¿cómo se puede olvidar lo que el corazón tanto amó?

Capítulo 2

Volví de la facultad más tarde de lo normal.

El día se me había ido entre clases largas y apuntes que no terminaba de entender. Tiré la mochila al piso y me dejé caer en la cama sin sacarme las zapatillas. El teléfono vibró una vez. Un mensaje del grupo de la facultad, nada más.

Habían pasado varios días desde la última vez que hablé con Liana.

No porque no quisiera. Al contrario. Había pensado en escribirle más de una vez, pero siempre encontraba una excusa: estaba cansado, era tarde, seguro estaba ocupada.
En realidad tenía miedo de hablarle.

Miré el techo unos segundos y después agarré el celular.

.

Alan:
Hola, soy Alan. El repartidor al que le diste el número.

Pasaron unos minutos

Liana:
Holaaa, Pensé que te había asustado el café gratis

Sonreí viendo el stiker de gato verde.

Alan:
Jamás jaja
Cómo estás?

Del otro lado, Liana caminaba por la vereda con la mochila colgada de un hombro. El aire de la tarde estaba fresco. Cecilia iba a su lado en silencio, escuchándola escribir.

Liana:
Bien,recién saliendo del trabajo
Camino a casa

Alan:
¿Sola?

Liana:
No, con mi compañera de piso

Leí esa frase sin darle importancia.

Alan:
Mejor así, es algo tarde para andar solo por ahí.

Liana:
Sí, ella es bastante insistente con eso

.

Cecilia levantó la vista al escuchar la vibración del teléfono.

-¿Quién es?- preguntó, caminando a su lado.

-Un chico del trabajo -respondió Liana, guardándose el celular un segundo.

-¿El repartidor? ¿El qué te gusta?-preguntó Cecilia, con una mirada cómplice.

Liana dudó y se sonrojó.

-Sí.

Volvió a sacar el teléfono.

.

Liana:
¿Y vos, ya terminaste por hoy?

Alan:
Sí, recién llegué
Estoy tirado en la cama como si hubiera corrido una maratón

Liana:
Eso suena tentador
Yo todavía tengo que subir cuatro pisos

Alan:
Eso debería contar como ejercicio

Liana:
Decís eso porque no sos yo

Cecilia la miró de reojo.

-¿Te hace reír? -preguntó.

-Un poco -admitió Liana.

-Bien, debe ser bueno-dijo Cecilia, y siguió caminando.

Alan:
Extrañé hablar con vos, aunque suene cursi

Liana frenó en seco por un segundo, obligando a Cecilia a detenerse también.

Liana:
No suena cursi

Alan:
Menos mal

Liana:
Yo también, solo que a veces el día se me va y cuando me doy cuenta ya es tarde

Alan:
Podés escribirme cuando puedas, sin presión

Liana:
Me gusta eso

Subieron las escaleras en silencio.

Liana:
Llegué, gracias por escribir

Alan:
Gracias por responder, que descanses

Liana:
Vos también

.

Apoyé el teléfono sobre el pecho y cerré los ojos.

No habíamos hablado de nada importante. Pero esa noche dormí mejor

~~~~~~

Quedamos en vernos un sábado a la tarde.

No lo llamamos cita, pero lo era. O al menos se parecía bastante. Un café cerca del restaurante, nada complicado. Liana fue la que propuso el lugar. Yo acepté sin pensarlo demasiado.

Llegué unos minutos antes. Me senté en una mesa afuera y apoyé el celular sobre la mesa, revisándolo sin necesidad. Cuando levanté la vista, la vi acercarse.

Venía acompañada.

-Hola- dijo, sonriendo apenas.- Perdón, ¿te molesta si Cecilia se queda un rato? No es por desconfiar pero no me gusta ir sola a citas y esas cosas.

-No, claro que no -respondí rápido-. Encantado.

Cecilia me saludó con una sonrisa educada. No parecía incómoda, solo atenta. Se sentó a mi lado, dejando a Liana frente a mí.

Liana estaba distinta. No demasiado arreglada, pero había pensado en cómo verse. El pelo suelto, una campera liviana, el piercing de la ceja brillando cuando le daba el sol. Se notaba un poco nerviosa.

-Siempre llega temprano -dijo Cecilia de pronto-. Aunque diga que no.

Liana rodó los ojos.

-Eso no es verdad.

-Lo es -respondió ella-. Si no llega antes, se pone ansiosa. Y piensa que la otra persona va a pensar que la dejó plantada.

Me reí, pensando que era una exageración típica entre amigas.

-No sabía eso -comenté.

-Hay muchas cosas que no sabés -dijo Cecilia, tranquila.

Liana le dio un leve empujón con el pie por debajo de la mesa.

-No empieces.

Pedimos café. Cecilia no miró la carta. Pidió lo mismo que Liana, sin preguntar.

-¿Siempre tomás café sin azúcar? -pregunté.

-Siempre -respondió Liana.

-Desde los diecinueve -agregó Cecilia-. Antes lo odiaba.

Liana la miró, sorprendida.

-Ni me acordaba de eso.

-Yo sí.

No le di importancia. Me pareció normal. Años de convivencia te hacen conocer las manías del otro.

Cecilia hablaba poco, pero cuando lo hacía era precisa. Comentaba cosas pequeñas: que Liana se olvidaba las llaves, que se quejaba del frío pero nunca usaba bufanda, que odiaba los domingos sin planes. Cosas mínimas, dichas sin énfasis.

-Bueno -dijo de pronto, mirando el celular-. Me voy a ir adelantando.

-¿Estás segura? -preguntó Liana.

-Sí. Los dejo tranquilos.

Se levantó, me dedicó una sonrisa amable.

-Fue un gusto, Alan.

-Igualmente.

Cecilia se alejó sin mirar atrás.

El silencio que quedó no fue incómodo. Al contrario. Liana soltó el aire despacio.

-Perdón por eso.

-No tenés que pedir perdón -dije-. Me cae bien.

Sonrió, pero había algo tenso en su expresión.

-A veces soy un poco miedosa -admitió-. Me cuesta confiar.




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