Compromiso inesperado

Capítulo 5

Una semana después de la boda y Anastasia seguía perdida, esa tarde en el palacio imperial tomarían el té.

El salón estaba lleno de mujeres, damas de la corte, duquesa, con vestidos costosos y ostentosos, y todas la miraban a ella. No paraban de murmur sobre ella, sobre ser una sustituta.

-Su majestad - dijo una duquesa en sus 50 las arrugas en su rostro no podían ocultar que en su juventud fue una mujer realmente bella - permíteme enseñarle cómo se sostiene la taza, una emperatriz no la agarra de esa manera -

Anastasia sostenía la taza de forma normal, como siempre lo izo en su casa, se puso roja de la vergüenza - disculpe - dijo en un murmullo

-Oh, y esa forma de caminar - dijo la condesa Adler joven, Y cruel - Diana caminaba como un cisne, usted... arrastra los pies -

Risas ahogadas, abanicos tapando sonrisas, miradas maliciosa.

Anastasia miró su té, le temblaban las manos, desde pequeña nunca tuvo la necesidad de aprender protocolo, ella aprendió a pintar, a leer, la encantaba los caballos aunque no sabía montar, adoraba cuidar a los gatitos callejeros y en la intimidad de su cuarto escribía poesía, páginas que nunca publicaba y que estaban escondidas en el fondo de su baúl.

Ella siempre estuvo aislada no estaba destinada a la grandeza, así que podía permitirse ser normal, Diana era la que tenía clases de protocolo desde los 6 años.

-También - dijo otra duquesa - una emperatriz nunca habla promero en la mesa, y usted se tomó el atrevimiento de preguntarle al ministro por si hijo. Que... Familiar por no decir vulgar -

-Solo intentaba ser amable - susurro Anastasia.

Más risas

-Qué esperaban? Al fin y al cabo no es Diana - dijo la condesa Adler bajito pero Para que todos oyeran.

Anastasia sintió el calor subirle a las mejillas, quería llorar, quería irse, pero irse sólo empeoraria todo, y quedarse la estaba matando.

Mientras tanto en el despacho imperial Nicolás escuchaba los reportes sin escuchar.

-Su majestad los Wittelsbach pidieron más fondos, más territorios y más reconocimiento -

Dijo el consejero mientras miraba el manuscrito que tenía en la mano.

-La prensa pregunta ¿cuándo será la luna de miel? El pueblo quiere saber si ya hay otro heredero en camino, y el emperador pregunta si ya consumaron el matrimonio, la princesa derramó té -

Nicolás levantó la cara

-Qué!? -

-No es nada importante, las damas están... educándola -

Nicolás apretó la pluma. Hasta que se rompió.
Tinta negra en sus dedos.

-¿Educándola? -
-Sí. Es que no es Diana, Su Majestad. No sabe de etiqueta -

Nicolás se levantó. Tiró la silla.
-Diana tuvo 12 años de clases - dijo Frío. - Ella tuvo 3 días -

Salió del despacho. Sin capa. Sin guardia.

La Duquesa estaba en medio de otra lección.
"Y por favor, Su Majestad, no sonría tanto. Una Emperatriz debe ser seria. Como su esposo."

Anastasia asintió. Ojos en el suelo.
"Entendido, Duquesa."

La puerta se abrió de golpe.
Todos se levantaron. Reverencias.

Nicolás entró. Traje negro. Cara de tormenta.
Miró a todo el salón. Una por una.

-Continúen - dijo. Voz baja. Peligrosa.
Nadie se atrevió.

Caminó hasta Anastasia.
Ella no lo miró. Vergüenza.
Tenía té frío en el vestido. De un "accidente".

Nicolás tomó la taza de su mano. La dejó en la mesa.
Luego le ofreció el brazo.

-Esposa- dijo. Fuerte, para que todos oyeran.
-Ven, el Consejo me espera. Y quiero tu opinión sobre los nuevos impuestos -

Anastasia lo miró. Sorprendida.
-¿Yo? Yo no sé de -

-Precisamente - la cortó Nicolás. Mirándola a los ojos por primera vez en días.
-Por eso necesito tu opinión. La de alguien que no lleva 20 años robando al pueblo -

Silencio total.

La Duquesa se puso blanca.
La Condesa dejó de abanicar.

Nicolás guió a Anastasia fuera. Sin soltarle el brazo.
Antes de salir, se giró.

-Por cierto - dijo. - Una Emperatriz se define por cómo gobierna. No por cómo toma el té -

Y cerró la puerta.

Caminaron 10 metros en silencio.
Anastasia seguía temblando.

-Gracias - susurró.
-No me des las gracias - dijo Nicolás . - No lo hice por ti. -
-¿Entonces? -
-Lo hice porque me hartan las hipócritas -

Se detuvo. La soltó.
-Y por si te sirve: a mí también me enseñaron a tomar té a los 6. Y también lo odiaba -

Anastasia lo miró. Confundida.
¿Eso fue... amable?

Nicolás ya se estaba yendo.
-La cena es a las 8. En el comedor pequeño. Solo nosotros.-
- ¿Para hablar de impuestos? -
Nicolás casi sonríe. Casi.
-Para que aprendas. Si quieres. -

Y se fue.

Anastasia se quedó sola en el pasillo.
Con té en el vestido.
Pero con la espalda un poco más recta.

Por primera vez, alguien la había defendido.
Aunque dijera que no era por ella.




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