¿cómo se puede olvidar lo que el corazón tanto amó?

Capítulo 3

Las semanas pasaron en un abrir y cerrar de ojos.

No hubo un acuerdo ni una charla que marcara el cambio. Simplemente empezamos a hablarnos todos los días. Mensajes cortos cuando alguno estaba apurado, audios largos cuando la noche se estiraba. Yo aprendí a reconocer su humor por la forma en que escribía mi nombre. Ella sabía cuándo yo estaba cansado aunque no lo dijera.

Empezamos a vernos más seguido. A veces en el restaurante, a veces caminando sin rumbo después de su turno. Otras, solo sentados en una plaza, compartiendo silencio. Nada parecía forzado. Nada parecía urgente.

Esa noche llovía.

Liana me escribió cuando yo ya estaba pensando en dormir.

Si no tenés ganas de salir, podés venir a casa. Cocinamos algo simple.

Acepté antes de pensarlo demasiado.

Le avisé a mis padres que pasaría la noche en lo de un amigo y salí.

Cuando llegué, Cecilia estaba ahí. Sentada en el sillón, con una manta sobre las piernas y el celular en la mano. Me saludó como siempre: amable, tranquila. Nada fuera de lugar.

-¿Querés tomar algo? -preguntó Liana desde la cocina.

-Lo que sea -respondí.

Cenamos los tres. Hablamos de cosas sin importancia: anécdotas del trabajo, una serie que Cecilia recomendaba con insistencia, una materia que yo odiaba. Cada tanto, Liana me miraba como buscando complicidad. Cecilia observaba en silencio, como si registrara detalles que a mí se me escapaban.

Cuando terminamos, Cecilia se levantó.

-Me voy a dormir a lo de una amiga -dijo, agarrando su mochila-. Mañana vuelvo temprano.

-¿Otra vez? -preguntó Liana, frunciendo el ceño. Parecía algo enojada pero supongo que no le gustaba que su amiga se fuera a otro lugar a altas horas de la noche

-Sí -respondió Cecilia, simple-. Además, ustedes necesitan espacio.

Me incomodó un poco esa frase, pero no supe por qué.

-Gracias -dijo Liana en voz baja.

Cecilia la miró un segundo más de lo necesario. Después me miró a mí.

-Cuidala -dijo, con una sonrisa que parecía sincera.

-Claro -respondí.

Cuando se fue, el departamento quedó en silencio. Un silencio un poco incómodo.

Liana se sentó a mi lado en el sillón. No habló. Apoyó la cabeza en mi hombro y cerró los ojos. Yo respiré hondo, consciente de cada punto de contacto. Su mano buscó la mía sin mirarme.

-¿Estás bien? -le pregunté.

-Sí -dijo-. Solo... un poco nerviosa.

-Podemos ir despacio.

Me miró entonces. De cerca. Como si midiera la distancia entre lo que sentía y lo que estaba dispuesta a hacer. Después sonrió apenas.

-Eso me gusta.

Cuando nos levantamos del sillón, fue casi sin hablar. Liana apagó las luces del departamento y me llevó de la mano hasta su habitación. Cerró la puerta detrás de nosotros con cuidado, como si el mundo del otro lado pudiera romperse si hacía ruido.

La habitación era pequeña, cálida. Olía a jabón, perfumes de ropa y líquidos de limpieza. Nos sentamos primero en la cama, uno frente al otro, riéndonos bajo, nerviosos de una forma extraña para dos personas que ya se conocían tanto.

No hubo apuro.

La noche se fue armando sola, entre silencios cómodos, roces suaves, palabras que no necesitaban respuesta. Afuera, la lluvia empezó a caer, constante, como si marcara el tiempo por nosotros.

Dormimos juntos.

A la mañana siguiente desperté con la luz filtrándose por la cortina y el cuerpo de Liana cerca del mío. Estaba de costado, con la espalda apoyada en mi pecho, respirando lento. Me quedé quieto, escuchándola, tratando de memorizar ese momento.

No pensaba en nada más.

Miraba su cuerpo, sus caderas desnudas tentaban a repetir lo de anoche. Apoyé mis manos en su cuerpo y la desperté con caricias.

Un rato después, escuchamos movimiento en el departamento. Una puerta que se abría. Pasos suaves. Cecilia había vuelto.

-Debe ser ella -murmuró Liana, todavía medio dormida.

-¿Querés que me vaya? -pregunté en voz baja.

-No -respondió sin dudar-. Quedate un rato más.

Nos levantamos después, despacio. Cuando salimos de la habitación, Cecilia estaba en la cocina, preparando café. No se dio vuelta enseguida, como si supiera exactamente cuánto tiempo necesitábamos antes de verla.

-Buen día -dijo al fin, con naturalidad.

-Buen día -respondí.

Nos miró a los dos. Sonrió.

-¿Café?

-Sí, por favor -dijo Liana.

Cecilia sirvió tres tazas sin preguntar. Apoyó una frente a mí, otra frente a Liana. No dijo nada más. Después de desayunar agarré mis cosas y me fuí.

Volví a casa al mediodía.

El cielo estaba despejado, como si la lluvia de la noche anterior no hubiera existido. Pedaleé despacio, con el cuerpo cansado y la cabeza en otro lado. No pensaba en nada concreto, pero todo me parecía un poco más liviano.

Cuando entré, la casa estaba despierta.

El olor a café recién hecho me llegó antes que las voces.

-¿Alan? -dijo mi mamá desde la cocina-. ¿Sos vos?

-No, soy un ladrón de órganos.

Dejé la mochila junto a la puerta y avancé. Mamá estaba apoyada en la mesada, con un pincel en la mano y un cuaderno abierto lleno de bocetos. Siempre mezclaba el trabajo y la casa como si no existiera diferencia. Tenía manchas de acrílico en los dedos y en la cara.

-Buen día -dijo, sonriendo-. ¿Dormiste bien?

-Sí, muy bien.

No preguntó dónde había dormido. Nunca me invadía de preguntas y era una de las miles de cosas que me agradaban de mamá.

-Hay café. Y facturas, si tu hermano no se las comió todas.

-Llegué temprano hoy -dijo una voz desde el comedor.

Leónidas estaba sentado a la mesa, trajeado aunque era sábado. Camisa clara, saco colgado en el respaldo de la silla, el celular apoyado al lado del plato. Siempre parecía estar a punto de irse a algún lado importante.

-Hola -dije.

-Te dejé las facturas feas -respondió, levantando la vista.

Papá apareció detrás de él, acomodándose los anteojos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.