Cómulus

1. Monótona secuencia

Lo más correcto en este tipo de libro es una especie de introducción como “hace mucho tiempo” o “erase una vez”, pero esta vez, prefiero hacer algo más propio, me parece algo normal y monótono tener que acostumbrarme a las personalidades de siempre, que algunas veces pueden resultar en un rotundo cliché. Por esto, en mis momentos de seriedad, me puse a pensar cómo podría empezar esta aventura entre los sueños y fantasías de una joven algo reservada. Allí caí en cuenta de que una historia tan soñadora no podría tener un comienzo tan popular, si no una especie de apertura algo formal.

Era una tarde agradable del 16 de agosto, un poco nublada, hacía unos 23°C en el puente Sanoty en un lugar alejado, no sé donde exactamente, pero de algo si estoy totalmente segura. Justo encima del octavo arco, una chica sentada en el borde de la baranda, pensaba, con las piernas cruzadas, como era tan agradable ver el bello paisaje del cielo templado. Algunas personas piensan que cuando el cielo está nublado no tiene ningún tipo de atractivo para los ojos, pero esta chica estaba en total desacuerdo, ella veía tal belleza en las nubes que no le importaba si estuviera nublado o despejado, la simple presencia de esas olas blanquecinas era suficiente para hacerla suspirar de satisfacción. A la vez, les tenía una gran envidia, ya que ellas son libres de ir a donde les plazca, no hay barreras, no hay límites de ningún modo, ni preocupaciones, solo dejarse a merced del fuerte viento era suficiente para ser libre. A la vez que veía el cielo, pensaba en lo agradable que era sentir la brisa fría en la punta de la nariz y que ese sentimiento recorriera sus blancas mejillas, hasta que se desataba delicadamente en las puntas de su muy ondulado cabello castaño claro.

Bajó la vista por un momento y observó detalladamente con sus ojos verdes, la portada de su libro sobre: “Historia del Arte”

Se sentía tan bien sabiendo que nada podría estropear ese momento pacífico y sosegado. Pero, por cuestiones de la vida, ese acontecimiento tan ameno no duraría por más tiempo, ya que una voz irritante rompió el perfecto silencio.

– ¡Alexa, vámonos! –

Como Alexa, según decían las personas, vivía entre sueños y nubes, no escuchó a su madre. Esta, ya un poco molesta, no pudo esperar más, fue con esmero hacia su hija, le puso la mano fuertemente en el hombro derecho y dijo.

– Alexa ¿Qué es lo que haces? Tenemos que irnos, ya son las tres –

– Solo veo el agua – Contestó en voz baja y fue junto a su madre, sujetando con fuerza sobre su pecho el libro de arte que había comprado un mes antes. Lo cuidaba con mucho esmero, ya que su profesor de artes, el inglés James Brown, les había encargado un trabajo de 100 hojas sobre la evolución del arte en el mundo como una tarea especial para las vacaciones, el cual solo podían presentar los alumnos más destacados para cursas por una condecoración en la graduación de secundaria.

Esos momentos de soledad, eran grandes ráfagas de inspiración instantánea que momentáneamente revoloteaban en su mente, dándole las palabras exactas para poder tener un trabajo ejemplar.

Un maestro como James Brown no se veía todos los días, era gentil y poco estricto, pero por alguna razón todos le obedecían y escuchaban como si fuera su confidente, tal vez era por su personalidad carismática y relajada, parecía que comprendía a sus estudiantes como si fuera un muchacho aun. Bueno, será porque solo tenía 27 años. Es gracioso recordar que nunca pierde la postura, esa elegancia combinada con la comicidad de un veinteañero era la combinación perfecta. Siempre se le veía vestido con una chaqueta color crema, con grandes botones de detalles grises, un pantalón negro y botas negras, su cabello era castaño, lacio y cubría sus orejas junto con un gorro gris no muy ceñido. Era la inspiración perfecta para una chica de diecisiete años, cuyo sueño era convertirse en una artista famosa, de allí su insistente deseo de impresionarlo con “el famoso trabajo de 100 hojas”, en el que tanto empeño había puesto.

Como todas las tardes de verano, a las tres, la señora Luminitza y Alexa iban al mercado para comprar los víveres de la cena de esa noche, pero más que a comprar, la madre de Alexa se trasladaba hacia ese pintoresco lugar para parlotear por horas con las ancianas de los puestos de frutas. A veces, las madres a las que les agrada hablar, conversan con las personas mayores, ya que ellas tienen experiencias acumuladas que aman contar a las personas que las rodean y como Alexa no era muy conversadora, era la única forma de experimentar un mundo de parloteo sin fin.

Al llegar, se vio en una calle de colores, olores y ruidos interminables, un festín para los sentidos, los puestos de las especias y la perfumería eran los de más fuerte olor, como es obvio. Parecía una competencia sin fin entre los olores dóciles y los que se vuelven un poco dominantes al olfato, pero el favorito de Alexa era el que se distinguía a kilómetros de distancia, la floristería, solo pensar en ello hacía que su emoción creciera cada vez más. No piensen en el por qué, pues no lo sé, solo hay que saber que ese era su preferido.

Luminitza estaba especialmente apurada ese día, ya que llegarían unas frutas exóticas y eran pocas.

La señora Luminitza Vaselý era una persona muy diferente a su hija. Era una mujer realmente hermosa, nerviosa y espontánea, siempre se le veía vestida de colores claros y con unos tacones negros o rojos. Era delgada, con una piel blancuzca, tersa y luminosa, con ojos color negro, una sonrisa que se veía desde kilómetros y más alta que cualquier mujer; y aunque amaba a Alexa más de lo que podría imaginar, no lo demostrara con frecuencia. Todo para ella tenía que ser correcto, no existían los errores (u horrores como ella los catalogaba) en su mundo y si alguien los comete… bueno, solo diré que no había que cometer errores.



Eyis

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En el texto hay: reinos, romance

Editado: 27.05.2020

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