Los domingos en casa siempre eran distintos.
No había alarmas ni horarios estrictos. El ruido venía de la cocina, del roce de las tazas, del diario que papá abría cada mañana como si fuera un ritual inamovible. El resto de la casa se movía con cuidado, respetando ese ritmo.
Mamá estaba en el living, sentada en el piso, rodeada de hojas, pinceles y frascos con agua turbia. Tenía música baja, algo instrumental que no reconocí. Me senté cerca, apoyando la espalda contra el sillón.
-¿Qué estás pintando? -pregunté.
-Nada en particular -respondió-. Probando colores.
Me incliné para mirar mejor. No había figuras claras, solo manchas que se mezclaban entre sí, como si se buscaran.
-Siempre decís lo mismo.
-Porque siempre es verdad -sonrió-. A veces pintar es pensar sin palabras.
Me quedé en silencio, observando cómo se movían sus manos. Mamá siempre parecía saber qué hacer, incluso cuando decía que no tenía idea.
-Está lindo, parece un gato con 3 patas.
Desde la cocina llegó la voz de papá.
-¿Alan? ¿Ya estás despierto?
-Sí señor.
Estaba sentado a la mesa, con el diario abierto y los anteojos puestos. Tenía esa expresión concentrada que usaba cuando leía sobre política o casos judiciales. Levantó la vista apenas.
-¿Cómo va la facultad?
-Bien -respondí en automático.
-¿Seguís trabajando en el reparto?
-Sí.
Asintió. No dijo nada más. Nunca lo hacía. Papá no era de reprochar, pero tampoco de elogiar. Todo era correcto o incorrecto, nada intermedio.
-Leónidas viene a almorzar -dijo-. Avisó recién.
-Ah -respondí.
Volví al living.
-Viene Leo -le dije a mamá.
-Mejor -sonrió-. Hace días que no lo vemos.
-Papá está contento.
-Papá siempre está contento con Leónidas -dijo en un tono raro que no comprendí.
Un rato después, la puerta del fondo se abrió. Leónidas entró, esta vez sin traje, pero igual prolijo. Se aflojaba el nudo de la corbata mientras caminaba.
-¿Interrumpo? -preguntó.
-Siempre -dije sonriéndole.
-Vos porque no trabajás los domingos-respondió, devolviéndome la sonrisa.
Se sentó en el sillón, cansado. Mamá lo abrazó.
-Estás como más flaco -.le dije.
-Trabajo -respondió él.
-Siempre trabajás -contestó mamá-. Algún día vas a tener que detenerte a ver qué has hecho.
Papá apareció en la puerta.
-¿Cómo fue la semana? -le preguntó.
-Bien. Cerramos un caso complicado.
Papá asintió orgulloso, aunque no lo dijo.
Durante el almuerzo hablaron de juicios, de colegas, de decisiones que no terminaba de entender. Mientras tanto yo escuchaba a mamá quejarse de sus alumnos y sus travesuras. Un grupo de chicas en el recreo se había escondido en el baño para no ir a clases y como la preceptora cierra la puerta con llave en hora de clases se quedaron encerradas una hora.
-¿Y vos, Alan? -preguntó papá-. ¿Ya pensaste qué vas a hacer cuando termines la carrera?
Lo miré.
-Ah,todavía no del todo.
-Deberías ir armando algún plan.-dijo-. El tiempo pasa rápido.
Mamá intervino.
-Tiene tiempo.
-No tanto -respondió él.
No discutieron. Nunca lo hacen.
Más tarde, mientras ayudaba a mamá a guardar las cosas del almuerzo, ella me habló sin mirarme.
-No te compares con tu hermano.
-No lo hago.
-Sí lo hacés -dijo-. Lo noto cuando los mirás en la mesa.
Suspiré.
-Papá espera otra cosa.
-Papá espera lo que conoce -respondió-. Vos sos lo que él todavía no entiende.
Me miró.
-Y eso no te hace menos. Te hace diferente a lo que ellos son y no es malo. Recordá que los hombres Marino siempre han sido abogados, desde muchos años. Ese legado es todo lo que él conoce pero no significa que las cosas tiene que ser como él quiere.
Esa tarde, Leónidas se sentó conmigo en el patio.
-¿Todo bien? -preguntó.
-Sí.
-¿Seguro?
Asentí.
-Escuché una parte de lo que hablaste con mamá más temprano. Alan, no quiero que tengás mí vida. No quiero que seas como yo o como papá.
Lo miré sorprendido.
-Nunca quise que lo seas -agregó-. Solo quería hacerte saber, sé que no hablamos mucho de estas cosas. Pero me alegra saber que alguien de la familia no tuvo miedo de hacer algo distinto.
Me quedé pensando en eso. Tal vez nunca habíamos estado tan lejos como yo creía.
Esa noche antes de dormir, pensé en mi casa. En mis padres. En mi hermano.
Pensé en Liana.
Quizás la vida que elegí podría funcionar de alguna forma. Pero no podía negar que todo estaba mejor desde que ella llegó a mí vida.
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Empezó como una charla cualquiera.
Mamá estaba en la cocina, preparando algo dulce. Nunca seguía las recetas al pie de la letra, pero salía rico. Me senté en la silla junto a la mesa, apoyando los antebrazos, mirándola moverse entre la mesada y la hornalla.
-Te noto distinto -dijo-. Como más tranquilo, más relajado. Más presente.
-¿Presente cómo?
-Antes estabas acá, pero siempre con la cabeza en otro lado.
Me quedé pensando un momento.
-Creo que estoy aprendiendo a no guardarme las cosas, o al menos trato de no hacerlo.
-Eso es nuevo.
-Sí. Me da miedo a veces, pero también se siente bien.
Apoyó la cuchara y se sentó frente a mí.
-¿Tiene que ver con alguien?
Asentí.
-Me hace sentir bien -continué-. No es solo estar con alguien, es sentirme cómodo. Comprendido. Como si no tuviera que explicar todo el tiempo quién soy o lo que hago.
Mamá sonrió despacio.
-Eso es importante -dijo-. Mucho más de lo que solemos admitir.
-Ella no es de exponerse demasiado -agregué-. Es cauta. Le cuesta confiar, pero cuando lo hace, se entrega de verdad.
Recordé lo que pasó la otra noche en el departamento de Liana.
-Las personas así suelen haber aprendido a cuidarse a la fuerza, pero son fuertes.
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amistad amor, mentiras perdidas sufrimiento dolor, triángulo amoroso”
Editado: 11.01.2026