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El hecho de que aprobé me quedó girando en la cabeza incluso después de haber celebrado.
El celular vibró sobre la mesa de luz y el nombre de Fede apareció en la pantalla.
Fede:
Alaaan, mí amor platónico, mí pollito lindo
Aprobaste? Yo sí. Vamos a desayunar?
Me había olvidado de Fede, me sentí mal por no haberle preguntado ayer. Pero él no parecía enojado y eso me hizo sentir mejor.
Le respondí que sí y me levanté de la cama.
-Me voy a desayunar con Fede -dije en voz alta todavía medio acostado.
No hubo respuesta. Recién ahí noté que Liana no estaba en la habitación.
Las voces venían del living. Bajé de la cama y caminé despacio hasta la puerta, reconociendo enseguida el tono, Liana y Cecilia. No llegaba a distinguir las palabras, pero sí la tensión, esa forma de hablar en la que cada frase parece empujar un poco más. Dudé un segundo antes de salir, pero cuando abrí la puerta las dos se callaron de golpe, como si alguien hubiera cortado el sonido.
El silencio fue demasiado limpio.
Liana estaba parada con los brazos cruzados, de espaldas a la ventana. Cecilia apoyada contra la mesa, evitando mirarla directamente. Cuando me vieron, las dos cambiaron apenas la expresión, lo justo para que todo pareciera más normal de lo que era.
-¿Todo bien? -pregunté.
-Sí -respondieron casi al mismo tiempo.
No insistí. No porque no me importara, sino porque entendí que no era el momento y que, de alguna forma, yo había entrado en una escena que no me correspondía. Agarré la campera del respaldo de la silla y señalé hacia la puerta.
-Voy a salir un rato. Con Fede.
Liana asintió sin decir mucho, Cecilia se mantuvo en silencio. Cuando pasé al lado de Liana, el gesto salió solo, como siempre, le tomé la cara con suavidad y la besé. Fue un beso corto y cotidiano. Ella respondió, pero hubo una mínima demora, un detalle casi invisible que igual se sintió distinto. No lo suficiente como para detenerme, pero sí como para quedarse dando vueltas después.
-Después nos vemos.
-Dale.
Salí al aire frío de la mañana con esa sensación de dolor en la nariz.
Fede ya estaba sentado en una mesa afuera cuando llegué. Levantó la mano apenas me vio y sonrió como si hubiéramos ganado algo más grande que un parcial.
-¡El sobreviviente! Pensé que no llegabas.- dijo.
-Casi -respondí, sentándome frente a él.
Nos quedamos un segundo en silencio y después nos reímos, con esa risa fácil que aparece cuando la presión se afloja de golpe. Pedimos café y medialunas, y durante un rato todo fue liviano, comparar cuántas veces habíamos revisado la nota, admitir que los dos estábamos preparados para recursar, mostrar capturas de pantalla como si hiciera falta prueba de que era real. Había algo tranquilizador en compartirlo, en saber que no había sido solo mío.
-Boludo, en serio -dijo Fede, todavía sonriendo-. No puedo creerlo.
-Yo tampoco.
-¿Viste la nota más de tres veces?
-Cinco.
-Yo también -respondió, levantando el celular.
El café llegó humeante, el ruido de la calle acompañando de fondo. Todo parecía encajar demasiado bien con la idea de festejo, con lo que se suponía que tenía que sentirse ese momento.
-Che -dijo Fede después de un rato, más tranquilo-. ¿Y ahora qué?
Me quedé mirando el café antes de responder.
-Supongo que seguir.
-Qué deprimente suena eso.
-Un poco.
Fede se rió por lo bajo, pero después asintió.
-Igual… aprobamos. No es poca cosa.
-No.
-Después hay que festejar mejor.
-Puede ser.
-¿Con Liana?
-Liana organizó algo improvisado anoche. Con mí hermano, Cecilia y ella. No tiene tu número, sino estoy seguro que te invitaba.
Fede no dijo nada, pero me miró como si hubiera notado ese pequeño desfase. Bajé la vista y di un sorbo al café, demasiado caliente, demasiado amargo.
El tema salió sin que ninguno de los dos lo buscara demasiado. Capaz fue el café, o esa sensación de "¿y ahora qué?" que se había quedado flotando entre los dos.
-Igual esto marca un antes y un después -dijo Fede, apoyando los codos sobre la mesa-. Tipo... ya no es solo la facu. Se empieza a poner serio.
-¿En qué sentido?
-En todo. Laburo, guita, dónde vas a vivir… con quién.
Me quedé girando la cucharita dentro del café, mirando cómo el remolino se desarmaba de a poco.
-¿Vos pensás en eso? -pregunté.
-Y... sí. No todo el tiempo, pero sí. Tipo, no da para estar en la misma dentro de cinco años.
Asentí apenas.
-¿Y con Cami? -le pregunté.
Fede dudó un segundo.
-No sé si casarme ya -dijo-, pero sí la veo...a largo plazo. Como que no me imagino cortando en cualquier momento, ¿entendés?
-Sí.
El silencio que siguió no fue incómodo, pero tampoco del todo neutro.
-¿Y vos? -tiró-. ¿Con Liana?
La pregunta quedó ahí, simple pero más pesada de lo que parecía.
-No sé -dije primero, casi por reflejo.
Solté el aire por la nariz y apoyé la espalda en la silla.
-O sea… sí y no.
Fede levantó una ceja, esperando.
-Con mis ex nunca pensé en casarme -seguí-. Ni cerca. Era como... estamos juntos y ya. Nunca me proyecté tanto.
-¿Y ahora?
-Pero con Liana es distinto.
Lo dije sin pensar demasiado y cuando lo escuché en voz alta sonó demasiado raro.
-¿Distinto cómo?
-Como que no me cuesta imaginarlo. Vivir juntos, algo más estable o incluso casarme.
Fede sonrió de lado.
-Mirá vos.
-¿Qué tiene?
-Pero no estás seguro.
-No es que dude de ella -aclaré-. O sea no es eso.
-¿Entonces?
Me pasé la mano por la cara buscando las palabras.
-Hay cosas que... no terminan de encajar del todo.
-¿Como qué?
Tardé en responder. No porque no supiera, sino porque ponerlo en palabras lo volvía más concreto.
-No sé -dije al final-. Momentos y reacciones. Cosas que siento que no termino de entender o que no me cierran del todo.
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amistad amor, mentiras perdidas sufrimiento dolor, triángulo amoroso”
Editado: 23.04.2026