¿cómo se puede olvidar lo que el corazón tanto amó?

Capítulo 5

.

.

.

.

El próximo fin de semana llegó más rápido de lo que esperaba.

Liana aceptó la invitación a cenar sin dudar demasiado, aunque la noté distinta cuando se lo propuse. Como si ya estuviera midiendo cada paso antes de darlo.

-No prometo caer bien -dijo medio en serio.

-Con que seas vos alcanza -respondí.

No supe si la tranquilizó, pero sonrió.

Ese sábado llegó puntual. Llevaba un vestido simple, nada llamativo, el pelo suelto y la misma campera liviana que había usado la primera vez que nos vimos. Me gustó que no pareciera disfrazada de “conocer a la familia”. Era ella.

Salí para saludarla y entrar con ella pero mamá abrió la puerta antes de que tocáramos el timbre.

-Vos debés ser Liana -dijo, con esa sonrisa abierta que siempre usa cuando quiere que alguien se sienta en casa.

-Sí, mucho gusto.

-Soy Iris.

El abrazo fue natural. No invasivo. Liana se relajó apenas.

Papá apareció detrás, más serio, como siempre.

-Nicolás -se presentó-. Bienvenida.

-Gracias por invitarme.

Entramos. El aroma a comida llenaba todo.

-¡Llegaron! -dijo Leónidas desde el living.

Mi hermano se levantó y se acercó con una sonrisa fácil.

-Así que vos sos la famosa Liana.

-No sabía que era famosa -respondió ella mirándome.

-Todo lo que rodea a Alan termina siéndolo -dijo él.

Le dio un beso en la mejilla. Ella no se corrió. Tampoco exageró la distancia. Observé la escena con atención. A Leónidas le había gustado, eso era evidente. No de forma grosera, más bien curiosa.

Nos sentamos a la mesa.

La charla empezó liviana. Mamá preguntó cosas simples: si le gustaba cocinar, qué música escuchaba, si prefería el café o el té. Liana respondía con frases claras, sin adornar, pero con una calidez tranquila.

Papá escuchaba mucho, interviniendo poco.

Hasta que lo hizo.

-¿Y a qué te dedicás? -preguntó, apoyando los codos en la mesa.

El silencio fue breve, pero perceptible.

-Trabajo de medio tiempo en un restaurante y de forma independiente -respondió Liana-. Hago ilustración y diseño. Algunos encargos, proyectos propios.

-¿Eso es lo principal? -insistió.

-Sí.

-¿Estudiaste algo relacionado?

-Sí. Fotografía. Luego estudié 2 años Artes Visuales aunque no terminé la carrera tradicional, pero sigo formándome.

Papá asintió, lento.

-¿Vivís sola?

-No, vivo con Cecilia, mí mejor amiga.

-¿Desde hace mucho?

-Unos años.

-¿Y qué tipo de vida llevás?

La pregunta quedó suspendida, demasiado amplia.

Liana no se apuró en responder.

-Tranquila. Trabajo bastante, cuido mis tiempos -Iba a decir más pero papá la interrumpió

-Y esa amiga tuya, Cecilia. ¿A qué se dedica?

-Cecilia es Arquitecta, trabaja en un estudio en la calle Iselín.

-¿Y que vida lleva?

-Eh, es más de salir que yo. Últimamente va y viene de casa, pero es lo que pasa cuando alguien se enamora. Supongo.

-Con razón mí hijo sale tanto de noche.

Miró a mamá al decirlo. Iris le devolvió una sonrisa cómplice.

-Cosa de jóvenes -comentó ella.

Leónidas intervino, queriendo aportar algo.

-Yo también soy joven y no hago eso-

-Tenés treinta y dos, sos un viejo.- Le respondí algo irritado.

Papá no dijo nada y dejó el tema ahí.

Durante la cena, Leónidas le hizo preguntas a Liana sobre su trabajo, genuinamente interesado. Ella se animó un poco más. Habló de colores, de procesos, de lo difícil que era vivir de algo creativo sin perder el entusiasmo.

-No es fácil, pero tampoco quiero vivir una vida que no me represente.

La miré cuando dijo eso.

Papá también. No dijo nada.

Cuando se levantaron de la mesa, mamá se llevó a Liana a la cocina para ayudarla con el postre. Yo me quedé un momento en el comedor con papá y Leónidas.

-Es interesante -dijo mi hermano-. Se nota que piensa.

-Sí -respondió papá-. Eso no siempre alcanza.

-De mí decí lo que quieras, pero de ella no.- dije firme.

Papá me miró de una forma que no supe descifrar y Leónidas de la nada empezó a inspeccionar las manchas del techo.

Más tarde, cuando Liana se despidió, mamá la abrazó como si ya la conociera de antes.

-Gracias por venir -le dijo-. Sos bienvenida cuando quieras.

-Gracias a ustedes.

Papá la saludó con un apretón de manos formal.

-Cuídate -le dijo.

Mamá me prestó su auto para llevar a Liana a su casa. En el camino de regreso. Liana apoyó la cabeza en el respaldo del asiento.

-Tu familia es... Inusual.

-Lo sé.

-Tu mamá es un amor.

-Tambien lo sé.

-Y tu papá algo tosco.

-Y eso también.

Sonrió apenas.

-Pero estuvo bien -agregó-. No me sentí juzgada. Solo observada.

No supe si eso era bueno o malo.

Pero su mano buscó la mía.

Y no la soltó.

-¿Querés pasar la noche en mí departamento? Ceci se fue a dormir a la casa de una amiga- me preguntó con complicidad

-Obvio que quiero.

El departamento estaba en silencio cuando llegamos. No un silencio incómodo, sino ese que se arma solo cuando el día ya se gastó entero. Liana dejó las llaves sobre la mesa baja, sin ordenarlas, y se sacó la campera con un gesto cansado. Yo hice lo mismo, dejé las zapatillas junto a la puerta y avancé unos pasos, como si necesitara confirmar que estaba ahí.

El aire era distinto. O tal vez era yo.

-¿Querés tomar algo? -preguntó desde la cocina-. Hay vino, agua, té... lo que prefieras.

-Agua está bien.

La escuché abrir la canilla. El sonido fue mínimo, doméstico, familiar. Me apoyé en el marco de la puerta y la miré sin que se diera cuenta. Tenía el pelo un poco revuelto, el vestido ya sin forma, como si se hubiera sacado la piel que usó durante el día. Pensé que nunca la veía actuar para agradar, ni siquiera cuando sabía que estaba siendo observada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.