¿cómo se puede olvidar lo que el corazón tanto amó?

Capítulo 7

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Me desperté antes que ella. Fue una sensación leve, como si el cuerpo hubiera entendido que ya había descansado lo suficiente, aunque la cabeza todavía no quisiera moverse. Liana dormía boca abajo, el pelo desparramado sobre la almohada, una pierna cruzada sobre la mía con intención de retenerme. Respiraba profundo, parejo. Dormía bien. Eso me tranquilizó más de lo que esperaba.

Me quedé un rato mirándola, repasando con cuidado la noche anterior. Las palabras todavía estaban medio desordenadas. El modo en que se había dado vuelta hacia mí. Cómo me había buscado incluso después de la incomodidad. Pensé que eso también era una forma de elegir.

Me moví despacio para no despertarla. El piso estaba frío. Busqué una remera del respaldo de la silla y caminé hasta la cocina. El departamento tenía ese silencio algo inquietante, como si hubiera algo raro. Apenas abrí la ventana entró aire fresco, mezclado con el olor lejano de la ciudad.

En la cocina había dos tazas sobre la mesada, las únicas que no estaban en su lugar casi nunca. Preparé café, no me acordaba si le gustaba con o sin azúcar.

Cuando volví a la habitación, Liana estaba sentada en la cama, despeinada, frotándose los ojos.

-Amor -dijo, con voz dormida.

-Buen día.

Me sonrió, sus rulos caían sobre su cara dándole un aspecto salvaje.

-¿Dormiste bien? -preguntó.

-Si, me puse a contar estrellas ¿No estás grande para tener estrellas en el techo? Tenés 25 años.

-Es verdad, ya estoy en edad de casarme-

Me paralicé y ella se largó a reír

-Que tarada que sos.

Desayunamos en la mesa chica del living. Hablamos de cosas mínimas como que el café estaba fuerte, que el pan ya no estaba fresco, que Cecilia iba a volver recién al otro día. Nada importante. Me gustó esa normalidad.

-¿Te vas a quedar mucho hoy? -preguntó en algún momento.

-No. Tengo que volver a casa.

-¿Todo bien?

-Sí -dije, sin dudar-. Todo bien.

No preguntó más pero me miró con la ceja levantada.

Nos despedimos sin dramatismo. Un beso largo y tranquilo, de esos que hay que cortar antes que llegue a algo más. Bajé las escaleras con una sensación rara en el pecho.

En el camino a casa caminé sin auriculares. Observé a la gente, las veredas rotas, los negocios que abrían tarde los domingos. Pensé en la facultad y en ese final que se acercaba sin pedir permiso.

Cuando entré, los tres estaban ahí. Mamá en la cocina, papá leyendo el diario, Leónidas yendo y viniendo como si no encontrara su lugar.

-Mirá quién volvió -dijo mi hermano-. El nómade emocional.

-Cerrá el orto -le respondí.

Mamá me miró apenas crucé la puerta. No preguntó nada. Se acercó y me tocó el brazo.

-¿Todo bien?

-Sí.

Y esta vez no sonó a respuesta automática.

Almorzamos temprano, Leónidas hizo guiso de arroz. No sentí la necesidad de defender nada ni de explicar de más. Me sorprendió eso porque por primera vez no sentí que tenía que justificar mis decisiones para merecer estar ahí.

Después me encerré en mi habitación. Me tiré en la cama sin sacarme las zapatillas. Miré el techo, las manchas de humedad cada vez más grandes. Mí cuarto siempre había sido mí refugio pero quizás pronto dejaría de serlo.

Pensé en Liana. No sé cómo explicarlo, pero sabía que quería pasar el resto de mí vida con ella. Había tenido algunas parejas casuales antes que ella, pero ninguna me había hecho sentir así.

Dormité un rato. Cuando desperté ya estaba oscureciendo. El celular vibró.

Federico.

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Fede:
¿Seguís vivo o te absorbió la vida adulta?

Sonreí.

Alan:
Estoy cansadoo

Fede:
Bienvenido al club, mañana café?

Alan:
Helado

Fede:
Caprichoso
Mañana a las 20 en la calle San Martín
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Dejé el celular sobre la mesa de luz. Escuché a mi familia hablando en el comedor junto con el sonido lejano de la tele. Cerré los ojos un momento más.

Estaba por dormirme cuando escuché el golpe seco en la puerta.

-¿Alan?

No esperó respuesta. Entró igual.

Papá estaba parado en el marco de la puerta con la camisa arremangada y el gesto tenso, como si hubiera estado pensando esto durante horas. La luz del pasillo le marcaba las ojeras. Estaba enojado, lo sabía por la forma en que se paraba.

-¿Te vas a quedar acostado todo el día? -preguntó.

Me incorporé despacio apoyando la espalda contra la pared.

-Son casi las once de la noche.

-Justamente.

Cerró la puerta detrás suyo. Ese gesto me inquietó, cuando papá cerraba la puerta no era para charlar.

-Llegaste al mediodía -continuó-. Comiste. Te encerraste. Dormiste. Y acá estás otra vez, acostado.

-Estaba descans-

-¿De qué?- Me interrumpió.

La pregunta quedó en el aire.

-Del dia -respondí.

Frunció el ceño.

-Que yo sepa ya no estás trabajando de repartidor.

No fue una pregunta, fue una acusación.

-No estoy yendo todos los días -dije-. Estoy terminando el cuatrimestre, tengo finales.

-Eso no te impidió salir todo el fin de semana.

Apreté los dientes.

-No estoy haciendo nada malo.

-No dije que lo estuvieras -respondió-. Dije que no estás haciendo nada.

Sentí el golpe en el pecho. No por la frase, sino por lo conocida que me resultaba.

-Estoy por recibirme.

-Sí -asintió-. ¿Y después qué?

No contesté.
Es lo que me preocupa. Que todo sea improvisación. Que vivas como si el tiempo no pasara.

-El tiempo pasa igual, haga lo que haga -dije.

Me miró fijo.

-El tiempo pasa más rápido cuando no tomás decisiones.

Hubo un silencio pesado.

-¿Desde cuándo todo se reduce a trabajar sin parar? -pregunté-. ¿Desde cuándo descansar es perder el tiempo?

-Desde que dejaste de ser un niño.

-Este sentimiento está desde siempre.

-¿Qué sentimiento?.




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