El día que Lilith y Victor se conocieron hacía mucho frío. El invierno solía ser crudo en esa época del año y estar en el jardín jugando a contar cuantas flores caen del árbol del vecino no era la mejor forma de evitar congelarse.
Pero a esos niños, poco les importaba tener los labios temblando y las uñas moradas. Ellos solo querían pasar tanto tiempo juntos como fuera posible.
Después de todo, el pequeño Victor se mudaría con su padre en unas horas, al otro lado del mundo, y no se volverían a ver a menos que la vida o el destino así lo quisieran.
—Podemos contar estrellas — le dijo ella a Victor sabiendo que su más querido amigo estaba luchando internamente con la idea de extrañarla. — Cada vez que nos sintamos solos, contamos estrellas y así nos mantenemos conectados.
Victor siempre había admirado la forma única en que Lilith podía hacer de algo tan triste como una despedida, algo tan dulce como el más gentil abrazo.
—Claro — respondió — Sería lindo.
La tristeza no desapareció, ni se hizo más pequeña. Aunque en defensa de Victor, él no tenía pensado alejarse de Lilith por mucho tiempo. Unos años, puede ser. Tal vez media vida, si las cosas no salían bien.
Pero tarde o temprano, volverían a verse, y él se aseguraría de que nunca más, nadie ni nada los separara.