Adrián Solís no creía en la suerte.
Creía en la fuerza, en la disciplina y en la certeza de que si trabajas más que los demás, nadie podía superarte. En la facultad de Derecho, su nombre era sinónimo de excelencia. Promedio impecable, intervenciones precisas y una presencia que imponía respeto incluso antes de hablar.
No necesitas levantar la voz para dominar un aula. Simplemente sabía que era el mejor de todos.
Al otro lado del campus, Lucas Anderson tenía una reputación distinta. En la facultad de Literatura lo conocía por su mente afilada y su manera poco convencional de argumentar. No seguía estructuras rígidas; las rompía. Sus ensayos eran intensos, sus exposiciones impredecibles y su confianza casi irritable.
No competía para demostrar que era perfecto, competía porque odiaba perder.
El anuncio del concurso interdisciplinario recorrió la universidad como un incendio. Derecho y Literatura unirían fuerzas para presentar un caso ficticio ante un jurado compuesto por profesores y directivos. Argumentación legal, construcción narrativa y defensa oral, todo contaría. Para muchos era una oportunidad, pero para Adrián era una confirmación para ganar.
El profesor leyó los equipos en voz alta durante la clase magistral.
-Equipo número siete: Adrián Solís... y Lucas Anderson.-
Un murmullo recorrió el salón.
Adrián levantó la vista con calma calculada. Reconoció el nombre, claro que lo reconocía. El estudiante de literatura que había ganado el concurso de ensayo el semestre pasado anterir.
Lucas, sentado en unas filas atrás, solo soltó una media sonrisa al escuchar su propio nombre. Sus miradas se encontraron, no hubo saludo amistoso, ni mucho menos cortesía. Solo un reconocimiento silenciosos, competencia. Al terminar la clase, Adrián se acercó primero.
-Espero que entiendas que esto no es un juego- dijo con un tono firme.
Lucas cerró su cuaderno despacio.
-Perfecto. Por qué yo tampoco juego para empatar.-Fue breve, directo y tenso.
En ese instante ninguno sabía cuánto cambiaría ese simple cruce de palabras. Pero algo quedó claro desde el principio: Los dos están acostumbrados a ganar.
Y está competencia... Solo habría un ganador.