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Pasaron varios días desde que empecé a quedarme en el departamento de Liana con una continuidad que no habíamos nombrado. No hubo una charla formal ni una decisión tomada frente a frente. Simplemente ocurrió. Una mañana dejé el cepillo de dientes en el vaso del baño. Otra tarde traje un buzo más grueso porque el que había llevado antes no alcanzaba. Después un libro. Después apuntes. El espacio se fue acomodando solo, como si el departamento hubiera entendido antes que nosotros.
Los días tenían una forma parecida. Yo me despertaba antes o después que ella, nunca igual. A veces la encontraba en la cocina, descalza, con una taza entre las manos mirando por la ventana. Cecilia siempre estaba en su habitación, o en la oficina del departamento. Otras veces era yo el que andaba dando vueltas mientras Liana dormía, tratando de no hacer ruido aunque el piso crujiera igual.
Desayunábamos sin apuro. No siempre juntos. A veces cada uno en lo suyo, compartiendo el mismo espacio sin necesidad de hablar. Me gustaba eso de no sentir que tenía que llenar cada silencio.
Liana trabajaba muchas horas. Salía temprano para el restaurante y volvía cansada, con olor a café y fritura impregnado en la ropa. Yo la esperaba con algo hecho o con la comida a medio preparar. No era una dinámica fija, pero se parecía bastante a una vida armándose.
Una tarde, mientras editaba fotos en la computadora, me pidió que eligiera entre dos imágenes.
-¿Esta o esta?
Me acerqué por detrás y miré la pantalla. Era una foto simple de una mujer mayor sentada en una plaza, el sol cayéndole de costado.
-Esta. Tiene algo, creo.
-Encontré fotos de mí mamá que no sabía que había guardado en el pendrive
No pensé nada en ese momento
Otro día estábamos ordenando unas cajas viejas. Ella sacaba cosas (fotos, cuadernos, entradas de cine) y las volvía a guardar, como si solo les sacara el polvo y ya.
-Esto es de cuando vivíamos en otra casa -dijo, mostrando una foto-. A mi mamá le encantaba ese balcón.
Una noche, mientras lavábamos los platos lo entendí. No pregunté. No quise confirmar algo que ella no había elegido decir.
-¿Tu viejo vive lejos? -le pregunté una vez, apoyado en la mesada.
Ella tardó un segundo más de lo normal en responder.
-Mi papá vive en otra provincia.
-¿Se ven seguido?
-Cada tanto.
No hablaba mal de él. Tampoco bien. Era como si no existiera un conflicto claro, solo una distancia aceptada.
-¿Te llevás bien con tus papás? -me preguntó, devolviéndome la pregunta.
Suspiré.
-Con mi mamá sí pero con mí papá es complicado.
-Con mí papá también es complicado. Raro
Con el correr de los días empecé a entender algo más profundo. Liana no ocultaba información. Simplemente no la ordenaba. No armaba relatos completos. Decía fragmentos y confiaba en que el otro supiera qué hacer con eso.
Yo que estaba acostumbrado a explicar, a justificar, a buscar sentido en cada cosa, me sentía descolocado.
Una noche, mientras mirábamos fotos viejas en su computadora, apareció una imagen de ella más joven, abrazando a otra chica. Otra foto donde parecía ser un viaje familiar. Varias fotos de distintas situaciones.
No pregunté.
Liana cerró la notebook y se apoyó contra mí.
-¿En qué pensás? -me preguntó.
-En que no explicás nada -respondí medio en broma.
Sonrió apenas.
-No todo necesita ser explicado.
Esa noche nos acostamos temprano. La escuché respirar hasta quedarme dormido. Pensé que había formas de intimidad que no pasaban por las acciones, sino las palabras, la presencia.
Al día siguiente me desperté por el ruido de la cafetera.
No fue un sonido molesto, sino uno de esos que se filtran en el sueño sin romperlo del todo. El olor llegó antes que la conciencia. Café recién hecho, tostadas quemándose. Abrí los ojos despacio. La cama estaba tibia del otro lado, pero Liana ya no estaba.
Me quedé un momento mirando el techo, tratando de ordenar dónde estaba. El departamento todavía tenía esa luz blanda de la mañana, como si el día no se hubiera decidido del todo. Escuché a Liana tararear algo desde la cocina, una melodía sin forma, más un murmullo que una canción.
Me levanté sin apuro. Caminé descalzo hasta el living. Ella estaba apoyada contra la mesada, con una remera larga y el pelo atado de cualquier manera, sirviendo café en dos tazas distintas.
-Buen día -dije.
-Buen día -respondió sin mirarme pero sonriendo.
Me acerqué por detrás y apoyé la frente en su hombro. No dije nada. Ella tampoco. Ese silencio no pesaba.
-Hice tostadas. Están medio quemadas.
-Riquísimas, mis favoritas.
Desayunamos sentados en la mesa chica, con las piernas cruzándose por debajo sin querer. Hablamos de cosas mínimas. Que el café estaba fuerte. Que la pava perdía agua. Que el vecino de arriba parecía arrastrar muebles todas las mañanas.
-¿Qué tenés hoy? -preguntó en un momento.
-Nada urgente. Estudiar un poco. Me quedan pocos días.
-¿La última?
-La última.
Lo dije en voz alta y recién ahí cayó del todo. Última materia. Último final. Después, nada que se pareciera a una excusa.
-¿Estás nervioso?
Pensé un segundo.
-Más raro que nervioso.
Asintió como si entendiera.
Después de lavar las tazas, salimos. El día estaba gris, pero no frío. Caminamos varias cuadras sin un rumbo claro. Yo llevaba una mochila liviana, más por costumbre que por necesidad.
-¿Tenés hambre? -preguntó.
-Sí ¿habrá algún lugar para comer algo cerca?
Terminamos comprando dos panchos en un carrito de la esquina. Nada glamoroso. Parados en la vereda, con mayonesa chorreando y servilletas finitas que no alcanzaban para nada.
-Muy sofisticado.
-Alta cocina.
Nos sentamos en un banco de la plaza. La gente pasaba sin mirarnos. Un nene corría atrás de una paloma. Una señora hablaba sola por el celular.
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amistad amor, mentiras perdidas sufrimiento dolor, triángulo amoroso”
Editado: 03.02.2026