¿cómo se puede olvidar lo que el corazón tanto amó?

Capítulo 11

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Me desperté antes de que sonara la alarma, con el sabor amargo de los nervios en la boca. Lo primero fue el brillo cegador del celular. Abrí Gmail con los dedos torpes, todavía entumecidos por el sueño. No habían mensaje. Cerré la aplicación con un gesto brusco y la reinicié, como si eso pudiera forzar al profesor a enviar el correo. Nada. El vacío en la pantalla se sentía exactamente igual al vacío que tenía en el pecho desde que entregué ese último final

-¿Ya estás con eso? -murmuró Liana, sin abrir los ojos.

-Sí.

-¿Todavía no llegó?

-No.

Se acomodó un poco más contra la almohada.

-A esta hora el profesor debe seguir durmiendo

Sabía que tenía razón pero no cambiaba nada. Me levanté y fui a la cocina. Puse agua para el mate, apoyé el celular al lado de la pava y cada dos minutos lo miraba como si eso acelerara algo.

Cecilia apareció despeinada, abrió la heladera y sacó un frasco con yogur de la heladera.

-¿Nada?

-Nada.

-Hermoso sistema.

-Y ni hablar de que es el profesor tiene como ochenta años y de pedo sabe llamar con el celular. Imagínate lo que le cuesta cargar una nota en el sistema.

Se apoyó contra la mesada y me miró fijo.

-Liana me dijo que hoy ibas a lo de tus viejos ¿no?

-Sí, a buscar un par de cajas que no había tenido tiempo para traer.

-¿Y tus ganas de mandar currículums también están en esas cajas o las perdiste en la mudanza? -soltó con una sonrisa falsa.

Estaba por lanzarle un repasador cuando Liana apareció por el pasillo, ya lista para el día.

-Andá a buscar lo que tengas que buscar en casa de tus padres y no empiecen a pelear.

El camino hasta la casa de mis viejos se sintió más largo de lo que era. No iba tanto desde que me había mudado y cada vez que volvía tenía esa sensación de estar entrando en un lugar que todavía era mío, pero ya no del todo.
Mi mamá abrió la puerta.

-¡Pero mirá quién apareció! -dijo dándome un beso que sonó a domingo-. Justo estaba por poner la pava. Pasá, pasá.

Entré y el living estaba igual que siempre, congelado en el tiempo. Dejé las llaves en la mesita de la entrada y lo primero que hice fue casi por reflejo, fue sacar el celular. Desbloquear, abrir gmail y cerrar al no ver algo nuevo.

Mi viejo estaba en la mesa con el diario, levantó la vista apenas.

-Alan.

-Papá.

Nada más. Fui directo a mi habitación y comencé a revisar las cajas. Había guardado muchas cosas en ellas hace meses, algunas seguramente las terminaría tirando así que no me las llevaría.

-Liana me dijo por Whatsapp que ayer fuiste a rendir la última materia- dijo mirando las cajas, noté que dudaba en preguntar sobre la nota.

-Si, el profesor todavía no manda las notas.

-Seguro te fue bien.

No respondí. Guardé el cuaderno y seguí metiendo cosas en la mochila.

Cuando volví al comedor, mi viejo seguía igual.

-Rendiste ayer, me dijo tu mamá -dijo sin mirarme.

-Sí.

-¿Y hoy te dan la nota?

-Supongo.

Asintió en silencio. Me senté un momento, más por inercia que por ganas. Saqué el celular. Nada. Sentí otra vez esa presión en el pecho.

-Podrías haber estudiado otra cosa -dijo de repente, pasando la página del diario.

Levanté la vista.

-¿Cómo?

-Periodismo no es muy seguro.

Mi mamá lo miró incómoda.

-No empecés Nicolás.

-No empiezo nada Iris, solo digo.

Lo miré un segundo.

-De igual forma no te pregunté ni pedí tu opinión.

Papá me miró como si quisiera matarme ahí mismo.

Mis ojos volvieron a la pantalla del celular. Allí estaba,el icono de Gmail. Sentí un vuelco en el corazón. Entré al mail casi por inercia, pero me tomó un momento procesar lo que tenía enfrente, era como si mi cerebro necesitara permiso para leer.

CALIFICACIÓN FINAL: 8 (Ocho). Aprobado.

El alivio me dejó petrificado. Seguí mirando la pantalla, releyendo esa cifra mágica como si temiera que pudiera desaparecer.

-¿Qué pasa Alan?¿Es Liana?- preguntó mamá al ver qué no le daba importancia a la mirada de papá.

Levanté la cabeza.

-Aprobé.

-¿Con cuánto?- preguntó papá.

Mamá no hizo preguntas. Se le iluminó la cara y se acercó a abrazarme. La abracé, pero mi mirada se fue sola hacia mi viejo.

-Aprobé -repetí, esta vez mirándolo.

Asintió apenas.

-Bien.

No hubo palabras ni gestos. Ese desinterés de mi papá me quemaba, y ya no podía seguir engañandomé con el cuento de que le costaba demostrar afecto. Era mentira. Veía cómo amaba a mi mamá con una entrega total, y vi cómo adoraba a Leónidas por encima de todo. Sabía querer perfectamente, simplemente elegía a quién.

-Me voy -dije separandome de mamá, no sin antes darle un beso en la frente.

-¿No te quedás?-

-No. Me esperan en casa.

-Lo que diga el Licenciado Marino.

Sonreí de forma tonta, me gustaba como sonaba.

Agarré la mochila y salí.

Fui todo el viaje dándole vueltas a lo mismo: "Licenciado Marino". Tanto que empecé a inventar escenarios.

-Licenciado Marino, tiene una llamada del canal Gatos y Bigotes.
-Licenciado Marino, los del cementerio "El muerto al pozo y el vivo al gozo" quieren dar una nota para desmentir que usan el mismo horno que la panadería de al lado.

Por un momento sentí una gratitud profunda de que mi cabeza fuera un lugar cerrado al público.

Sonreí sin darme cuenta y caminé más rápido de lo normal.

Cuando abrí la puerta del departamento, Liana ya estaba ahí como si hubiera estado esperando del otro lado desde que me fui.

-Buenas, corazón de melón.

-Estamos haciendo fideos caseros con Ceci ¿Te gustan?

-Me saqué un ocho.

No hizo falta más. Se me tiró encima y me abrazó fuerte.

-Sos un idiota, estabas re aprobado.

-No sabía.

-Yo sí.

Cecilia apareció desde la cocina.




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