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Me desperté antes de que sonara la alarma.
Abrí los ojos y me quedé mirando el techo. La luz todavía no había terminado de entrar por la ventana. Sentí la respiración de Liana a mi lado, una alarma al parecer no la despertaba.
Durante unos segundos fingí que era un día cualquiera. Que no había nada escrito en ningún calendario. Que no existía una fecha marcada en rojo en mi cabeza desde hacía meses.
Cerré los ojos otra vez pero sin intención de seguir durmiendo
Me levanté con cuidado para no mover la cama. En la cocina el departamento todavía estaba en silencio. Cecilia debía estar durmiendo ya que su puerta estaba cerrada y no se escuchaba nada del otro lado. Puse agua para el mate y apoyé los apuntes sobre la mesa, aunque sabía que no iba a estudiar nada nuevo. Lo que no sabía hasta ese momento, no iba a aparecer en las próximas horas por insistir.
Liana apareció descalza, envuelta en una remera grande.
-¿Dormiste? -preguntó, con la voz todavía rota de sueño.
-Un poco.
Se acercó y me miró de frente.
-Sos muy responsable y dedicado. Si no es ahora será después, pero será.
No dijo "te va a ir bien", "sos el mejor". Dijo eso y me quedó dando vueltas como una frase más pesada de lo que parecía.
Tomamos mate sin hablar demasiado. El silencio no era incómodo, pero estaba lleno de pensamientos. Yo repasaba conceptos en mi cabeza, nombres de autores, estructuras de crónicas, diferencias entre informar y narrar. De pronto todo me parecía frágil. Como si bastara una pregunta mal formulada para derrumbar años.
-¿Querés que te acompañe? -preguntó Liana.
-No hace falta.
Asintió.
Me duché más rápido de lo habitual. Mientras el agua caía, pensé en mi primer día en la facultad. Tenía dieciocho y una seguridad ridícula. Creía que el periodismo era una especie de vocación luminosa. Con el tiempo entendí que era más complejo, más sucio, más gris. Pero no menos necesario.
Salí del baño y me vestí con lo primero que encontré planchado. Antes de irme, Liana me sostuvo la cara entre las manos.
-Volvé con lo que sea -dijo.
Asentí.
El camino hasta la facultad fue una sucesión de escenas borrosas. Colectivo lleno. Gente con auriculares. Un chico leyendo en el asiento de atrás. Yo con la mochila apoyada sobre las piernas, repasando mentalmente lo que ya sabía. Intenté escuchar música, pero la saqué a los pocos minutos. Necesitaba escuchar el ruido del mundo para no escuchar tanto el mío.
Cuando bajé, el edificio de la facultad se veía igual que siempre, pero yo no lo sentía igual. Me quedé unos segundos en la vereda. Pensé en Liana dejando Artes Visuales en tercer año. Pensé en cómo su historia y la mía se cruzaban ahí, en la idea de terminar algo.
El aula estaba casi llena. Algunos compañeros hablaban demasiado, como si eso redujera la ansiedad. Otros estaban en silencio absoluto, mirando apuntes con una concentración desesperada. Me senté en el medio. Ni adelante ni atrás.
-¿Estudiaste? -me preguntó Federico.
-Más o menos.
-Yo estoy que me cago Alan, debí ir a la baño antes de entrar.r
Cuando entró el profesor, el murmullo se apagó solo. Nos explicó que el examen era escrito, que teníamos dos horas, que leyéramos bien las consignas. Lo escuché como si estuviera debajo del agua.
Repartieron las hojas y las miré sin leer durante unos segundos. Después respiré hondo y bajé la vista.
La primera pregunta no era difícil. Teórica, concreta. Empecé a escribir con letra más prolija de lo normal. Me obligué a no apurarme. A pensar antes de llenar la hoja. La segunda consigna era más compleja: analizar un texto y proponer un enfoque narrativo distinto. Esa me gustó. Me acomodé en la silla y dejé que la cabeza trabajara.
A mitad del examen apareció el miedo.
Una pregunta que no esperaba. Un autor que había leído, pero no con la profundidad que ahora parecía exigir la consigna. Me quedé mirando la hoja. Sentí las manos frías.
Podía improvisar. Podía rodear la idea sin decir exactamente lo que pedían. O podía arriesgarme a escribir lo que realmente pensaba, aunque no fuera exactamente el esquema académico.
Recordé que uno de mis profesores me había dicho que a veces los periodistas tenían que ir en contra de lo planeado. Ya sea para bien o para mal.
Escribí desde lo que entendía. No desde lo que creía que querían leer. Me llevó más tiempo, pero cuando levanté la vista me di cuenta de que el aula estaba en silencio total. Solo se escuchaban hojas girar y biromes raspar papel.
El tiempo pasó más rápido de lo que esperaba. Cuando el profesor avisó que quedaban diez minutos, repasé cada respuesta. Dudé en todo, pero no cambié nada.
Cerré la hoja.
Por un momento pensé en todo lo que ese examen representaba. No era solo una nota. Era el cierre de algo que había empezado mucho antes de que yo supiera lo que estaba haciendo.
Cuando entregué el examen, sentí algo raro. No alivio. No orgullo. Una especie de vacío.
Salí al pasillo. El ruido volvió de golpe. Algunos compañeros comentaban las preguntas. Otros ya hablaban de la celebración anticipada. Yo no quería analizar nada. Cada vez que alguien decía "yo puse esto", sentía que quizás yo había puesto otra cosa.
Miré el celular.
Un mensaje de Liana.
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Liana:
¿Cómo fue?
Alan:
¿Compro algo para el almuerzo?
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No quería hablar del examen.
Bajé las escaleras despacio. Afuera el día seguía como si nada. La ciudad no se detenía porque yo hubiera entregado mi último examen.
Me apoyé contra la pared, respiré hondo y dejé que la incertidumbre se acomodara en el pecho.
La nota iba a estar al día siguiente.
Pasé a comprar algunas cosas que no habían en casa, era más barato que comprar en el kiosco de la esquina.
Abri la puerta del departamento y lo primero que sentí fue el olor a café recién hecho.
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amistad amor, mentiras perdidas sufrimiento dolor, triángulo amoroso”
Editado: 25.02.2026