Cuando bajo las escaleras después de la ducha más rápida de la historia, solo veo a mi padre en la puerta.
—¿Y nuestro invitado? –le pregunto.
—Acaba de salir.
Sin dar ninguna explicación y como un alma que la corre el Diablo, salgo velozmente de la casa. Ni siquiera me doy cuenta que debería haberme puesto una zapatillas en lugar de pantuflas.
Giro la vista a todas partes buscando al hombre de traje, y por suerte su auto (porque ese Mercedes Negro no puede ser de ninguno de mis vecinos) sigue estacionado en la entrada.
Corro hasta él y le toco la ventanilla del copiloto
—¡Espera! — grito.
Él baja rápido del auto. Lo rodea para encontrarse conmigo en la vereda. Pasea su mirada por todo mi cuerpo como si pudiera detectar si algo estuviera mal, pero igualmente se cerciora:
—¿Estás bien?
—Si, pero corrí solo dos metros y siento que voy a escupir un pulmón.
Exagero porque así soy, aunque honestamente debería salir a correr de vez en cuando. Un objetivo que ya he iniciado y abandonado demasiadas veces como para contarlas.
Olvido mi falta de ejercicio por un minuto y retomo mi objetivo principal.
—Te fuiste muy rápido — digo.
—Tu padre y yo dijimos todo lo que teníamos que decir, por ahora. Así que...
—¿Y qué se supone que sería eso? Porque sé que él no va a darme detalles.
Me regala una media sonrisa que le produce un bello hoyuelo en el lado derecho. ¿Por qué me detuve a apreciar ese detalle? No tengo idea, pero ahí está y le queda perfecto a un hombre con su porte.
—Estás preocupada — dice.
—Obviamente. No sé quién eres, qué haces aquí, de dónde conoces a mi padre. Le he dicho mil veces que las estafas a personas mayores son reales y peligrosas, pero es tan bueno que siempre ve lo mejor en las personas.
Me detengo ahí antes de que mi vómito verbal termine por insultar a un extraño que en realidad todavía no ha cometido ningún delito.
Es cierto que tiene toda la pinta de ser alguien legal e importante. Nadie duda de los hombres que llevan traje y menos si lo usan tan elegantemente, como príncipes. Sin embargo, las apariencias engañan y hoy en día no se puede confiar en nadie.
Mi propio espejo tiende a ser un maldito mentiroso.
Solo quiero asegurarme de que mi padre no está entrando en la boca del lobo por voluntad propia.
—No intento estafarlo — asegura él con mucha confianza.
—Eso dices, pero sin dar detalles.
Ahora muestra una sonrisa completa acompañada de una ligera risita.
Qué hombre más hermoso. Y me apena pensarlo tras haberlo visto solo 20 minutos en lo que lleva su visita.
Eso de las apariencias aplica para todo. Tal vez se vea elegante y buen mozo, pero resulte ser un amargo o un amante mediocre. Por eso suelo ser más cautelosa al juzgar el aspecto de una persona.
—Detalles — dice — Quieres que te dé mis detalles.
—Lo apreciaría, si.
La forma en la que me mira me produce cierta incomodidad. Al contrario de cuando estoy en un bar y un chico me mira constantemente porque le gusto, la mirada de Victor me produce una sensación incómodamente nostálgica. Como si tratara de analizarme y a la par quisiera solo quedarse ahí, viéndome, solo porque sí.
—Pues no puedo hacer eso en tanto no obtenga una respuesta oficial de tu padre — responde — Son cosas del negocio. Confidencialidad y más.
—Que conveniente.
—Son las reglas del juego.
¿Qué juego?
Me trago muchas preguntas que me invaden. Sé que no obtendré las respuestas que quiero solo así. ¿De qué trabaja? ¿Dónde están sus oficinas? ¿Quién es su jefe? ¿El nombre de la supuesta empresa? ¿Es casado? ¿Hijos? ¿Dónde vive? ¿Cuáles son sus vicios?
Bueno, lo admito. Las últimas preguntas sobrepasan la curiosidad "profesional" de una hija que cuida de su padre.
Pero es que realmente quiero saber más de este hombre. ¿Por qué es así? Tal vez el tiempo lo dirá o quizas...
—En cuanto a lo otro, estás equivocada — esa respuesta que llegó de la nada, me corta la línea del pensamiento y abre otra totalmente diferente.
—¿Perdona?
—Si sabes quién soy.
—Te aseguro que saber el nombre de una persona no es igual a "conocerla" de verdad.
En cuanto se muerde el labio inferior, siento un escalofrío en la columna vertebral. Podría quedarme paralítica en cualquier momento como siga viendo lengua pasear entre sus labios.
O bien podría desmayarme con cada paso que da hacia mi, y que yo estúpidamente no imitio hacia atrás para alejarme.
Cuando está justo frente a mí, a una caricia de distancia, dice:
—¿Sabes? Tenía planeado esperar un poco más para la gran revelación. Siempre te gustó el dramatismo y pensé que lo apreciarías pero te has vuelto más paranoica de lo que hubiera creído.
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Editado: 18.05.2026