pero después se quedó quieto, resignado.

-No puede ser que se deje hacer todo -dijo Liana, mojándole con cuidado la cabeza-. Es rarísimo.

-Capaz tuvo dueño.

-O está demasiado cansado para pelear.

No respondí. Me quedé apoyado en la mesada mirándolos. El gato se transformó en una rata delgada y de ojos grandes.

-Mirá. No es tan feo como parecía-dijo ella con obvio sarcasmo.

-No le digás cosas feas.

-No lo hice.

Sonreí apenas.

El ambiente se sentía distinto a la mañana. Más calmo, más chico. Como si todo lo que había pasado antes se hubiera corrido un poco hacia el fondo, pero sin desaparecer del todo.

-Pasame la toalla -pidió.

Se la alcancé y empezó a envolver al gato con cuidado. Él se acomodó enseguida metiendo la cabeza, dejando que lo sequen.

-Listo -dijo-. Sobrevivió.

-Primera prueba superada.

Liana levantó la mirada.

-Falta ver si sobrevivimos nosotros.

-¿Sobrevivir a qué exactamente?- le pregunté en doble sentido.

-¿Metiste un animal desconocido en la casa y ahora querés te perdone y vayamos a la habitación?

-No hace falta que vayamos a la cama.

Ella rodó los ojos, pero había una sonrisa mínima en la esquina de la boca.

Dejó al gato sobre la mesada, todavía envuelto, y se apoyó al lado mío.

-¿Cómo estuvo la salida con Fede? -preguntó.




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