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Esa noche me acosté tarde, pero no me dormí enseguida.
Después de que papá salió del cuarto me quedé sentado un rato largo en la cama, con la luz apagada escuchando los ruidos de la casa. El televisor del living seguía prendido. Mi mamá se reía de algo, una risa baja, cansada. Leónidas hablaba encima. Todo seguía igual, sin embargo yo sentía un nudo en el estómago y la garganta.
Me acosté mirando el techo. Dormí mal. Me desperté varias veces con la frase de mi viejo rebotando en la cabeza "el mundo no espera a nadie". Como si el mundo fuera un huracán y yo una persona inválida que no puede huir.
A la mañana siguiente me levanté antes que todos. Me hice un mate cocido y me senté en la mesa de la cocina. El sol entraba de costado, marcando las migas, las marcas de vasos viejos. Me sentí raro, como cuando vas de vacaciones y te quedás mirando a la nada.
Mi mamá apareció en piyama.
-¿Dormiste? -preguntó.
-Más o menos.
No dijo nada más. Se sentó conmigo. En un momento apoyó la mano sobre la mesa, cerca de la mía.
-Tu papá es duro. A veces confunde preocuparse con empujar.
No tenía ganas de hablar de papá.
-No estás solo Alan. La adolescencia quizás es difícil, pero ahora estás en una etapa diferente. Todo es diferente y más maduro, sentís que si tomás mal una decisión afecta toda tu vida. Y no tiene porqué ser así.
-Creo que voy a salir un rato.
Salí a caminar sin rumbo. No tenía clases pero pasé por la facultad. Me senté en los bancos de la entrada, observado. Me quedé un rato largo ahí.
A la tarde le escribí a Liana.
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Alan:
Estás?
Liana:
Sí, todo bien?
Alan:
Puedo pasar un rato?
La respuesta llegó casi inmediata.
Liana:
Si
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Cuando llegué me abrió con el pelo mojado y una remera vieja. Me abrazó apenas me vio, sin preguntar nada. Eso me pudo más que cualquier charla.
Nos sentamos en el sillón. Le conté lo de mi viejo, sin exagerar y sin victimizarme. Ella escuchó todo con las piernas cruzadas, mirándome fijo.
-No sos vago -dijo cuando terminé-. Estás agotado. Sos el mejor promedio de la facultad, literalmente portás la bandera nacional. Trabajás de noche porque la facultad es privada ¿Eso es ser vago?
-Él no lo ve así.
-No importa cómo lo vea él -respondió-. Importa cómo te sentís vos.
Me quedé callado.
-¿Te sentís cómodo allá? -preguntó, suave.
-No -admití-. Hace tiempo que no.
-Podés quedarte hoy si querés-. Dijo desde la cocina.
Me quedé esa noche. Y la siguiente. Empecé a traer mí ropa en una mochila, después en dos. Las chicas no decían nada, supongo que fue obvio.
Un día, mientras desayunábamos, Liana dijo:
-Esto de tenerte cerca siempre es inusual.
La miré.
-¿Te molesta?
-No -sonrió-. Me asusta un poco que sea tan...serio. No me molesta porque es lo que quiero, pero se siente raro.
Me apoyé en la mesa.
-Creo que tendría que haber hablado con mí mamá, no quiero que piense que me estoy escondiendo.
-Estás eligiendo donde estar, no te estás escondiendo
-Te amo demasiado Liana.
Esa noche armamos espacio en su placard. No fue algo romántico, pero me sentía como esas chicas de las películas que se escapan con el novio porque tienen problemas en casa.
Sabía que tenía que hablar con mí papá, no podía ser igual de inmaduro e irme de casa sin decirle nada.
Cecilia había salido en la mañana, al volver no lo hizo sola. No me refiero a otra persona, sino a las bolsas de mercadería que traía encima.
-Llegué -dijo Cecilia desde el pasillo.
-Hola -respondió Liana ya de pie.
Yo estaba en el sillón con el celular en la mano, fingiendo que leía algo. Fingiendo también que no entendía que ahí había algo que no me incluía.
Cecilia apareció con una mochila grande, de esas que pesan más de lo que deberían. Me saludó con un gesto corto.
-Hola, Alan.
-Hola ¿Sos mochilera ahora?
Dejó la mochila en el piso y miró a Liana.
-¿Hablamos?
Fue una pregunta directa y Liana se levantó.
-Voy a la cocina -dijo-. Ya vuelvo.
No me dijo que me quedara. Tampoco que fuera. Pero el "ya vuelvo" marcaba una frontera.
Desde el living escuché cómo abrían una ventana, el ruido del encendedor y el golpe seco de una taza apoyada con fuerza. No entendía las palabras pero sí el tono. No era una discusión reciente al parecer.
Me acerqué un poco, lo justo como para poder escuchar un poquito.
-No podés seguir haciendo eso -dijo Cecilia en voz baja pero firme.
-No me digas lo que puedo o no puedo-respondió Liana.
-Es injusto todo lo que me hacés.
-Si tenés miedo no es mí problema.
Hubo un silencio largo.
-Siempre terminás sola cuando hacés esto -dijo Cecilia.
-Y siempre sos vos la que se va primero-contestó Liana.
Ahí entendí que no estaban hablando del presente. Estaban hablando de algo viejo. Algo repetido.
-No puedo cargar con todo -agregó Cecilia-. No otra vez Liana, yo también quiero una vida.
-Nunca te pedí que cargues conmigo.
-Pero siempre lo hacés.
No quise escuchar más. Volví al sillón con esa sensación incómoda de haber visto algo que no me correspondía.
Cuando salieron de la cocina, las dos estaban distantes.
-¿Querés quedarte a cenar? -pregunté, rompiendo el aire.
Cecilia dudó un segundo.
-No. Me voy a lo de Juli.
-¿Ahora? -dijo Liana.
-Sí.
Cecilia buscó la campera. Antes de irse, se acercó a Liana y la abrazó. Fue un abrazo fuerte y contenido.
-Cuidate -le dijo.
-Vos también.
Cuando la puerta se cerró, Liana no se movió. Se quedó parada en el medio del living, mirando la nada.
-¿Querés hablar? -pregunté.
-No. No ahora.
Se sentó en el sillón y cruzó los brazos. Yo me senté a su lado sin tocarla. Al rato apoyó el hombro contra el mío, con un gesto brusco.
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amistad amor, mentiras perdidas sufrimiento dolor, triángulo amoroso”
Editado: 22.01.2026